Yo quiero ser un viejo decadente
Así se titula la canción que Serafín comienza a cantar todas las noches, cuando el vino enrojece sus ojos de agua y oscurece su pensamiento. Invariablemente, pronuncia las dos primeras estrofas con cierta claridad:
Yo quiero ser un viejo decadente
Y emborracharme de camino al hospital
Antes de que un matasanos sin licencia
Me opere el páncreas y la válvula mitral.
***
Quiero estrenar una Ferrari Testarossa
Con mil caballos tirando del motor
Para que haga las veces de carroza
Cuando decida enterrar el pulmotor
***
Luego se duerme sobre la barra entre balbuceos que probablemente remitan al resto de la inacabada canción de nuestro Brassens particular, frases aisladas acerca de llevar un piercing en la punta del condón, de agujerearse las orejas con la risa de alguna señorita o de tener un pez dorado en el bidé, requisitos indispensables para ser un viejo decadente, según Serafín, en toda regla.
Después de no más de media hora de siesta, nuestro amigo se despereza como un gato, agita su peluca color zanahoria para despejarse y retoma el discurso que había interrumpido para dar paso a sus habilidades canoras. Su vida y sus intenciones.
“Yo sé que la gente habla de mí como de un bicho raro y eso es, justamente, lo que pretendo, llamar la atención. A los viejos nadie nos hace caso y eso hace que algunos, la mayoría, nos dejemos morir sin más. ¿Has pasado alguna vez frente a la puerta de una residencia de ancianos?, ¿has mirado hacia el interior? Habrás notado entonces la cantidad de hombres y mujeres sentados en sofás o sillas de rueda con la mirada fija en el vacío, mirando pasar la vida de los otros mientras la suya se consume como una vela, poco a poco, entre el Alzheimer y la arterioesclerosis. Yo no quiero eso para mí y por eso elegí ser lo que todo el mundo considera un “viejo decadente”, como forma de protesta pacífica. ¿Sabes qué hago por las tardes? Me dedico a perseguir jovencitas por el parque, pero no, no soy un pedófilo ni un degenerado, sólo las persigo algunos metros, porque la osamenta ya no me permite más, mientras las miro y disfruto de su juventud sin dirigirles la palabra. ¿Para qué?, si no les interesa nada de lo que pueda decirles. Otras veces me planto frente a alguna veterana como yo y le propongo besarnos, para oír el sonido del entrechocar de nuestras dentaduras y de nuestras rodillas, a ver cuál es más fuerte. Por muy extraño que parezca, alguna aceptó el convite, obligándome a atiborrarme de Viagra las neuronas para estar a la altura de sus fantasías. Imagínese usted, a mi edad. Vivo solo, mi mujer murió hace tres años, la maté yo, supongo… en realidad, fue un accidente de tráfico, nos estrellamos contra un árbol que se nos venía de frente, justo hacia la mitad del capó. Yo tenía dos opciones: dar el volantazo hacia la derecha y recibir el impacto de lleno sobre el lado izquierdo del coche, el del conductor, o girar hacia la izquierda y que el golpe fuera del lado contrario. Ya sabe qué elegí. No sabría decirle si fue un acto voluntario o inconsciente, supongo que moriré con la duda, aunque tal vez algún día decida sincerarme. Le confieso que temo la respuesta. Ya no la aguantaba, francamente, y más de una vez tuve ganas de retorcerle el cogote, concretamente, cada vez que intentaba suicidarse. No eran intentos reales, en verdad, pero tenían la fuerza suficiente como para crearme cargos de conciencia y obligarme a permanecer a su lado aunque me hiciera la vida imposible y no me diera un minuto de respiro. La vida es así, ¿lo ve usted? Rara, difícil, pero agradable a pesar de todo, por eso quiero ser como soy, aunque se rían de mis extravagancias.”
Otro par de vinos renuevan los afanes canoros del anciano, preámbulo a una nueva siesta sobre la barra del fauno de los parques, sátiro impotente al volante de una Ferrari con motor de ciclomotor, cantautor borracho con peluca de color zanahoria y sueños de adolescente senil.
Después de no más de media hora de siesta, nuestro amigo se despereza como un gato, agita su peluca color zanahoria para despejarse y retoma el discurso que había interrumpido para dar paso a sus habilidades canoras. Su vida y sus intenciones.
“Yo sé que la gente habla de mí como de un bicho raro y eso es, justamente, lo que pretendo, llamar la atención. A los viejos nadie nos hace caso y eso hace que algunos, la mayoría, nos dejemos morir sin más. ¿Has pasado alguna vez frente a la puerta de una residencia de ancianos?, ¿has mirado hacia el interior? Habrás notado entonces la cantidad de hombres y mujeres sentados en sofás o sillas de rueda con la mirada fija en el vacío, mirando pasar la vida de los otros mientras la suya se consume como una vela, poco a poco, entre el Alzheimer y la arterioesclerosis. Yo no quiero eso para mí y por eso elegí ser lo que todo el mundo considera un “viejo decadente”, como forma de protesta pacífica. ¿Sabes qué hago por las tardes? Me dedico a perseguir jovencitas por el parque, pero no, no soy un pedófilo ni un degenerado, sólo las persigo algunos metros, porque la osamenta ya no me permite más, mientras las miro y disfruto de su juventud sin dirigirles la palabra. ¿Para qué?, si no les interesa nada de lo que pueda decirles. Otras veces me planto frente a alguna veterana como yo y le propongo besarnos, para oír el sonido del entrechocar de nuestras dentaduras y de nuestras rodillas, a ver cuál es más fuerte. Por muy extraño que parezca, alguna aceptó el convite, obligándome a atiborrarme de Viagra las neuronas para estar a la altura de sus fantasías. Imagínese usted, a mi edad. Vivo solo, mi mujer murió hace tres años, la maté yo, supongo… en realidad, fue un accidente de tráfico, nos estrellamos contra un árbol que se nos venía de frente, justo hacia la mitad del capó. Yo tenía dos opciones: dar el volantazo hacia la derecha y recibir el impacto de lleno sobre el lado izquierdo del coche, el del conductor, o girar hacia la izquierda y que el golpe fuera del lado contrario. Ya sabe qué elegí. No sabría decirle si fue un acto voluntario o inconsciente, supongo que moriré con la duda, aunque tal vez algún día decida sincerarme. Le confieso que temo la respuesta. Ya no la aguantaba, francamente, y más de una vez tuve ganas de retorcerle el cogote, concretamente, cada vez que intentaba suicidarse. No eran intentos reales, en verdad, pero tenían la fuerza suficiente como para crearme cargos de conciencia y obligarme a permanecer a su lado aunque me hiciera la vida imposible y no me diera un minuto de respiro. La vida es así, ¿lo ve usted? Rara, difícil, pero agradable a pesar de todo, por eso quiero ser como soy, aunque se rían de mis extravagancias.”
Otro par de vinos renuevan los afanes canoros del anciano, preámbulo a una nueva siesta sobre la barra del fauno de los parques, sátiro impotente al volante de una Ferrari con motor de ciclomotor, cantautor borracho con peluca de color zanahoria y sueños de adolescente senil.
