lunes, 12 de marzo de 2012

LA FELICIDÁ, JA, JA,JA,JA...

Una de las cosas que me asombran de las redes sociales como Facebook es la velocidad con que la gente intercambia información de distinto tipo, así como la cantidad y diversidad de dicha información, hasta tal punto que quienes tenemos, por diferentes razones, agregadas como amigos a muchas personas (en mi caso supero las trescientas, pero hay quien tiene varios miles) nos encontramos con serias dificultades a la hora de incorporar y digerir toda la información que proviene de nuestros amigos, reales y virtuales.

Quiero decir que a veces leemos una frase, o una cita famosa sin detenernos mucho en ella y aplaudimos o denostamos a quien la subió a nuestro muro, al suyo o al do otro amigo común, según nos haya gustado o no su significado. Sin embargo, pocas veces leemos el comentario con tiempo suficiente como para darnos cuenta de que muchas veces el texto admite una lectura diferente de la que hacemos “prima facie”.

Pongo un ejemplo. Hace unos días, mi amiga Mónica publicaba en el muro de su hermana Patricia una frase sobreimpresa en una foto de Cantinflas (¿su autor?) que decía algo así como que “tu primera obligación es ser feliz, y la segunda es hacer felices a los demás; lo segundo ya lo has logrado”.

Cualquier persona en su sano juicio puede inferir que la intención de Mónica era expresar a Patricia la felicidad que le provoca tenerla como hermana (equivalente a la que a mí me provoca que sean mis amigas estas dos mujeres inteligentes y hermosas) y también exhortarla a ser feliz de una buena vez., pero un ligero cambio en el punto de vista de Patricia, quizá más fatalista, generó un pequeño intercambio de opiniones entre ambas, en el que un servidor intervino haciendo un chiste tonto.

Increíblemente, mi absurda intervención generó por ambas partes el pedido de que intercediera a favor de una o de otra, cosa que no me hubiera sorprendido si no me conocieran desde hace muchísimos años y no supieran que de mi mente enfebrecida es imposible obtener un razonamiento lógico y coherente. El caso es que ningún hombre, demente (como yo) o en su sano juicio podría negarse al pedido de semejantes féminas, así que acepté intervenir.

La primera bobada que se me ocurrió fue decir que yo no quiero tener la obligación de ser feliz, porque la vida ya se encarga de ponernos el listón muy alto, porque ser feliz implica una tarea titánica, de resultado poco menos que imposible como para que, encima, resulte ser una obligación. Quiero decir que con respecto a la consecución de la felicidad, que obtenemos, en el mejor de los casos, en pequeñas grageas, el umbral de tolerancia a la frustración suele ser muy bajo y que si, además, le damos categoría de obligación, ese umbral disminuirá todavía más, lo que nos haría vivir en un estado de frustración casi perenne.

Por otra parte, la vida no reparte de forma equitativa los medios para ser felices. Hay un dicho que expresa que el dinero no da la felicidad, pero que la compra hecha.. Tal vez no sea exactamente así, porque “los ricos también lloran”, pero es indudable que Bill Gates, por poner un ejemplo, tiene muchas más posibilidades económicas que yo de adquirir un mayor porcentaje de aquellas “grageas de la felicidad” de las que hablábamos antes. Me parece, por tanto, que hay un agravio comparativo al hacerme participar contra mi voluntad en una carrera tan desventajosa. La fábula de la tortuga y la liebre es simplemente eso, una fábula, pura ficción.

En cuanto a lo de hacer felices a los demás, me parece una exageración muy peligrosa. No es que niegue el derecho a la felicidad ajena, pero creo que habría que acotarlo. Personalmente, prefiero negarme a facilitar motivos para ser feliz a un pederasta, a un dictador o a un psicópata, diciéndole a este último “estrangúleme y sea feliz”, o al primero “llévese a mi niño detrás de aquel matorral y haga lo que usted sabe con toda confianza, su felicidad es lo primero”.

Otras veces, aunque queramos que la otra persona sea feliz, no podemos lograrlo. Hay trastornos de la personalidad, como la psicosis maníaco depresiva, que alteran las percepciones de quienes la padecen, haciendo que los motivos de felicidad que podamos darles les parezcan exactamente lo contrario, lo que transforma en completamente inútil todo nuestro trabajo en ese sentido.

También hay que decir que el mundo está lleno de pesimistas, egoístas y amargados que se niegan a sí mismos, sistemáticamente y sin motivo aparente, el derecho a disfrutar de unos mínimos retazos de felicidad, así como el permitir que otros lo sean.. ¿Por qué tendría yo que mover un dedo para facilitarles el goce a estos sujetos de tal calaña?

Cuesta reconocerlo, pero hay gente que nos odia. No viene al caso si tienen o no motivos para hacerlo, pero de todas formas nos convierten en objeto de su aversión. ¿Qué hacer frente a ellos? Tal vez cantarles con una sonrisa en los labios aquello de “ódiame por favor, yo te lo pido, ódiame sin medida ni clemencia” o quemarnos a lo bonzo frente a su balcón luego de pedirles que no dejen de filmar la escena para llevarla a la tele y ganarse un dinero extra, además de tener un recuerdo para toda la vida de un instante delicioso.

Y luego están los pequeños detalles, los asuntos cotidianos, que a veces nos ponen en disyuntivas muy difíciles de resolver. Si tengo una vecina beata que es fanática del canto gregoriano y me pone todos los días a los Monjes de Silos a todo volumen coincidiendo con las horas en que los curas rezan sus oraciones en el convento (maitines, laudes, etc.), ¿qué debo hacer para que sea más feliz?, ¿debo acompañarla en sus plegarias como si fuera un franciscano y renunciar a dormir durante más de dos horas seguidas, o será mejor tomar las medidas para hacer que la venerable santona escuche los cánticos en directo (que no en vivo) en la voz de un coro de ángeles y sentada a la diestra del Señor?

¿Cómo hacer feliz al chihuahua de mi vecina, que todos los días deja sus deposiciones encima de mi felpudo?, ¿comprando para él un felpudo nuevo cada día y poniéndole para que coma albóndigas con laxante o prestándole mi rifle calibre 22 a ese otro vecino, víctima como yo del mismo simpático chucho y que dice cada vez que me cruza que nada lo haría más feliz que meterles cuatro tiros al perro diarreico y a su dueña?

En fin, que paso de obligaciones en ese sentido y que cada uno sea libre de hacer de su culo un jardín, mientras no estorbe a los demás. De momento, me conformaré con hacer felices a los lectores dejando de escribir, no sin antes exhortarles a que, si les ha gustado este disparate y han sido felices con él por un momento, lo compartan con sus amigos en los muros de sus redes sociales, para que ellos también disfruten de su misma felicidad y a que si, por el contrario, no les ha gustado, lo compartan con sus enemigos, ya que de este modo podrán resarcirse mínimamente al ver cómo esos odiados rivales se retuercen de asco. De paso, me darán la alegría de proporcionar nuevos lectores a este blog infame y desatendido, cumpliendo plenamente con la máxima de Cantinflas. Muchas gracias.

domingo, 7 de agosto de 2011

LOS INDIGNADOS DEL 15-M Y LA CAMISETA DEL SPORTING

Hace unos días, un amigo muy querido ponía en su muro de Facebook una frase en la que decía que todo lo relacionado con el movimiento 15-M le parecía una payasada. A continuación, la mayoría de sus amigos suscribía este pensamiento, con excepción de uno, que fue tratado de payaso por otro de los participantes del foro.

Las conclusiones, más o menos, eran que los acampantes en las distintas plazas no eran más que un grupo de descerebrados, que no tenían ninguna propuesta concreta y que utilizaban las plazas para sus picnics en vez de acudir a un área recreativa.

No sé si todos hablaban en serio o sólo era una broma para iniciados que yo no entendí (hace poco sufrí un equívoco similar cuando, en el muro de una amiga, escribí un comentario machista que fue interpretado como serio, y criticado con razón, por otro de los participantes del pequeño foro que se había creado, el prestigioso escritor Lázaro Covadlo, cuya amistad, luego de aclarado el equívoco, me honra) y también me gustaría aclarar que creo que cada uno tiene derecho a pensar lo que le dé la gana y a manifestarlo, pero cuidando las formas, porque, si el comentario fuese cierto, y partiendo de la base de que “payasada” es lo que hacen los payasos, mi amigo estaría llamando de esa forma a cientos de miles, o tal vez millones, de personas que simpatizan con ese movimiento, incluyéndome.

En mi caso, el movimiento 15-M, más que simpatía, lo que inspira es respeto. Porque eso es lo que produce una persona que pudiendo estar cómodamente sentada en el sofá de su casa o frente a la barra de un bar, comiendo hasta reventar y bebiendo hasta perder el sentido mientras mira el enésimo “partido del siglo” entre el Barça y el Madrid, elige presentarse en una plaza (Sol, Catalunya, etc) para decir que no está conforme con lo que le dan aquellos que dicen representarlo y que juraron desempeñar su cargo honradamente. Con riesgo cierto, además, de que en cualquier momento le revienten la cabeza a porrazos por no vivir aborregado.

Para peor, luego de que le rompan la cabeza, y en caso de haber conseguido alguna de sus reivindicaciones, tendrá que pasar el mal trago de ver cómo aquel que se quedó en casita o en el bar mientras llovían hostias, se aprovecha de los beneficios conseguidos por los que dieron la cara, en lugar de renunciar a ellos, como éticamente deberían por no haber hecho nada para obtenerlos, además de haber llamado payaso al que sí lo hizo.

Creo que hasta cierto punto es cierto que el movimiento no tiene demasiadas propuestas, pero ¿realmente debería tenerlas? Creo que no, ya se les paga para eso , y muy bien, a los políticos con el dinero de todos. El principal problema radica en la democracia, para ser más exactos, en ESTA democracia que tenemos, que no es tal, porque democracia es aquel sistema político en donde el gobierno lo ejerce el propio pueblo por medio de sus representantes.

Aquí no ocurre nada de eso. Los supuestos “representantes”, más que gobernar. obedecen a poderes económicos, religiosos, etc., que propugnan cosas muy diferentes de lo que el pueblo quiere. Si se hiciera una encuesta, veríamos que porcentaje del pueblo quiere contratos basura, reducciones salariales, recortes en sanidad y educación, salarios estratosféricos para directivos de empresas y políticos, jubilaciones de privilegio, gastos militares para ir a tirar tiros en países donde no se nos ha perdido nada, subvenciones a entidades religiosas. ¿Hace falta que siga?

Doy por descontado que el problema es muy serio y que no alcanza con expresiones voluntaristas para resolverlo, pero por algo se debe empezar y ese algo es tomar conciencia. La gente del 15-M ayuda, a su modo y no siempre con éxito, a ello y sólo por eso se merece todo mi respeto.

Curiosamente, mi amigo antes mencionado y varios de sus cofrades habían participado apoyando otra campaña para conseguir, en este caso, que la directiva del Sporting de Gijón retirara una nueva camiseta que les parecía horrible y poco representativa de los colores y la historia del club. Debo aclarar que a mí también me parecía horrorosa y que estaba de acuerdo con ellos.

A lo que voy es que en ese momento ellos protestaron (legítimamente), pero tampoco presentaron ninguna propuesta de camiseta alternativa. Y la pregunta que me surge es: ¿por qué ellos no lo hicieron y exigen al 15-M que lo haga? Porque, ¿qué más da que se trate de una camiseta o de medidas de gobierno? Lo que hay que ser es coherente.

El caso es que los hinchas del Sporting finalmente consiguieron que el club retirara la famosa camiseta , remplazándola por otra y nuestros amigos no han hecho más que demostrar, salvando las distancias y aún en su incoherencia, cuál es el camino correcto. Muchas gracias.

lunes, 27 de junio de 2011

PODRÍA OCURRIRTE A TI (Humor 2)

Hasta cierto punto es verdad que la gente colapsa por tonterías los servicios de urgencias de hospitales y ambulatorios. Lo sé porque lo he vivido, ya que por mis achaques he tenido que pasar por urgencias varias veces en los últimos años y he visto allí gente que va a tratarse de, por ejemplo, una faringitis o un resfriado común.

También he comprobado que mucha gente va a la consulta médica a hacer sociales, sobre todo las mujeres de cierta edad. Ellas, en vez de ir al bar como hacen sus maridos, optan por la sala de espera para contarse sus cuitas.

Hace un par de años, una lesión que tardaba en sanar me obligó a ir a que me curasen casi todos los días durante algunos meses. Durante todos los días, la asistencia era de una cierta cantidad de personas al día, hasta que de repente, esa asistencia se redujo al 10% y se mantuvo así durante un par de semanas. Extrañado, le pregunté a la administrativa qué sucedía para que la sala de espera estuviera tan desierta y ella me respondió que la médico titular estaba de vacaciones y habían enviado a un reemplazante, para más datos hombre, extranjero (creo que era panameño) y de ascendencia japonesa. Por lo tanto, la mayoría de las mujeres del pueblo había suspendido sus achaques hasta que regresara la titular.

Aprovechando esta circunstancia, así como la tan cacareada necesidad de recortes presupuestarios, siempre en sanidad y cultura, qué curioso, nunca en gastos militares ni en sueldos superfluos de asesores variados, coches oficiales, dietas, gastos de representación y otras cosas tan necesarias, es que entran en escena los políticos.

En este caso, para proponer medidas que ahuyenten a los pacientes de los centros hospitalarios y, de ser posible, que los orienten hacia los centros privados que, casualmente, les pertenecen a ellos o a alguno de sus amigos y auspiciantes. El tránsito, eso sí, ha de ser disimulado, debe verse como una cosa natural, que cae de madura.

Una de esas medidas, lo sé de buena fuente, es incrementar hasta el exceso el uso de ciertas prácticas de diagnóstico que puedan resultar incómodas. A día de hoy la estrella que más alumbra es el tacto rectal.

Así, ya no se usa, como antes, para detectar problemas de próstata, sino para casi cualquier cosa. ¿Que vas porque estás estreñido desde hace tres días? Pues tacto rectal. ¿Qué te duelen los oídos? Pues tacto rectal. ¿Qué estás embarazada? Pues ya lo sabes, ponte mirando p’allá y cierra los ojos. Y en cualquier caso fíate de que sea un dedo…

En algunos países con gobiernos de derechas, que son los más radicales en la aplicación de estas medidas, sobre todo porque ellos no usan la sanidad pública, están contratando mediante anuncios de trabajo muy disimulados, a personas con acromegalia o gigantismo, con las manos muy grandes y los dedos muy gruesos, con una leyenda que pide “se valorará a personas capaces de tocar las castañuelas con tapas de inodoro”. El puesto de trabajo es el que todos nos estamos imaginando, claro.

Pienso en la pobre tía Eufrasia, que siempre fue tan beata y para quien el sexo era justificable nada más que por necesidades reproductivas y que siempre mantuvo a raya en ese sentido al bueno de tío Ildefonso. Ni hablar de los escándalos que le montaba cuando el paisano alegaba mala puntería o problemas de miopía para justificar sus intentos de incursionar en la “zona oscura”. Pues la pobre mujer, a sus ochenta y pico de años, fue al médico por un cólico nefrítico y volvió con los ojos haciéndole chiribitas al grito de “¡prefiero morirme de sífilis a volver a pisar ese antro de sodomitas!”

Las malas lenguas dicen también que un candidato presidencial pensó para sí: “eshto esh fácil, tanto que hashta puedo hasherlo yo”, dirigiendo su dedo a las posaderas de una también candidata a Presidenta de Comunidad, pero que ésta ya estaba prevenida por haber sufrido antes los embates de un candidato a alcalde y que por eso llevaba un refuerzo metálico al estilo de los antiguos cinturones de castidad. El caso es que el candidato presidencial acabó con el dedo roto y su partido montando un paripé, simulando la caída de un helicóptero para justificar la fractura y, de paso, obtener más presencia en los medios que sus opositores.

Otra tía mía tuvo también una experiencia similar. Tenía cistitis. Yo la acompañé y puede ver cómo el médico hablaba con ella y le pedía que tomara posición en la camilla. Ella empezó a gritar, enojada, “pero si lo mío es que me meo” y el médico respondió, con una sonrisa mefistofélica mientras se untaba con lubricante un dedo como una berenjena: “hasta ahora te meabas, ahora te vas a cagar”

Pero hasta ahora sólo hemos hablado de mujeres. Hay que ver las caras de los hombres al salir de la consulta. Los hay que salen llorando a moco tendido, algunos salen apretando las nalgas como si se les fuera a caer algo y todos salen cabizbajos, como sin poder aguantar la mirada de los que están en la sala de espera.

Mi amigo Jorge es muy enamoradizo, a tal punto que un día decidió cortejar a su médico de cabecera, una mujer joven y muy hermosa, según sus palabras, y no tardó en confesarme que iría a por ella en cuanto tuviera ocasión. Un día, después de encontrarnos por casualidad en el bar, lo acompañé a la consulta. Salió llorando desconsolado. “Vamos, no es para tanto, le dije, muchas personas han pasado por eso”. “Sí, respondió, pero la seducción se basa en el misterio y a ver qué misterio puedo presentarle a una mujer que me ha hecho esto? Creo que voy a suicidarme”. Y se marchó rumbo al supermercado, en donde hay una cajera nueva que le gusta y para la que todo él es un misterio por resolver.

Sin embargo, no todo son llantos. Hay señores que salen de la visita con una sonrisa de oreja a oreja, con su mejor cara de satisfacción y comentando lo bien que le queda la bata verde al Dr. González. Y señoras que también, pero ellas disimulan más, ya se sabe que las mujeres fingen, a veces.

Dicen también que cierto alcalde recién elegido tiene pensado crear una cuadrilla que recorra los templos a donde van a orar los fieles de cierta religión (todos extranjeros) para aprovechar que lo hacen adoptando una postura de lo más conveniente, pero me temo que las consecuencias podrían ser catastróficas. ¿Se imaginan una intifada en represalia?

En fin, que esto es lo que hay. Mejor será que recapacitemos, porque si no tendremos que irnos todos a la medicina privada, en donde nos van a meter el dedo en el culo igual, pero nos habrán hecho pagar la vaselina por adelantado. ¡Y a precio de oro!

jueves, 16 de junio de 2011

CARA Y CRUZ (Artículo periodístico 8)

Leí en alguna parte, hace poco, que la estructura de ADN del género humano sólo se diferencia del de las ratas en un cromosoma.. Esa, apenas un cromosoma minúsculo, es la diferencia que nos hace distintos a los seres humanos de esos repugnantes y asquerosos roedores que nadie quiere tener en su casa y a los que a menudo se les tiene pánico, además de repulsión.

Admito que no soy la excepción. Hasta el ratón Mickey me cae fatal, no me gustan las cobayas, ni los hamsters ni ningún bichejo que se les parezca, porque todos me asemejan ratas como las que vemos en el puerto o en los andenes del metro o de las estaciones de tren. Sin embargo, también debo admitir que soy casi como ellas, según dicen los científicos, mal que me pese, porque confieso que preferiría compartir ADN con un gato doméstico, con un caballo o con una gallina de Guinea antes que con una rata, un bicho que vive entre las basuras, entre lo podrido, transmitiendo enfermedades por doquier. ¡Qué horror! Por suerte, nosotros somos distintos… ¿o no?

Don de Lillo, en su novela “Submundo”, habla de los experimentos nucleares realizados durante la “guerra fría” tanto por rusos como por norteamericanos utilizando, no ya a sus enemigos sino a sus propios compatriotas. Esto no es un invento de de Lillo, se ha comprobado, pero hay más ejemplos. En Ruanda, hutus y tutsis se masacraron mutuamente sin contemplaciones para determinar algo tan importante como quién es el más negro de los dos. En los Balcanes, no hace mucho, serbios. bosnios, croatas y montenegrinos, entre otros, se mataban y violaban por motivos similares. En Hiroshima y Nagasaki algún ser humano (no una rata) soltó sendas bombas atómicas con los resultados conocidos. En Sabra y Chatila más de lo mismo y pueden encontarse más raciones de la misma sopa allá donde vayamos, obteniendo la misma conclusión: el hombre es el lobo del hombre.

Las ratas no hacen esto, ni ningún otro animal. ¿Tan defectuoso es el cromosoma que nos diferencia, que puede contener todo este horror?, ¿tan mal nos funciona que le damos el Premio Nobel de la Paz a un genocida de vietnamitas y a otro que mandó a un grupo comando para que asesinase a sangre fría a su enemigo mientras él y otras personas asistían a la ejecución por la tele, en medio del aplauso y el beneplácito de casi todo el mundo no árabe?

¿Tan chapucero puede ser ese Dios que, dicen, nos ha creado a su imagen y semejanza? ¿Tan achicharrado tenemos el bendito cromosoma que nos hace distintos de las ratas, que le damos el gobierno de nuestros países a personajes capaces de cometer semejantes desmanes? ¿O será que, en el fondo, somos como ellos?

A juzgar por lo que nos muestran en directo los medios de comunicación, con su carga de sangre, vísceras, quemaduras, ejecuciones y demás lindezas que cometemos o, por lo menos, permitimos cometer, somos peores que las ratas. Peores que el monstruo más repulsivo que haya concebido la mente de H. P. Lovecraft. Somos una mierda.

Y sin embargo, hay seres humanos cuya conducta parece sugerir todo lo contrario.

Brahí es un niño saharaui que vive con su familia en una jaima en medio del desierto de Argelia, lejos de su patria, en calidad de refugiado político. Allí lo llevaron los cromosomas defectuosos de personajes como el rey de Marruecos, el de España (por dejación) y varios miembros de lo que se da en llamar “la comunidad internacional”. Su familia apenas tiene para vivir, su padre está trabajando sin papeles en algún país europeo y Brahí y su hermanos deben caminar largos trechos sobre la arena ardiente para conseguir agua potable.

Dentro de unos días, Brahí llegará a España, como los últimos tres o cuatro años, con sus piernitas raquíticas y su sonrisa luminosa, como parte de un programa de intercambio con familias asturianas de acogida. Allí pasará los próximos dos meses, en casa de Manolo, Quintina y María, que tienen sus cromosomas en buen estado y se desviven por atender a ese niño que es como un sol en sus vidas (y en la de cualquiera que tenga la suerte de conocerlo, como yo)

En estos días, Brahí vivirá en un pequeño paraíso, tan distinto de su medio habitual, y verá cómo sería el mundo si el género humano no tuviera el cromosoma frito y él no tuviera que pagar porque algunos lo tengan.

¿Y luego? Nada, lo de siempre. El desierto, la miseria, la falta de agua, las caminatas, el hambre. Porque mandan, aquí y allá, los que tienen el cromosoma frito, porque los Manolos, Quintinas y Marías poco pueden hacer para cambiar el estado de cosas, más allá de enseñarle a un niño que hay otra vida posible, que la educación tiene valor todavía, que alguien debe hacer algo para que su gente viva en condiciones dignas, que el enemigo no es el vecino, sino el del cromosoma deteriorado, que si no le damos valor al cromosoma sano que algunos conservan, esto no saldrá adelante.

Tal vez no sea suficiente, visto lo visto, pero al menos hay que intentarlo. Manolo y compañía nos marcan la senda y en ese camino hasta el ratón Mickey parece caerme más simpático.

miércoles, 16 de marzo de 2011

El Tabernáculo (7ª parte) "La mujer de tu vida (III)"

El uruguayo Abel hace muchísimos años que vive en España, pero no ha perdido nada de su acento, de su deje montevideano.

Es un buen conversador, y las tardes que pasa conmigo junto a la barra son indudablemente más cortas y entretenidas. Hoy puede hablar de jazz, mañana de cine, al día siguiente de teatro y al otro de filosofía, siempre con la misma autoridad y arreglándoselas siempre, no sé cómo, para que la charla resulte entretenida.

A veces, también, hablamos de féminas. Después de la conversación acerca de las mujeres de nuestras vidas que sostuve con aquellos cuatro parroquianos, quedé con hambre de más y por eso me decidí a interrogar a Abel en cuanto lo tuve a tiro, sabedor de que el hombre, que vive solo y ya ha superado largamente el medio siglo de vida, tiene una vasta experiencia en conocer mujeres a través de internet.

Yo me paso el día metido en el bar y no me sobra mucho tiempo para dedicarme a esos menesteres, pero confieso que siempre me ha intrigado saber cómo harán otros como Abel, pues sé que a algunos les da buen resultado. Confieso que, aparte la falta de tiempo, yo soy un poco antiguo. Soy más de presentación tradicional por intermedio de algún amigo o conocido común, de salir a tomar algo, de ir a bailar o al cine, de conversación cara a cara y mirándose a los ojos, pero parece ser que los nuevos tiempos y las nuevas tecnologías han dado lugar a nuevas formas de relacionarse y no me parece mal. Supongo que sólo será cuestión de adaptarse un poco.

La figura larguirucha de Abel entra en el Tabernáculo después de haber apagado, como todos los días, la colilla del cigarrillo que venía fumando en la suela del zapato y haberse deshecho de ella en la papelera que hay delante del bar. Es un fumador empedernido, pero no volverá a encender otro cigarrillo hasta que se vaya, así hayan pasado cuatro horas, y no porque se lo exija la nueva ley antitabaco. Lo hace desde siempre, por un extraño y poco frecuente sentido del civismo.

Yo fumo para mi, porque me gusta, dice. Pero eso no implica que tenga derecho a sentarme en el bar y llenarle de humo la cara al que tengo a mi lado. Si en el cine o el teatro no se fuma y si tampoco podemos fumar en un avión, no veo por qué aquí tenga que ser distinto. Los derechos de uno terminan donde empiezan los de los demás, decía mi padre, y yo respeto el derecho que tiene la señora que está en el asiento de al lado de respirar aire puro. Ya sé que la señora igual va a respirar aire viciado, porque esto sólo lo hago yo y al resto de la gente se la trae al pairo, pero yo soy así.

Una vez que se ha acomodado y ha hecho su pedido, empezamos la charla con las generalidades acostumbradas: el tiempo, algo de fútbol, alguna catástrofe climática, hasta que me decido a preguntarle por Elsa, su última conquista cibernética, una mujer de Extremadura, separada y con dos hijos ya grandes. La última vez que nos vimos, Abel estaba viendo si podía organizar un viaje hasta Cáceres para conocerla en persona. Al parecer, había buenos indicios de que la cosa podría funcionar entre ellos, ya que se habían visto por la cámara web y llevaban varios meses de conversaciones, tanto en el chat como por teléfono. Abel hablaba siempre muy bien de Elsa y la verdad es que parecía entusiasmado.

Se acabó, pibe… me dijo, agregando al ver mi cara de sorpresa: algún día tenía que pasar, pero fue lindo mientras duró.

¿Pero por qué, pregunté, si todo parecía ir tan bien hace unos días?

¿Quién sabe?, respondió él con gesto desganado. Esto es así, hoy conoces a una mujer que te gusta y, al parecer, tú le gustas a ella y durante un tiempo la relación parece ir sobre rieles, hasta que un día, sin ningún motivo aparente, la cosa empieza a enfriarse y de repente te encuentras con que se acabó todo, que te has vuelto a quedar solo y hay que volver a empezar. Otra vez al portal de contactos o a la red social a ver qué se pesca. ¿Los motivos? Generalmente no llegas a saberlos. Tal vez (lo más probable) es que haya aparecido otro en liza, un hombre real, concreto, de carne y hueso, que puede abrazarla, acariciarla y besarla de verdad y no sólo de manera virtual. Tal vez, simplemente, se haya aburrido de ti y no se anime a decírtelo a la cara, o sienta pánico ante la posibilidad de que la veas tal cual es, o quién sabe… la donna é móbile, muchacho. Además, en la red no todo es lo que parece; es muy fácil inventarse un perfil, asumir una personalidad distinta de la tuya y se puede vivir en la mentira mientras no haya contacto real. Yo tengo una amiga que tenía cinco identidades distintas, cada una con una personalidad diferente y se comportaba de acuerdo a cada una con los hombres que conocía. A veces, el mismo tipo creía estar tratando con tres o cuatro mujeres distintas y siempre era la misma. Yo no puedo hacerlo, me parece esquizofrénico, pero hay de todo.

Tiene que ser muy frustrante que te hagan ilusionarte para de pronto desaparecer sin más, ¿no?, dije.

Claro que sí, pero el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra. Yo también he hecho algo así, verás. Al poco tiempo de separarme de la madre de mis hijos, una amiga uruguaya que vive aquí celebró su cumpleaños en su casa y me invitó junto con otras personas. El caso es que mi amiga hizo fotos de la reunión y las envió a sus amigos y parientes de Uruguay, en donde una de sus amigas, al ver mi foto dijo: “quiero conocer a ese tipo”. Mi amiga, entonces, me pidió autorización para darle mi correo electrónico y a partir de allí iniciamos una relación muy intensa y muy bonita. Chateábamos todos los días durante horas y hablábamos con frecuencia por teléfono y así estuvimos durante varios meses, hasta que el diablo metió la cola, como se dice en mi tierra.

Lo que te decía antes, conocí a una mujer real, cercana, tangible, y me enamoré como un caballo. Flechazo instantáneo.

Ella tampoco era de aquí, pero estaba a mucho menos de los diez mil kilómetros que me separaban de la uruguaya, sólo a poco más de setecientos, de forma que durante unos meses estuvimos viajando para vernos hasta que decidí coger mis bártulos e irme a vivir a su pueblo, para tenerla cerca.

Para Ángela, la uruguaya, desaparecí sin dejar rastros, sin una explicación, ni una despedida. Nada, sólo mi actitud canallesca, mis malos modos, mi ingratitud, porque ella no se merecía ese trato, pero las personas, a veces, somos así de cobardes.

Durante mucho tiempo busqué razones que justificaran mi conducta, como el que cada uno tuviera su vida resuelta en su país (hijos, familia, trabajo) y, realmente, no hubiera casi posibilidades de que alguno de los dos diera el salto y se radicara en el lugar del otro. Eso podrían hacerlo, quizás, personas más jóvenes, pero a nosotros ya se nos había pasado el arroz.. En cualquier caso, ninguna justificación me pareció suficiente. Me sentía y me siento un canalla, incluso luego de lo que pasó después.

Tres años más tarde regresé de aquel pueblo con las ilusiones rotas y un agujero en el alma. La cosa no había funcionado, por muchos motivos que no voy a detallar ahora, aunque yo seguía enamorado de aquella mujer a pesar de todo. Estaba muerto, parecía un zombie.

Al poco tiempo recibí una llamada telefónica de mi amiga, la del cumpleaños, que me decía que Ángela estaba al tanto de todo lo que había pasado, que siempre había sido así porque ella se lo había ido contando y que quería volver a escribirme, que estaba todo perdonado.

Acepté, por supuesto, con toda la vergüenza del mundo, pero no sólo porque se lo debiera, sino porque recordé lo bien que lo pasaba hablando con ella, lo mucho que nos reíamos juntos, el buen humor y las ganas de vivir que contagiaba. Así, pues, volvimos a retomar la cosa donde la habíamos dejado, pero esta vez con una actitud más madura, más realista, sabiendo que lo nuestro era virtual y que casi no había ninguna posibilidad de que dejara de serlo. Hasta el día en que me preguntó: “¿te gustaría que fuera a visitarte?”

Dije que sí, entusiasmado porque la visita fuera inminente, pero no era así. Se trataba más de una expresión de deseos, porque la realidad era que no tenía ni el dinero, ni las fechas, ni nada. Sólo su determinación, su ingenio y su fuerza de voluntad.

Durante los meses siguientes seguí de cerca los preparativos del futuro viaje de una simple bibliotecaria de un país subdesarrollado que era capaz de hacer mil inventos y mil sacrificios para lograr su cometido de conocer en persona a un bicho tan impresentable como yo. Así, la ví pluriemplearse en otra biblioteca, vender cosméticos y perfumes en sus ratos libres, cruzar a sus dos perras de raza para vender los cachorros, vender una colección de revistas de historietas de los años cuarenta y guardar en la hucha hasta el último céntimo posible. Hasta que se hizo el milagro en forma de billete de avión.

Viajaría, por fin, pero eso no quería decir que pudiéramos vernos, finalmente. Todavía quedaba algo por solucionar, y no era precisamente sencillo. Las autoridades de este país, al parecer, se han olvidado de que alguna vez tuvieron que ir a matarse el hambre a sus antiguas colonias y que allí fueron recibidos con los brazos abiertos y sin condicionamientos. Claro que tal vez esté equivocado, porque los hijos y nietos de aquellos emigrantes hoy están allí, en Iberoamérica, y los que aquí quedan son los descendientes de aquellos que medraban con el antiguo régimen y que siguen siendo iguales que sus padres y abuelos, aunque se disfracen de demócratas.

En fin, que además de todo, Ángela necesitaría una carta de invitación. Firmarla no me suponía ningún problema, pero resulta que el formulario que obliga a utilizar la Administración cuesta dinero y yo no lo tenía, ni ella tampoco, de modo que escribí un texto similar al requerido en un folio normal, hice certificar mi firma por un banco y se lo envié, a ver si colaba.

En principio, no coló. La retuvieron varias horas sin darle mayores explicaciones, haciéndole perder un enlace aéreo, para por fin dejarla pasar.

Me volví loco de contento cuando la ví aparecer en la puerta del aeropuerto y no pude volver la vista atrás cuando la dejé junto a la misma puerta veintiún días después.

Con Ángela pasé tres semanas maravillosas que recordaré durante el resto de mi vida y espero haber estado a la altura de tanto sacrificio como hizo ella por mí, porque no creo que vuelva a tener muchas oportunidades de resarcirla. Como te dije antes, ella tiene allí su vida y yo aquí la mía y a estas alturas eso es casi imposible de modificar. Es una pena, porque descubrí a una mujer maravillosa, mejor aún que la que creía conocer por internet.

Al final, dije, interrumpiendo el monólogo de Abel, Ángela va a terminar por ser la mujer de tu vida.

No lo sé, dijo él, no pienso en eso. Vivo y tomo lo que me da cada día sin hacerme grandes cuestionamientos, pero de lo que estoy seguro es que si existiera un concurso para eso que dices de ser la mujer de mi vida, ella probablemente se dejaría el alma para ganarlo, utilizando todos los medios a su alcance. Legales, claro, porque es honesta a más no poder, además. Y tendría muchísimas probabilidades de ganar, me consta.

Abel sacó un pañuelo enorme del bolsillo, de esos de tela que ya casi nadie usa para sonarse la nariz y, me pareció, limpiarse ligeramente y con el mayor disimulo los ojos algo enrojecidos. Levantándose hacia la puerta, guardó el pañuelo en el bolsillo y me dijo: “ahora vuelvo, hoy necesito echar un cigarrillo”.

domingo, 10 de octubre de 2010

El Tabernáculo (6ª parte) Ella y los elefantes

Ella fue solamente “Ella”, sin nombre durante muchos meses, porque las mujeres en los bares se comportan de manera diferente a los hombres, sobre todo a partir de ciertas horas, cuando llega la noche.
Durante el día se ve de todo: personas solas, parejas, grupos del mismo género o mixtos, y las únicas diferencias parecen ser que las mujeres eligen sentarse a una mesa, mientras que los hombres prefieren la barra y que ellas leen el diario y ellos la prensa deportiva, pero al anochecer las cosas cambian un poco.
Las mujeres ya casi no vienen solas, sino que lo hacen en pareja o en grupos, con mayor presencia masculina a medida que va oscureciendo.
Otra diferencia está en el trato con el barman, o sea, conmigo. Las mujeres, al revés que los hombres, no utilizan el bar como confesionario ni le cuentan sus cuitas al camarero y por eso sé poco de ellas, apenas lo que puedo inferir de los trozos de conversaciones entre pares que escucho cuando me acerco a servirles. Los hombres somos capaces de contarle hasta lo más íntimo a un desconocido en la barra de un bar, con una copa en la mano. Las mujeres, en cambio, pregonan a voz en cuello cuándo fue la última vez que les vino la regla, cuál es el tamaño del pene de sus amantes o qué color han elegido para teñirse el pubis, pero no lo hacen en el bar. Su confesionario es la peluquería, un lugar generalmente vedado a los hombres, excepto en las peluquerías “unisex”, cuya clientela es de mujeres y de hombres… ma non troppo.
Pero volvamos a “Ella”, que nos hemos desviado del camino y nos hemos entretenido demasiado. ¿Por qué volver a ella?, simplemente porque es distinta. Y porque, siendo distinta, me hace acordar a otra clienta que tuve hace muchos años y que me dejó con una espina clavada.
Aquella era una mujer mayor, bien entrada en los sesenta, siempre impecablemente ataviada con ropas, zapatos y bolsos de marcas carísimas y originales, en vez de esas burdas imitaciones de los chinos que solemos ver hoy en día. Se sentaba junto a la barra, siempre en el mismo sitio y procedía a zamparse, según el día, hasta media docena de güisquis dobles, del escocés más caro. Luego, sin decir ni media palabra, pagaba la cuenta, se levantaba a duras penas y salía flameando como una bandera azotada por el viento hacia la calle, intentando mantener, a duras penas, la vertical y la poca elegancia que ya le quedaba. Así casi todos los días.
No cabía ninguna duda de que, a los ojos de un aprendiz de escritor como yo, la figura de esa mujer encerraba alguna historia digna de ser contada, pero jamás me animé a dirigirle la palabra como no fuera por necesidades estrictamente profesionales. ¿Qué le sirvo?, aquí tiene su cambio, ¿con hielo o solo?, ese tipo de cosas. Durante mucho tiempo nuestra relación se limitó al intercambio de cortesías y silencios. Ni siquiera supe su nombre.
Ahora tengo más edad, más experiencia y menos prejuicios y eso ha hecho que con Anita sea distinto. Ella se llama Anita y sólo se parece a su antecesora en que siempre viene sola y tarde, en la edad (aunque tal vez tenga algún lustro menos que la otra) y en que también sabe mantener cierta elegante gravedad en sus modales, en este caso sin tener que luchar contra el alcohol, porque Anita rara vez bebe alguna cerveza sin alcohol, prefiere el café sin cafeína, con leche y en taza grande, de las de desayuno. Mientras tanto, fuma y observa a los demás que están a su alrededor. A veces, toma notas en una pequeña libreta que siempre va con ella.
Como ya dije, tardé meses en vencer mi timidez, o la supuesta barrera que imponían su condición de señora solitaria y algo mayor que yo, pero poco a poco fuimos estableciendo cierta confianza mutua, lo que me permitió preguntarle a qué se dedicaba.
Soy escritora, dijo.
Ella no lo sabía, claro, pero había dicho la palabra mágica. A partir de entonces, una vez revelada la coincidencia en nuestra afición común, nuestra relación se fue haciendo más estrecha. No digo que nos hiciéramos amigos íntimos, ni siquiera que hubiéramos establecido una verdadera amistad, pero lo cierto es que fuimos ganando en confianza mutua hablando de los libros y escritores que nos gustaban, de los que, en cambio, nos disgustaban profundamente y también de aquellos a quienes considerábamos talentosísimos escritores y poetas, pero cuya imagen se desteñía a causa de ciertas actitudes personales y opiniones políticas abiertamente distantes de las nuestras, que eran bastante parecidas.
Nuestros diálogos solían ser fluidos, hasta el día en que ella soltó un soliloquio en el que apenas me dejó meter un bocadillo que otro. Y todo porque a mí se me ocurrió preguntarle sobre qué estaba escribiendo en ese momento.
Escribo sobre la muerte, me dijo con una voz que se había vuelto de repente tan fría como el interior de la máquina de hielo en la que estaba hurgueteando para servir unas copas. Y luego de una pausa forzada a medias por mi sorpresa y mi distracción en servir al cliente, agregó: sobre mi propia muerte, porque voy a morirme.
No sé qué cara habré puesto, pero Anita se vio obligada a dulcificar el tono y esbozar una sonrisa.
Tranquilo, dijo, que no pienso morirme aquí ni ahora. Es verdad que estoy enferma de algo que acabará matándome tarde o temprano, pero no es inminente. No es como uno de esos cánceres que te fulminan en tres meses, lo mío es más elegante, si se quiere, más refinado, que te va deteriorando poco a poco, lentamente y en silencio, sin que te des cuenta cómo ni cuándo te van apareciendo las lesiones y te vas convirtiendo en carne de hospital hasta que un buen día algo deja de funcionar, o ya no hay terapia que alcance, una cosa va llevando a la otra, y te vas para el otro barrio como quien no quiere la cosa.
Pero también escribo sobre elefantes, porque los admiro desde niña. Sobre todo desde que leí, no recuerdo dónde, que cuando sienten que les llegó la hora de morir se alejan de la manada y se internan en la jungla, o en la sabana, donde sea que estén, para acabar su existencia donde nadie los vea y sin tener que avisar al resto de sus congéneres. Siempre me pareció una decisión muy sabia, considerada y elegante, tanto que cuando llegue mi hora pienso hacer como ellos. Tal vez, sin darme cuenta, ya haya empezado a hacerlo y por eso es que me ves aquí sola, a estas horas.
El caso es que escribir sobre la muerte y los elefantes me ha servido para reflexionar acerca de mi propia vida y mi propia muerte. He vivido unos cuantos años y no puedo quejarme de cómo lo hice. Lo que dicen que hay que hacer, plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo, lo hice más de una vez en todos los casos, de modo que creo que tengo mucho más derecho que cualquier enfermedad de mierda para decidir sobre mi propia vida y mi propia muerte.
Dicho esto, he decidido que no pienso esperar a acabar mis días como un vegetal, mirando pasar las nubes desde una silla de ruedas, en la sala de una residencia geriátrica en la que las únicas visitas sean las de la enfermera que viene a traerme la medicación o la de la auxiliar que viene a ver si me he vuelto a cagar y a cambiarme los pañales. ¿Para qué, para batir un record de supervivencia por el que no me pagarán nada? Hay que saber morirse a tiempo, decía mi madre, y tenía razón.
Tampoco pienso pasarme quién sabe cuántos meses o años sufriendo los efectos del deterioro físico, en interminables sesiones de diálisis, rebotando de quirófano en quirófano, de ablación en ablación, tomando toneladas de remedios que me arreglan una cosa mientras me descomponen otra, o padeciendo dolores de muerte sin que la muerte se digne incluirme en su nutrida agenda de ejecutivo. Por eso llegará el día en que deje de medicarme, de hacer régimen y “vida sana” para dedicarme al hedonismo el tiempo que sea, aunque eso signifique achicar plazos. Después, que me quiten lo bailado.
Hay muchas formas válidas para impedir todo aquel sufrimiento, ¿sabes? Algunas incluso son casi inocuas, limpias, indoloras, incluso baratas y fáciles de conseguir en cualquier farmacia y sin necesidad de receta médica. Me lo dijo el médico que atendió a uno de mis ex maridos cuando le hizo un lavaje de estómago después de uno de sus varios intentos patéticos y ridículos de suicidio. Podría haberse tomado la caja entera de ese medicamento, que no falta en el botiquín de casi ninguna buena familia y haberse despedido con un buen shock hepático, pero el muy ignorante prefirió tomarse unos somníferos que, a lo sumo, le habrían hecho dormir a pierna suelta una reparadora siesta de dos o tres días.
Hay que ser elegante para todo y mantener cierta dignidad, incluso a la hora del suicidio. Por eso no entiendo a los que se tiran debajo de un tren, o desde la cornisa de un edificio, que joden a la pobre gente que va a trabajar interrumpiendo el servicio ferroviario durante horas haciéndoles perder el premio a la productividad en sus trabajos, o matando a un inocente que pasaba justo por allí en el momento en que decidieron tirarse por la ventana sin mirar si había alguien abajo. Gente de mierda, malos bichos hasta para morirse.
Tampoco son santos de mi devoción los que se pegan un tiro en la boca o se levantan la tapa de los sesos de un escopetazo. Es verdad que éstos especimenes no hacen daño a otros, pero tampoco tienen ningún derecho a dejar a los demás el horrendo espectáculo de un fiambre en una habitación llena de cuajarones de sangre y trozos de vísceras pegadas al suelo y a las paredes. Es repulsivo.
Yo pienso hacer otra cosa, pero no pienses que será nada original. En realidad, le copié la idea a mi prima Eulogia, que la puso en práctica con todo éxito. Fue todo muy simple, de una sencillez rayana con la ingenuidad, pero de una elegancia soberbia.
Luego de darles, como todos los días, el desayuno a su marido y a sus hijos y una vez que todos se hubieran ido a sus trabajos y colegios, Eulogia metió unas pocas ropas en un pequeño bolso de mano, se fue en autobús al otro lado de la ciudad en donde se registró en un hotelucho sencillo, pero decente, luego de haber depositado en un buzón una carta para su marido en la que explicaba los porqués de su conducta y daba la dirección en donde podrían encontrar su cuerpo. Nada de correos electrónicos ni mensajes de móvil, una carta por correo normal tardaría en llegar el tiempo suficiente para que el cóctel de pastillas que se tomaría luego hiciera su efecto y garantizaría el período necesario para que ni la policía, ni el personal sanitario llegasen con margen para salvarla. De paso, se evitaba el molesto lavaje de estómago.
El suicidio perfecto, sin duda, pero como te digo, no te asustes, que mi hora no ha llegado todavía y recién estoy empezando a irme. Yo, en tu lugar, empezaría a preocuparme el día en que cambie este asqueroso café con leche por una seguidilla de gin tonics, pero seguramente dejaré de venir a este bar antes de que eso ocurra, para no alertar a nadie.
Entonces Anita sonrió, me pagó lo consumido incluyendo una buena propina y se fue, diciendo en un susurro “no me hagas caso”. Al verla alejarse me pareció de pronto que sus caderas generosas, vistas así, de atrás y bamboleándose de un lado a otro, tenían un inconfundible aire paquidérmico, como el de una elefanta que deja la carpa después de la actuación.
Anita sigue viniendo al Tabernáculo y sigue pidiendo café con leche y hablando conmigo de literatura, y ahora también de música, de cine, de muchas cosas. Desde entonces yo siempre le pongo con el café un par de bombones, para que le sepa menos asqueroso. Por las dudas.

viernes, 4 de junio de 2010

De vida o muerte (Humor 1)

¡Cómo han cambiado los tiempos! Hasta hace muy poco, cuando una persona cometía una fechoría o un crimen y salía en la prensa, se hacía referencia a ella denominándola “el ladrón”, “el asesino”, “el autor material del hecho”, etc.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte se han alzado desde muchos ámbitos, voces de protesta reclamando respeto a la presunción de inocencia que el sistema legal vigente debe garantizar a todos los ciudadanos. No les falta razón, porque muchas veces se señalaba a alguien que luego las pruebas demostraban que era inocente, provocándole un daño la mayoría de las veces irreparable. Hasta aquí, me parece razonable.
El problema es la exageración. La irrupción de la palabra “presunto” en nuestras vidas es un torrente imparable y aquello que empezó como un intento de proteger la integridad de las personas frente a aseveraciones que podían ser erróneas, hoy, por su uso excesivo, puede llevarnos a abrigar dudas incluso sobre nuestra propia existencia, como en mi caso.
Hace unos días me dirigí al Ayuntamiento del pueblo donde vivo a solicitar una fe de vida. Fui en persona, acompañado de mi correspondiente documento de identidad vigente, y fui atendido por una diligente señorita que en pocos minutos me extendió el correspondiente certificado, firmado por el Secretario de dicho Ayuntamiento. Después de leer el documento que me entregaron, ya no sé si estoy vivo o no.
El caso es que en el documento se dice que yo, hijo de mi padre y mi madre, domiciliado en tal sitio, nacido en tal día de tal mes y año, “vivo en el día de la fecha” pero, y aquí el quid de la cuestión, que tal cosa se declara “con valor de simple presunción”.
Hablando en plata, el funcionario “presume” que estoy vivo, a pesar de estar viendo a una persona debidamente identificada y que presenta signos vitales inequívocos (perdón, presuntamente inequívocos) tales como respirar, andar, hablar, etc. y ninguno de estos hechos le permiten afirmar rotundamente que soy un ser viviente.
La primera duda que me asaltó fue la de qué clase de fe de vida me estaban dando y qué valor legal podría tener el documento para la entidad que me lo exige, porque puestos a presumir, ya pueden ellos mismos suponer que estoy vivo sin necesidad de que un funcionario certifique tal presunción.
Pero, más allá, se me generan dudas tremendas en el plano existencial. ¿Estaré realmente vivo? De acuerdo a lo que afirma (o, más bien, a lo que deja de afirmar) el funcionario, podría ser que no. A ver si ahora resulta que me he muerto sin avisar a nadie, ni siquiera a mí mismo.
Si es así, juro que fue sin intención, prueba de ello es que (presuntamente) ni yo lo sabía. ¿Y quién es, entonces, el (presunto) impostor que solicita la certificación haciéndose pasar por mí? A ver si me ha matado él. Entonces sería mi presunto asesino.
Pero bueno, que tampoco hay que ser tan alarmistas, que puede que no esté vivo, pero también puede que no esté muerto, al menos hasta que algún funcionario lo certifique. Podría ser un “no muerto”, claro, un “zombie”. Bueno, un “presunto zombie”.
Pensándolo bien, cabe la posibilidad. Yo siempre había atribuido mi torpeza para el baile y los deportes a mi presunta condición de patoso, pero si fuera un zombie tales características se explicarían por sí mismas, igual que el tamaño de mis ojos, que yo suponía un arma de seducción. O el rechazo terrorífico que provoco en la mayoría de las mujeres, o la risa que les produzco a los niños.
Si estuviera muerto, creo que debería pedir una fe de muerte. El tenor del documento sería más o menos así:
“Se presenta el Sr. N.N., en adelante el presunto occiso, córpore insepulto, acompañado de esposa, hijos, familiares y demás deudos, más seis señores forzudos que transportan la caja de pino, para que esta Secretaría certifique su defunción, habida cuenta que no presenta signos vitales visibles, que el rigor mortis ha llegado a su punto máximo (cosa que le impide estrecharnos la mano como indican las normas de urbanidad) y que el supuesto cadáver comienza a desprender un olor ligeramente acre. El occiso entrega también un certificado de muerte clínica expedido por médico colegiado, papel al que le falta un trozo que ha quedado entre los dedos del susodicho, afectados, como hemos dicho, por el rigor mortis
Se procede a certificar el óbito con simple valor de presunción, ya que el Sr. N.N. no responde a ninguna de las preguntas que se le efectúan”.
En fin, que voy a ver si me aclaran las dudas en el bar. Tal vez resulte cierto aquello que decía la canción: “no estaba muerto, estaba de parranda”… Presuntamente…