sábado, 27 de febrero de 2010

De sabihondos y suicidas (Artículo periodístico 6)

Esto de Internet es algo muy curioso. Para quienes escribimos, al menos, es una herramienta de difusión maravillosa que nos permite ampliar el círculo de nuestros lectores del mero ámbito de nuestra familia y nuestros amigos, que nos leen poco menos que obligados, a lugares y personas insospechados.
Hace unos meses añadí a mi blog, por consejo de una amiga y “bloguera” experta, un contador de visitas que permite, además de saber cuántas son las personas que entran en él cada día, cuántas son las visitas acumuladas y también desde qué países se han tomado la molestia de leerme.
La mayoría de las entradas corresponde, como es lógico, a España y Argentina, por ese orden, aunque calculo que el número español no debe ser representativo, porque supongo que el sistema también contabilizará mis propias entradas al blog. Hasta aquí, todo normal, teniendo en cuenta que soy argentino y que vivo en España.
Lo que más me sorprende es que la tabla de posiciones me dice que en tercer lugar está Estados Unidos, seguida de México y un buen puñado de países, algunos tan increíbles como Rusia, Ucrania o Andorra, lugares, unos cuantos, en los que se habla otro idioma y, además, no me conoce absolutamente nadie.
Además, el blog tiene un apartado en donde tanto el lector como el autor pueden intercambiar opiniones mediante los “comentarios” a la nota. Allí, un pequeño grupo de seguidores alientan, apoyan, elogian o critican a un autor que tal vez no se merezca tanto cariño. Son muchos menos que los lectores, ya que (ignoro por qué, aunque no me importa) no todos comentan. Tal vez sea por timidez, porque no se les ocurre nada que decir o por pura compasión, el caso es que hay personas muy cercanas que sé que me leen, pero jamás han puesto dos palabras en la sección de comentarios, aunque debo decir que los hay que me han hecho llegar sus pareceres por otras vías, como el cara a cara o el correo privado.
Por mucho que constituyan un círculo minoritario, no tengo el gusto de conocer en persona a muchos de mis seguidores, pero con algunos hemos llegado a crear una suerte de amistad virtual que me honra.
Sabemos de sobra que el mundo virtual es, mucho más que en el famoso tango, una mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas y los blogs no son la excepción. Soy visitante asiduo de diversos blogs y he podido observar que en todos, más tarde o más temprano, aparece algún francotirador cuya única motivación es causar daño gratuitamente. Invariablemente, firman sus comentarios como “anónimo” o, los menos, bajo un nick que disimule su verdadera identidad, todo ello para emitir una opinión condenatoria hacia el autor del blog o, simplemente, para insultarlo.
Yo sabía que mi día iba a llegar, y llegó. Uno de los últimos comentarios de mi post anterior tiene esas características.
Dice Carlo Cipolla en su tratado sobre la estupidez humana que no hay mayor imbécil que aquel que hace daño sin obtener siquiera algún pequeño beneficio para sí y creo que estamos ante alguno de estos casos.
El comentario no es gran cosa, apenas un par de líneas en las que su autor (aunque yo sospecho que en realidad debería decir su autora) dedica la primera a compadecerse de las mujeres que me rodean. Y la segunda a calificar mi escritura como “mala poesía” y a acusarme de “deliberada ignorancia”.
La impunidad que le permite el cobarde anonimato en que se ampara me impide saber (aunque no sospechar) de quién se trata y si me conoce o no personalmente y no sólo a través de mis escritos. Si me conociera, tal vez, podría ser que yo le hubiera dado algún motivo para opinar así sobre mí, aunque se trataría de una opinión parcial, ya que no considera la de las mujeres que me rodean. Si no me conociera, estaría hablando desde la misma deliberada ignorancia que en mí critica.
Cuando habla de mi ignorancia, no puedo menos que darle la razón, sea que me conozca o no, ya que ha acertado de pleno, aunque no es tan “deliberada”, ya que lucho cada día para ser un poquito menos ignorante aceptando que puedo equivocarme y revisando mis posturas, sin creerme el dueño de la razón absoluta y que son todos los demás los que se equivocan, o bien que sólo les interesa joderme la vida.
Lo de mi mala poesía no es ni siquiera original. Ya hace tiempo, alguien muy cercano, entre la andanada de insultos que solía dedicar gratuitamente a quienes más la querían, una persona calificó lo mío como “literatura barata”. Nótese la analogía, son dos formas distintas para decir lo mismo. En todo caso, son opiniones tan válidas como cualquier otra, pues sobre gustos no hay nada escrito y todo es materia opinable, siempre que se haga con respeto y a la cara.
Pero nos hemos alejado un poco del motivo principal del post, que no es otro que dar las gracias de todo corazón a todos y cada uno de los lectores y seguidores de este blog por su apoyo, por su aliento, por su fidelidad, por ese gesto, aparentemente mínimo, de entrar a ver qué se cuece dentro, por darme ganas de seguir. Muchas gracias a todos, sin excepción, incluso a nuestro/a anónimo/a amigo/a, que con sus críticas me ayuda a no creerme García Márquez.. Los quiero a todos y si alguno se ha sentido decepcionado por que haya dejado de lado por un día la ficción, le pido mil disculpas. Prometo volver pronto con más historias del Tabernáculo y otras milongas.
A propósito de milongas, se me olvidaba comentarles que el pasado fin de semana se estrenó en Barcelona la “Milonga del holandés” cuya letra me pertenece en co-autoría con Sandra Redher, la mejor cantante de tangos que hay en España, sanrafaelina del ley, bellísima mujer y mejor amiga (y talentosísima poeta, por cierto) Parece ser que al público le gustó y cuando esté disponible en la red avisaré.
Hasta la próxima.

lunes, 18 de enero de 2010

El Tabernáculo (5ª parte) "La mujer de tu vida (II)"

Insisten. Me dan algunos minutos para atender a los recién llegados y cobrarle al “yuppie”, que ya se ha zampado todas las aceitunas y lo que le quedaba en el vaso, pero vuelven a la carga cuando regreso al mostrador con la bandeja vacía y el dinero en la mano. Miro a la mujer solitaria, que ahora habla por teléfono con una sonrisa de oreja a oreja, haciendo ostentación de dentadura, tal vez recién estrenada. Creo que la miro buscando una respuesta, pero a ella no le interesan mis problemas y me deja solo ante el peligro.
Nobleza obliga. Me metí yo solo en este berenjenal y, ya que los cuatro respondieron sobradamente a mi pregunta, yo no puedo menos que imitarlos, se los debo.
Con ademán cansado, dejo la bandeja sobre el botellero, meto el dinero en la caja, me acerco al mostrador, donde apoyo los codos para que sirvan de punto de apoyo a los brazos que sostienen mi cabeza y les suelto mi perorata improvisada.
“Ayer, mi hermano me recordó una frase que oímos o leímos una vez, hace años, en Argentina. Creo que es de Fontanarrosa y venía a decir, palabra más o menos, que el hombre admira a la mujer inteligente, desea a la hermosa y, finalmente, se queda con la que le hace un poco de caso. Visto lo visto, me parece que tal vez sea una buena definición de mi ideal de mujer”.
No cuela. Saltan sobre mí como cuatro hienas sobre el cadáver de una gacela, dispuestos a hacerme pedazos.
Dicen que no se puede tener tan poca dignidad, que es inadmisible tanta falta de ambición, que aunque la frase refleje la realidad de la mayoría de los casos conocidos, incluyendo los nuestros, estábamos hablando de ideales, en el sentido literal del término.
Dicen que hablábamos de sueños, de utopías y que traje a colación la frase para patear el tablero y salirme por la tangente sin dar mi verdadera opinión, que mi respuesta no es válida. Touché.
“En realidad, igual que ustedes, yo no tengo una respuesta cierta a esa pregunta, tal vez nadie la tenga. Cualquier posible respuesta debe ser precedida de un “tal vez” y, probablemente también, todas las posibles respuestas acaben siendo falsas. Si sabiendo esto, aún conservan la curiosidad, les cuento.
Tal vez sea aquella chica que conocí cuando estudiaba en la universidad. Esa chica que era mi amiga del alma, mi confidente y confesora, la que se reía conmigo de las mismas cosas, la que siempre sabía dos segundos antes lo que yo iba a decir, la que sabía que yo también sabía.
¿Cómo fue que estando tan cerca no nos vimos? ¿Cómo fue que recién alcanzamos a vernos claramente cuando estábamos a diez mil kilómetros uno del otro, cuando la vida hacía rato que nos había puesto sobre caminos tan distantes y dispares? ¿Por qué demonios, si todo estaba claro, si los dos ya lo sabíamos todo y no cabía ninguna duda en el momento del reencuentro, después de tantos años, ella no pudo aceptar mi invitación, si sólo se trataba de hacer que, al menos, siempre nos quedara París, aunque nuestro París particular fuera una ciudad cualquiera de un país lejano y hubiera que pintarlo en cuatro días sobre un lienzo tercermundista? ¿Por qué me habrá faltado tanto para parecerme a Bogart?
Volviendo a lo de antes, a lo mejor sólo se trató de un sueño imposible, una utopía, y la mujer de mi vida no ha llegado, o no alcanzo a distinguirla todavía. ¿Quién dice que no sea la cliente de aquella mesa?, ¿por qué no habría de regresar mañana , atraída por un hombre armado con mandil y bandeja y con veleidades de escritor maldito? ¿Quién puede asegurarme que mañana no será el día de la gran revelación y, al mirarnos mientras le sirvo un refresco, comprendamos por fin que nos hemos estado esperando durante años y que por unos días ella podrá soñar que su nombre es Ilsa y el mío Rick?
En suma, señores, que la mujer de mi vida, como la de la mayoría, es un sueño, unas veces situado en el pasado, otras en el futuro, y que sólo unos pocos elegidos alcanzan a situar en el presente.”

lunes, 28 de diciembre de 2009

El Tabernáculo (4ª parte) "La mujer de tu vida" (I)

Hoy hay poca gente en El Tabernáculo. La mayoría de los clientes se han marchado de vacaciones o a sus pueblos, a pasar el fin de año con sus familias y los que nos hemos quedado, por el motivo que sea, parece que nos moviéramos como en cámara lenta, como yendo sin prisa hacia la normalidad que volverá en enero..
Cuatro clientes habituales beben sus aperitivos sentados frente a la barra, mientras en las mesas sólo hay clientes de paso. Una mujer de unos cuarenta años, bastante atractiva que consume un desayuno tardío de café con leche y sándwich de jamón y queso y, en otra mesa, un joven treintañero con traje, gafas y maletín, uno de los tantos aspirantes a “yuppie” que los túneles del metro regurgitan cada mañana, que bebe su cerveza lentamente, a sorbos separados entre sí por las aceitunas que un palillo acerca cada tanto a su boca. Son desconocidos. No cruzan ni una palabra entre sí, ni con los de la barra. Conmigo, nada más que las indispensables para dar los buenos días y hacer su pedido.
Los cuatro habitués de la barra conversan entre sí morosamente, como con desgano, sobre el tema recurrente de siempre: mujeres. Más precisamente, departen acerca de las cualidades físicas de la única mujer que hay en este momento en el bar: la rubia (porque es rubia, probablemente teñida) que está sentada a la mesa.
Uno de ellos sentencia, lapidario: “es guapa, pero no es la mujer de mi vida”, comentario que provoca una pausa pensativa en el resto de contertulios y que yo aprovecho para meter baza en la conversación, con el propósito de despertar a mis clientes de su letargo, de que sacudan sus neuronas y pongan algo más de pimienta al anodino intercambio de opiniones que me están obligando a escuchar, nada más que por simple proximidad.
“¿Y se puede saber cómo serían las mujeres de sus vidas?”, pregunto en general. Y luego especifico, dirigiéndome al primero por la izquierda, que es el último que habló: “Por ejemplo, la tuya”.
Se produce un largo instante de silencio, que sólo sería interrumpido, si pudiéramos oírlo, por el ruido de los cerebros en funcionamiento repentino. Después de darle un par de sorbos a su vermú, como buscando inspiración, el aludido responde.
“No lo sé, de verdad, jamás he pensado en ello, ni ella tampoco se me ha presentado todavía. A estas alturas, tampoco creo que lo haga, aunque nunca se sabe. Dicen que nunca es tarde, pero yo creo que a mí ya se me pasó el arroz. Ya me ven, soltero todavía con casi sesenta y cinco años.. Lo que dije de esta chica de ahí no es verdad. En el fondo es impotencia, porque sé que una mujer así, aunque no sea nada del otro mundo, aunque sólo sea guapa a secas, sin más aditamentos, jamás le haría caso a un tipo como yo, principalmente por la diferencia de edad, ya que podría ser su padre. No me quejo, porque yo mismo elegí estar solo, quién sabe si por cobardía, pero así es, no creo que exista la mujer de mi vida.”
Interrogo al siguiente con una inclinación de cejas. Es un joven de veintipocos años que bebe ron con cola.
“A mí me gustan todas. A la viejita de la mesa de ahí no saben cómo le daría, si me diera pié. Mientras tengan buenas tetas y buen culo, lo demás da lo mismo. Rubias, morenas, pelirrojas. Tampoco es necesario que sean muy guapas, porque las feas suelen ser mejores en la cama, para compensar, supongo. Las que son muy lindas esperan que lo hagas todo por ellas y no te suelen dar nada más que su belleza. En resumen, la mujer de mi vida son todas”.
Luego del discurso breve, pero esclarecedor del “Testosterona Kid”, invito a dar su opinión al tercero en discordia.
“Las mujeres de mi vida acabaron de la misma forma, porque, sin quererlo y sin saberlo, no hice más que repetir modelo al elegirlas. La primera llegó muy joven, fresca animosa, dispuesta a darme hijos y formar una familia y así fue durante un lapso prolongado, pero luego el tiempo, y yo, que fui su aliado, la fuimos cambiando. Las sonrisas se transformaron en insultos y recriminaciones, los hijos en armas arrojadizas, los proyectos empezaron a morir antes de nacer, yo me transformé en un pobre tipo y ella en una resentida que arrastraba conflictos con su padre que nunca resolvió cara a cara y cuyas facturas acabó pasándome a mí, que no podía ni quería pagarlas. Se quejó y me culpó durante años, pero nunca se fue de mi lado, como si quisiera joderme a cadena perpetua. Finalmente, fui yo el que se largó con lo puesto, con una mano detrás y otra delante, a vivir en una pocilga.
La segunda llegó sin buscarla. Una cena con amigos, una conversación animada que duró toda la noche y continuó al día siguiente. La cadena inacabable de coincidencias: Si una noche de invierno un viajero, de Calvino, el lado de la cama para dormir, las ganas de conocer Praga, el agua fría para lavarse los dientes, la debilidad por los gatos y así mil cosas.. Después, el paraíso en su voz, en sus ojos, sus caricias. Sin embargo, como nada es perfecto, ese paraíso se interrumpía a veces por la intrusión en ella de una especie de “otro yo” que la transformaba en una especie de monstruo, depresivo e insultante que unos día después se marchaba imprevistamente, como había venido. Si embargo, el “alter ego” fue ganando terreno de a poco y yo me fui quedando sin fuerzas, cansado de pagar las cuentas que le dejaron a deber su padre muerto y su familia viva, harto de un paraíso transformado en infierno cotidiano.
Y así hasta hoy, señores, haciendo cierto el dicho de que el buey solo bien se lame, creyendo con muy poca fe que la mujer de mi vida está todavía por ahí, en alguna parte, pero mirando hacia otro lado, por las dudas, no sea cosa que algún día crucemos nuestras miradas.”
Te toca a ti, le digo al último de la fila, cincuentón él, como el anterior, aunque aparenta varios años menos y bebe cerveza sin alcohol, igual que su vecino.
“La mía tal vez ande por ahí, tal vez sea rubia y con pecas. Tal vez tenga una sonrisa espléndida y cara de muñeca. Tal vez se sienta bien conmigo y es seguro que yo me siento bien con ella, pero no sé si quiero saber si es la mujer de mi vida. Tal vez porque le llevo algunos años y me veo algo viejo a su lado, tal vez porque me siento vacío y no sé si podré darle todo lo que me pida, tal vez porque mi destartalada osamenta ya no pueda soportar un no por respuesta sin quebrarse. ¡Por Dios!, cuántas frases tontas para decir lo que se puede resumir en una sola palabra: miedo. Ya lo dijo el compañero antes, al principio todas parecen la mujer de tu vida, pero acaban transformándose en un escuerzo y supongo que para ellas seremos lo mismo. Se me pasará, supongo, tal vez un día de estos le hable, a ver qué pasa, aunque seguramente para entonces será tarde, se habrá cansado de esperarme y me dará vuelta la cara para mirar a otro o, simplemente, para no ver la expresión patética de mi cara. La historia de mi vida, en suma, siempre ha sido así.”
Llegan siete nuevos parroquianos y se sientan en distintas mesas. Me dispongo a atenderlos cuando me llega la pregunta de Testosterona Kid: ¿Y la tuya, cómo es?
Sin darme la vuelta para mirarlo, sonrío y le digo en voz alta: Eso, para otro día, cuando esté como vosotros, detrás de la barra, con una birra en la mano. Ahora tengo que atender a estos clientes. Otro día, tal vez….

miércoles, 19 de agosto de 2009

¡Chau, Loco! (Artículo periodístico 5)

Estoy muy solo, Enrique, estoy muy solo. Con esta frase abriste y cerraste nuestra conversación de hace cerca de un mes y entonces supe que algo no iba bien. Más allá del tono tembloroso de tu voz en el teléfono, el hecho de que me llamaras Enrique y no Manolo o Catorce, los apodos con que me rebautizaste hace años fue lo que me hizo despertar sospechas.
Ya me habías hablado de la mancha en el pulmón (inofensiva, dijiste) y de la operación y los estudios a los que debías someterte, pero esta vez centraste todo en un supuesto mal de vesícula. Supuesto, sólo eso. Otra mentira para ocultar la verdad.
Me cuesta escribir, Loquito, sabiendo que jamás vas a leer lo que aquí te digo, de frente, como siempre fuimos vos y yo, aunque no estés (pero estás) Me cuesta por el dolor, claro está, pero también porque no acabo de encontrar el tono del escrito.
Podría probar el tono de reproche, sobran motivos. Por irte así, sin decir nada, sin tratarte, sin luchar, sin pensar en el boquete de dolor que dejabas en los otros, por no pensar en tu madre, en tus hijos, en tus amigos, en los que te quieren, en suma, pero ¿quién soy yo para reprocharte nada? Porque a mí también me cabe parte del sayo de haberte dejado solo cuando me fui del país. Todavía hay parientes y amigos que no me lo perdonan. Como le cabe a los amigos, que un día, sin venir a cuento, dejan de llamar por inercia, nomás. Como a las ex parejas, que se quedan rumiando resentimiento y deseos de venganza, sin asumir su parte de responsabilidad en el fracaso, que la tienen, siempre la tienen, por muy villano que te pinten. Como a los hijos, que nos exigen que seamos los mejores del mundo en un oficio que carece de academias, que reclaman para sí todo el cariño y las caricias, pero que se olvidan de que llega un momento en que los que necesitamos esos mimos y caricias (una llamada, un regalo de cumpleaños o del día del padre, una invitación a un café) somos nosotros, que empezamos a ser viejos y, por lo tanto, niños de nuevo y se intercambian los roles. Como al resto del mundo, que nos exige que vivamos con arreglo a unas pautas lejanas a nuestros principios, obligándonos a tragar sapos de toda laya y tamaño sin rechistar, porque somos responsables de una familia que, a veces, asume este hecho como “normal”.
Tampoco cabe el tono laudatorio, porque a vos también te cabe el sayo de la responsabilidad en tus metidas de pata existenciales, en el cariño retaceado hacia los que te rodearon, en la celebración de rituales peligrosos para tu salud física y mental. Vos sabrás.
Y aquí estoy, escribiendo en el vacío literatura barata. Una vez, una mujer se enamoró de mí y de lo que escribía, pero se desenamoró con el tiempo y entonces le escribí una carta a corazón abierto que ella, supongo que para lastimarme, aunque tal vez con razón, calificó de literatura barata. Probablemente esto sea más de lo mismo.
En nombre de los pibes te digo que te vamos a extrañar el resto de nuestras vidas. Sí, los pibes dije, porque a pesar del paso de los años, de las canas, de las panzas, de las caries, de las heridas de guerra, todavía somos pibes por dentro y cada cierto tiempo nos reunimos a reírnos y llorar acordándonos del pasado, pero mirando de frente al futuro en la cara de esos hijos que vimos nacer juntos, ¿te acordás?
Personalmente, tendré que acostumbrarme no oír más tu exhortación lunfarda. “No te trabés, Manolo”, me decías cada vez que el trapo rojo me obnubilaba la visión cuando embestía los obstáculos con esos cuernos que ya han perdido filo, con ese ímpetu que ha menguado. “No hagás cagadas”, me decías.
Pero vos no te aplicaste el cuento, porque quién sabe cuando se trabó el casete, porque te mandaste, al final, la cagada de tu vida. Y aquí quedamos los demás, con el nudo en la garganta, como si tuviéramos una corbata invisible por dentro, solos de vos, igual de solos que vos, con las mismas taras.
Andá tranquilo, entonces. Nos veremos donde sea si hay otra vida, si hay cielo o infierno, porque no me cabe duda de que, en tal caso, iremos al mismo sitio y allí habrá un bar y beberemos ginebra con café y tus manos tembleques (como las mías) removerán los cubitos con el dedo, como solías hacer. Y discutiremos sobre política o sobre cualquier tontería y al llegar la noche nos abrazaremos con un beso y nos diremos como ahora: chau, Manolito… chau, Loco… hasta la próxima….

martes, 11 de agosto de 2009

El Tabernáculo (tercera parte)

Yo quiero ser un viejo decadente

Así se titula la canción que Serafín comienza a cantar todas las noches, cuando el vino enrojece sus ojos de agua y oscurece su pensamiento. Invariablemente, pronuncia las dos primeras estrofas con cierta claridad:

Yo quiero ser un viejo decadente
Y emborracharme de camino al hospital
Antes de que un matasanos sin licencia
Me opere el páncreas y la válvula mitral.
***
Quiero estrenar una Ferrari Testarossa
Con mil caballos tirando del motor
Para que haga las veces de carroza
Cuando decida enterrar el pulmotor
***
Luego se duerme sobre la barra entre balbuceos que probablemente remitan al resto de la inacabada canción de nuestro Brassens particular, frases aisladas acerca de llevar un piercing en la punta del condón, de agujerearse las orejas con la risa de alguna señorita o de tener un pez dorado en el bidé, requisitos indispensables para ser un viejo decadente, según Serafín, en toda regla.
Después de no más de media hora de siesta, nuestro amigo se despereza como un gato, agita su peluca color zanahoria para despejarse y retoma el discurso que había interrumpido para dar paso a sus habilidades canoras. Su vida y sus intenciones.
“Yo sé que la gente habla de mí como de un bicho raro y eso es, justamente, lo que pretendo, llamar la atención. A los viejos nadie nos hace caso y eso hace que algunos, la mayoría, nos dejemos morir sin más. ¿Has pasado alguna vez frente a la puerta de una residencia de ancianos?, ¿has mirado hacia el interior? Habrás notado entonces la cantidad de hombres y mujeres sentados en sofás o sillas de rueda con la mirada fija en el vacío, mirando pasar la vida de los otros mientras la suya se consume como una vela, poco a poco, entre el Alzheimer y la arterioesclerosis. Yo no quiero eso para mí y por eso elegí ser lo que todo el mundo considera un “viejo decadente”, como forma de protesta pacífica. ¿Sabes qué hago por las tardes? Me dedico a perseguir jovencitas por el parque, pero no, no soy un pedófilo ni un degenerado, sólo las persigo algunos metros, porque la osamenta ya no me permite más, mientras las miro y disfruto de su juventud sin dirigirles la palabra. ¿Para qué?, si no les interesa nada de lo que pueda decirles. Otras veces me planto frente a alguna veterana como yo y le propongo besarnos, para oír el sonido del entrechocar de nuestras dentaduras y de nuestras rodillas, a ver cuál es más fuerte. Por muy extraño que parezca, alguna aceptó el convite, obligándome a atiborrarme de Viagra las neuronas para estar a la altura de sus fantasías. Imagínese usted, a mi edad. Vivo solo, mi mujer murió hace tres años, la maté yo, supongo… en realidad, fue un accidente de tráfico, nos estrellamos contra un árbol que se nos venía de frente, justo hacia la mitad del capó. Yo tenía dos opciones: dar el volantazo hacia la derecha y recibir el impacto de lleno sobre el lado izquierdo del coche, el del conductor, o girar hacia la izquierda y que el golpe fuera del lado contrario. Ya sabe qué elegí. No sabría decirle si fue un acto voluntario o inconsciente, supongo que moriré con la duda, aunque tal vez algún día decida sincerarme. Le confieso que temo la respuesta. Ya no la aguantaba, francamente, y más de una vez tuve ganas de retorcerle el cogote, concretamente, cada vez que intentaba suicidarse. No eran intentos reales, en verdad, pero tenían la fuerza suficiente como para crearme cargos de conciencia y obligarme a permanecer a su lado aunque me hiciera la vida imposible y no me diera un minuto de respiro. La vida es así, ¿lo ve usted? Rara, difícil, pero agradable a pesar de todo, por eso quiero ser como soy, aunque se rían de mis extravagancias.”
Otro par de vinos renuevan los afanes canoros del anciano, preámbulo a una nueva siesta sobre la barra del fauno de los parques, sátiro impotente al volante de una Ferrari con motor de ciclomotor, cantautor borracho con peluca de color zanahoria y sueños de adolescente senil.

sábado, 27 de junio de 2009

El Tabernáculo (2ª parte)

El Tabernáculo
(dos)
Hay poca gente a esta hora en el Tabernáculo. Sobre la mesa de un rincón, el Hipnopolita da cuenta de su cuarta cerveza mientras garabatea en un trozo de papel arrugado alguna de sus elucubraciones filosóficas. En otra mesa, más cerca de la puerta, una pareja madura de clientes de paso bebe con parsimonia y casi sin hablarse un par de gin tonics.
Parecen un matrimonio de muchos años, de esos que ya casi no tienen nada que decirse, que hubiera hecho un alto en el camino de su rutina para calmar la sed o mitigar los efectos del intenso calor de afuera.
Tal vez todo sean fantasías mías y nada de esto sea cierto. También podrían ser dos antiguos novios de la adolescencia que se han reencontrado por internet y en la primera cita están descubriendo que ninguno de los dos se parece en nada al que fue.
Lo cierto es que con tan pocos clientes no tengo casi nada que hacer, así que mientras repaso por enésima vez los vasos con el trapo, me dedico a imaginar qué clase de personas podrían ser aquellos clientes que no conozco de nada. Lo malo es que se marchan sin darme apenas indicios que me permitan confirmar si mis especulaciones fueron acertadas.
El señor de Tossa y Maritere están sentados frente a la barra, butaca de por medio. Se conocen de vista, de verse aquí, en el Tabernáculo, como clientes habituales que son, pero, que yo recuerde, jamás han intercambiado más que el saludo habitual entre los parroquianos cuando alguno llega o se marcha. Él bebe una cerveza sin alcohol y ella un ron con cola.
No puedo decir a ciencia cierta si el señor de Tossa se dirige a mí o intenta establecer conversación con Maritere, pero sí que esa historia ya me la ha contado antes. Ella escucha con más atención que yo el relato de cómo una foto suya, sentado en un sillón de un hotel de Tossa, sonriendo mientras sostenía las dos muletas que entonces llevaba, dio origen al apodo que ahora ostenta con orgullo.
Dice que tanto la foto como el bautismo se los hizo su ex pareja, una mujer maravillosa que también había dado a una calle ignota de Sitges, pegada a la vía y en marcada pendiente, el nombre de “La Cuesta de Cambalache”, porque él le había cantado ese tango mientras ascendían la cuesta un día cualquiera, como forma de no pensar en el esfuerzo al que le obligaban las muletas y su pie enfermo.
Después de una pausa, es Maritere la que rompe el silencio para preguntar qué fue de ella.
Quién sabe, dice el señor de Tossa. Tal vez, en realidad ella haya sido solo un hermoso sueño y una mujer así jamás haya existido. Tal vez sólo haya habido por mi parte el deseo de que ella fuera parte de mi vida, pero yo prefiero creer que fue real, que no ha sido sólo una ilusión.
Supongo que le tuvo miedo al futuro y por eso se refugió en su pasado. El futuro es impredecible, pero al pasado podemos modificarlo, porque los recuerdos se pueden manipular para que se adapten a lo que nosotros queremos que haya sido nuestra vida y así, el que fue un cabrón pasa a ser, como por arte de magia, un ser bellísimo y viceversa. Yo ahora no soy más que uno de esos cabrones y ella alimenta su soledad con los recuerdos distorsionados de aquellas cosas que no se atrevió a enfrentar y cree que, en verdad, ha vivido como ha querido. Por lo que sé, está sola, refugiada en convertirme cada día más en un recuerdo negro, pero es joven, todavía, y no sabe cuánto puede llegar a pesar la soledad.
¿Pesa mucho?, pregunta Maritere.
La soledad es como la diabetes, sigilosa, silente, sibilina. Te come poco a poco,
con mordiscos suaves, casi imperceptibles. Como la diabetes, al principio pesa poco, casi parece que no está, porque se disimula en el hedonismo de ocupar cuando se nos canta el mejor lugar de la cama, de comernos la tostada menos quemada, de no tener que esperar para ducharnos, de asistir a todos los conciertos de los Redondos sin que el no tener con quién dejar a los hijos nos lo impida. Para mejor, a veces, nuestra soledad se interrumpe por un rato en un espejismo de amor, que durará hasta que el otro se harte de comerse siempre la tostada quemada.
Y así vamos por la vida, hasta que un día viene el tordo y te dice que los riñones no te funcan como antes, que en cualquier momento la podés palmar de un bobazo, que el pajarito no te va a cantar como cantaba o que el glaucoma te va a hacer compartir visiones con Borges.
Ahí te das cuenta de cuánto pesaba la carga que llevabas, porque tenés todas las tostadas para vos, fuiste a todos los conciertos de los redondos y seguís duchándote (o no) cuando te da la gana, pero a tu lado no hay un perro que te ladre. Y sabés que te vas a morir, tal vez pronto, con la certeza de que te vas a pasar una eternidad en solitario, alimentando a los gusanos. Y entonces te das cuenta de que a las tostadas quemadas las podrías haber raspado un poquito antes de comerlas, para mejorarles el sabor, de que, al final, los Redondos siempre tocaban las mismas canciones que en los discos, de que mientras esperabas turno para la ducha podrías haber cebado unos mates para matar el tiempo.
Ahora es el tiempo el que te va a matar a vos. La Parca está ahí, ¿ves la guadaña? Y tu osamenta destartalada corre hacia el final del camino a más velocidad que el jamaicano ese, el Bolt, y vos te ves correr como el correcaminos a pesar de que sobre tus hombros cargás el bulto de tu soledad que, ahora sí, sabés que pesa toneladas.
De todas formas, yo sigo cantando, aunque sólo sea para mí y a la Cuesta de Cambalache se le ha quedado ese nombre para siempre, eso ya no habrá quien lo pueda borrar. El señor de Tossa todavía sonríe en la foto, y ya no necesita muletas.
Después de un intervalo de silencio que parece eterno, el señor de Tossa pide otra cerveza y Maritere canta, con una voz casi inaudible, una melodía que parece un tango: “Muchacho, que porque la suerte quiso, vivís en un primer piso de un palacete central....”

miércoles, 3 de junio de 2009

El Tabernáculo

El Tabernáculo

(uno)

Cuando me hice cargo del Tabernáculo no se llamaba así. Su propietario anterior lo había llamado “El Floridita”, tal vez creyendo que resultaba de lo más original bautizar de esta guisa a un bar de mala muerte, supuestamente especializado en servir mojitos de ron de garrafón.

Ahora sigue siendo un bar de mala muerte, pero la bebida es buena, los precios asequibles y está atendido por un escritor, cosa que le da un cierto aire a cosa distinta, aunque esta característica mía no se deba corresponder, necesariamente, con mis habilidades para estar detrás de la barra.

Tampoco es que el nuevo nombre del tugurio sea un dechado de capacidad creativa, pero se lo puse porque desde pequeño me llamó la atención que, para designar a un templo religioso, se utilizase una palabra sacrosanta que está compuesta por otros dos vocablos que, por el contrario, están, por así decirlo, estigmatizados y anatematizados por la religión al uso, como lo son “taberna” y “culo”, ambas símbolos claros del pecado en sus más bajas formas.

Como diría Sabina, pongamos que hablo de Madrid, pero sólo por decir algo, por darle al Tabernáculo una ubicación aleatoria, ya que bien podría estar en la capital de España como en Barcelona, Chicago, Buenos Aires o Hong Kong. Eso no afectaría demasiado a sus clientes, gente común y corriente de una gran urbe como cualquiera. ¿Importa de verdad si se trata de una ciudad o de otra? Al fin y al cabo, las grandes metrópolis son como los centros comerciales: las mismas tiendas, la misma ropa, los mismos colores, la misma fiebre consumista, las mismas ansias de querer y no poder, las mismas prisas para ir hacia ninguna parte, los mismos viejos comprando el último videojuego para el nieto, los mismos adolescentes corriendo como pollos sin cabeza por los pasillos, detrás del último modelo de zapatillas o de aparato japonés para quedarse sordo escuchando a todo volumen la imitación de los ruidos urbanos que produjo en su computadora el último pope de la música electrónica casera, alguien a quien mañana nadie recordará, porque habrá sido remplazado por un nuevo genio efímero, seguramente más joven aún que su antecesor.

Gente común, en suma. La misma gente común que, en cuanto las circunstancias se lo permiten, se meten en sitios como el Tabernáculo después de haber perdido infructuosamente el tiempo buscando quién sabe qué entre un conglomerado de grandes edificios que no tiene nada que ofrecer, que les ha mentido siempre y les volverá a mentir mañana, que les roba su energía y su ilusión a cambio de unas migajas de hastío y de vergüenza por no haber podido ser ni tener aquello que habían querido.

Pues eso, oficinistas cagatintas, médicos toxicómanos, abogados corruptos, peluqueras parlanchinas, putas de esquina y de libro de familia bendecido, pescadores malolientes. Gente sin más, como usted y como yo, esa es la clientela del Tabernáculo, nada de otro mundo, como se puede apreciar.

Y yo del otro lado de la barra. Un escritor con poca imaginación que mira pasar la vida, las vidas ajenas y la propia con más pena que gloria, acechando el paso casual de alguna historia interesante para jugar a ser Dios, transformándola un poco, intentando darle cierto brillo literario para que lo escrito en el papel atraiga, aunque sea sólo por un instante, la vista abotargada de algún lector desprevenido.

La casa invita. Esa fue la frase mágica, desde que se me ocurrió la idea, para conseguir que los propietarios de las historias me las cedieran a cambio de un par de vasos de licor. No es tan mal trato, al fin de cuentas. Ya dije que sirvo bebida de buena calidad y nadie me aporta más que historias devaluadas, ajadas por el paso del tiempo y borroneadas por manchones de mugre existencial indeleble.

Por eso, amigos, que nadie se engañe. Las historias que vendrán a continuación interesan tan poco como las vidas y el destino de sus protagonistas, como mi propia vida y mi propio destino, como la vida y el destino de cada uno de quienes lean estas líneas, remeros y navegantes a un tiempo de este barco sin timón que no va a ninguna parte, en el cual voy a asignarme a mí mismo el papel de Caronte ciego y sin brújula. Luego no digan que no les avisé.