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miércoles, 15 de abril de 2009

LA VIAJERA PERDIDA (Cuento 2)

El forense dictaminó suicidio. No se pudo establecer su identidad, así que ahora toca decidir qué se hará con el cuerpo, si inhumarlo como N.N. o cederlo a la universidad para que lo utilicen en sus prácticas los estudiantes de medicina. Si se opta por la primera posibilidad, el olvido definitivo y el anonimato la habrán hecho su presa sin remedio. Si, en cambio, se elige la segunda, la pobre mujer tendrá -si es que en su estado de vida ausente es posible tener algo- una remotísima oportunidad de que alguien rescate una pizca de su historia, aunque sólo sea por mera casualidad.
Tal vez (sólo tal vez, sólo si...) alguien sea capaz de descubrir en el hígado del cadáver hallado en la playa de San Lorenzo el rastro de la borrachera de la última noche, compartida con el músico ambulante que conoció el día anterior en la Rambla de Gijón. Borracho como ella, argentino como ella, perdido como ella, suicida como ella, «,- — pero menos (él prefería matarse poco a poco). Suficientes coincidencias para intentar, sin éxito, elaborar un sucedáneo de amor furtivo, sucio, clandestino, en la soledad nocturna y helada de la playa. Allí se acariciaron, se besaron, se insultaron, se golpearon y sembraron la arena con orina, vómito y orujo para, por fin, marcharse cada uno por su lado.
Quizás (sólo quizás, sólo si....) algún estudiante observador encuentre los restos de las lágrimas atrapadas entre las glándulas secretoras y los ojos inertes, y en ellas pueda ver impresa la decisión de acabar con su vida infeliz desde hace ya mucho tiempo, como un tatuaje gris sobre fondo glauco. Lo supo cuando leyó la biografía de Alfonsina Storni: sería como ella. Lo supo en el tren que la llevaba de Madrid a Gijón, cuando el sol que entraba por la ventanilla reflejaba su cara en el cristal, difuminada, ¿o era el rostro de Alfonsina?. Al menos se parecía a la fotografía impresa en la contraportada de la biografía que descansaba sobre su regazo, acunada por el traqueteo del convoy.
Las dos fisonomías tenían en común la cicatriz de la tragedia presentida atravesando las mejillas como un barbijo; ambas miradas se encontraban en el vacío de los que nada tienen que perder, ni nada por ganar. Ni siquiera había dinero de por medio. Ella se había gastado todos sus ahorros en el billete a España: tenía que conocer Asturias; solamente eso.
Puede que (sólo puede que, sólo si....) alguien localice entre las fibras musculares agarrotadas por el rigor mortis (absurda y macabra forma de recuperar la turgencia de los años juveniles) algún indicio de los golpes. Palizas hubo siempre. A las putas viejas les pegaban nada más bajar del camión policial, por diversión. Cuando era joven y más o menos bonita la golpeaban por rehusar a ceder sus favores al cabo de guardia (negarse al comisario significaba la pena de muerte). Los tipos que la explotaron (fueron varios) también le pegaban, para reforzar su dominio, igual que aquel señor de aspecto fino y elegante, con abrigo de piel de camello y zapatos lustrosos a quien su madre la entregó para que la amansara y le enseñara el "trabajo", antes de cumplir los dieciséis. Su madre también le pegaba, porque sí.
En una de esas (sólo en una de esas, sólo si....) en el caracol del oído haya todavía ecos de sus llantos de la infancia en el conventillo de la calle Pedro de Mendoza, allá en el Nuevo Mundo, en la nueva miseria. Llantos hubo siempre, suyos, por no poder ir a la escuela, por no tener más juguetes que una muñeca de trapo a la que le faltaba un ojo, por tener que fregar suelos ajenos, por el hambre, por los golpes. Su madre también lloraba, derrumbada junto a la botella de ginebra, con la bata entreabierta dejando ver la desnudez que había debajo, aprovechando los intervalos entre las visitas de un señor (siempre distinto, todos iguales) para contarle a ella de su Asturias, de la Virgen de Covadonga, del puente románico, de los osos, de las manzanas, de la sidra saliendo a chorros del tonel en el lagar de la abuela, del miedo al lobo, del padre que no la reconoció y era un minero de Mieres, de las mazorcas en el hórreo, del viaje en barco a través del Atlántico, vomitando doble por las olas y el embarazo, de las escalas en África y Brasil (todo igual: un calor infernal y lleno de negros vestidos de colorines), del arribo a la dársena de Buenos Aires en donde no había nadie esperándola, de la mugre de la primera pensión y la cucaracha en la sopa, del parto a solas en el hospital, de la suerte, de las maldiciones, del odio.
Tal vez, quizás, puede que, en una de esas, ella haya retornado a Asturias para cerrar un círculo vacío. A lo mejor descubrió, tarde, como Alfonsina, que bajo el mar tampoco hay Paraíso y por eso volvió a la playa, como Alfonsina, como todos los que van a suicidarse en un océano de estómago incapaz de digerir la escoria humana y que por eso regurgita los cuerpos de los muertos. A lo mejor todo fue un mal sueño y nada
de esto haya ocurrido realmente. A lo mejor ella fue siempre N.N., con ene de "no name", con ene de "nunca", con ene de "nadie", con ene de "nada". Casi no hay forma de saberlo. Sólo si....

1º premio Concurso literario "Cuentos de mujer", Cangas de Onís, Asturias (2003)

martes, 7 de abril de 2009

Pebeta de mi barrio (Artículo periodístico 4)

Yo te quiero igual. No importa que la misoginia condicione mis gustos tangueros, a partir de vos antepongo un “casi” cada vez que digo que ninguna mina que canta tangos me gusta.
Tampoco importa que te hayas maquillado el nombre, recortando la muzzarella que chorrea del “Lichinchi” original con la tijera de un “Varela” más tanguísticamente correcto, y menos todavía me importa compartirte con algún figurón de la política. Es inevitable y, además, estoy acostumbrado; ya me pasó con Piazzolla y algún conocido “periodista corcho”, con Independiente y algún “ex – presi” (ex – presidente, digo, no ex – presidiario)
¡Lo que son las cosas! Siempre había oído hablar de vos, pero no sabía que cantabas. Para toda mi familia habías sido siempre Adriana, de Avellaneda, la amiga de mi prima Mónica, su compañera de estudios, hasta que una vez te vi. Yo tampoco buscaba a nadie, y te vi.
Claro, eso fue hace un toco de tiempo y, por ese entonces, los tres o cuatro años que nos separan eran un abismo generacional insalvable. No me diste ni cinco de bola.
Era lógico, a tu lado yo era un péndex. Un imberbe, me decía un General, que también me llamó estúpido, me acuerdo, y probablemente tuviera razón, aunque eso no obstó para que, mientras vos charlabas sobre no sé qué con mi prima, yo me dedicase a navegar al garete por el abismo de tus ojos durante los quince o veinte minutos que duró el parloteo con tu amiga. Yo no pintaba nada, pero me importó un comino. Te quise igual.
Pasaron los años, varios, y muchas cosas entre medio. El alma, que debe ser wash & wear, se nos estrujó un montón de veces por distintos motivos y volvió a lucir, impecable y planchadita, otras tantas. La vida, nada más, y tus ojos siempre ahí, en un bolsillo chiquitito del alma, como esas monedas de diez guitas que uno guarda de recuerdo.
Entonces, un día me llamó Judith para decirme: “Poné la tele, el programa de Sofovich “– aclarando, antes de oir el insulto que ya salía de mi boca- “es que va a cantar Adriana Lichinchi, ¿te acordás de la amiga de Mónica?, bueno, ahora se llama Varela y canta tangos, ponela, vas a ver qué bien canta, dale”.
Y te puse.
Y me aguanté un montón de tiempo al “Ruso” para ver tus ojos, nada más, ya te dije que las minas que cantan tango no me gustan. Y, de repente, el alma se me hizo bandoneón y me lloraron las tripas cuando tus ojos tuvieron voz, y tu voz tuvo el perfume del barrio.
No hablo de la peste del Riachuelo, no, me refiero al otro olor, al que está detrás, al que sólo se percibe oliendo fino, como los catadores. Al aroma de los yuyos del terraplén, al de la niebla, al de la caña en los boliches del doque, al del choripán en la cancha. Te quise mucho más.
Luego pasó más tiempo y más vida. Yo seguí navegando al garete y recalé en Barcelona, a diez mil kilómetros de Avellaneda, para escribir tonterías que casi nadie lee y vos, seguro que tampoco. ¡Qué desencuentro!, parece un tango, ¿viste?
Un día cualquiera me metí en una disquería para despuntar el viejo vicio de adolescente, escuchar música sin garpar. Allí, como en los cambalaches, mezclado con los engendros de Julio Iglesias, los de su hijo, los de algún hijo de Palito y los de algún chozno de Leo Dan, encontré un disco del Sexteto Mayor. Invitada: vos.
Me calcé al instante los “orejulares” mientras apretaba los botones como un poseso.
No sé si fue que el día estaba gris, o si fue por la distancia mezclada con saudades. No sé si fue que me agarraron en un día “fulo”, o si fueron tus ojos disfrazados en la voz, pero se me aflojaron las patas, ché. Me quedé calentito y a la espera de sacar al bolsillo del pulmotor a la espera de comprar el C.D.
Pero no me dieron tiempo. Una amiga de un amigo cayó por aquí con un disco tuyo que ofrece veintidós temas, entre ellos una canción sin puñales.
¡Mentira cochina! Son veintidós puñaladas traperas, ¿sabés?, y yo estaba más o menos preparado, pero Tito no. Él no te conocía, porque hace muchos años que falta de allá, pero también sabe de catar olores, porque es de Constitución, el mismo Riachuelo, pero desde la otra orilla, y, aunque nunca vio tus ojos, intuye su hechizo.
A él tampoco le importa nada de nada. Ni el no haberte visto jamás, ni el que vos no sepas que él existe, ni que no leas esto, ni tu apellido, ni compartirte con cualquiera. Ahora él también te quiere, como yo. Casi como yo.
A los dos nos basta con tu voz trayendo la brisa de los paraísos de Sarandí, el gris de los empedrados de Piñeiro, la furia de la sudestada en Quilmes, el calorcito confortable de la ginebra en La Paz, el olor a medialunas del Tren Mixto, el traqueteo del 98 planeando sobre Mitre, el sabor criminal de la pizza con moscato.
¡Qué sé yo, piba! A nosotros nos gustaría cantarte un tango bien debute, pero somos medio perros, ¿sabés? Y bueno, tendrás que conformarte con esta pequeña confesión: “¡Te queremos!”
¡Chau, un beso!
Barcelona, julio de 1998

lunes, 23 de marzo de 2009

Un forro en el inodoro (Poesía 3)

Me presento:
Soy el tarado mayor de este planeta.
Soy un caído del catre, un vagoneta,
un submarino sin lastre ni timón.
Soy un jeta.
Si digo “blanco”, decís negro,
rojo o verde.
Digo “te amo” y sólo respondés:
“merde”.
Cuando tu espejo me refleja
grito y corro.
Tu sano juicio me condena:
soy un forro.
Tu juicio
es la maligna consecuencia
de mi vicio,
el borde oscuro de mi propio
precipicio.
Comprendo
que se te haya terminado
la paciencia
y en un furioso ataque
de demencia
tu mano, buscando alivio
arroje el forro al inodoro,
que la cadena se deshaga del tesoro.
Y ahora, que tu sueño se cumple,
que el agua sucia me arrastra hacia la cloaca
te dejo como herencia una sonrisa,
el beso del final, una caricia
y un verso con marca de familia:
“que la garúa te refresque el bocho”.

Piantao Nº 2 (Poesía 2)

También yo estoy piantao,

aunque esté lejos de aquellas tardecitas.

Aunque la luna ruede por otra avenida,

y aquí no exista una calle Arenales.

Por vos puedo ser el último linyera,

viajar a Venus colado en el tranvía.

Lo que hace falta lo tengo casi todo:

el corso a contramano de niños y astronautas,

el medio melón que compré esta mañana,

el vals y la camisa que destiñe,

un par de chancletas estropeadas,

un trombón abollado que no funca,

los locos que me aplauden, como en Vieytes.

Tengo un poema destartalado en el armario,

nidos vacíos de gorriones desahuciados

y una autopista de cornisas sin peaje.

Tengo la risa, la ilusión y las campanas,

las ganas de vivir, la libertad, la chifladura,

el berretín de invitarte a reinventarnos,

el valor suicida de saltar al precipicio.

Tengo la exacta percepción de tu tristeza,

de tu antigua soledad anochecida,

pero tanta posesión no es suficiente

para volarte la cabeza y desvelarte el cuore.

No hay magia, ni ternura, ni demencia,

no basta estar piantao como una cabra

si tu mirada se ha perdido en otro cielo

y están tan lejos tu sábana y tu escote.

Milonga de la partusa (Poesía 1)

Escabiaba en la cantina
con un faso entre los dedos
cuando entraron medio en pedo
un pajarón y dos minas.
Una flaca, otra gordita,
las dos con muy buenas tetas.
El chabón iba en chancletas
y era medio mariquita.
El pánfilo y las percantas
relojeaban a la mersa
con ojos de gato persa
y boquitas de atorrantas.
Las minas pedían guerra,
el manfloro deliraba
y la flaca me junaba
jadeando como una perra.
Cuando iba para el servicio
la gorda me cerró el paso,
me dijo: ¿bailás, negrazo?
con cara como de vicio.
La gordita se pegaba,
la flaca guiñaba el ojo
y el trolo, que era más flojo
de a ratos se apoliyaba.
Me levanté a las dos naifas,
puse rumbo a la partusa
con las dos princesas rusas
y con aire de jailaifa.
Una vez en el bulín
les ofrecí una picada.
Puse jamón, ensalada,
mortadela y salamín,
vermú, vino tinto y soda
para aclarar el garguero
y se me alegró el jilguero
dispuesto para la joda.
Le encajé un beso a la gorda
y después otro a la flaca.
Hizo ruido la matraca,
pero las dos eran sordas.
Se zamparon hasta el tarro
de galletitas Exprés
y se chuparon después
hasta la leche del jarro.
Se fueron sin saludar
poniendo cara de orto,
contentas por el oporto,
y hartas de tanto morfar.
Así terminó la farra,
las percantas se piantaron,
el bulín me aligeraron
y yo me quedé en la parra.
Ni un vinillo me quedó
pa agarrarme una merluza,
se jorobó la partusa
y el jilguero se durmió.

El distinguido ciudadano (Cuento 1)

Cacho Mazzacane era un pibe como cualquier otro. Había terminado el bachillerato con notas regulares y se había pasado quince meses de servicio militar en Río Gallegos, pelándose el culo de frío y disfrutando de las bondades del viento patagónico. Hasta ahí, todo normal.
Un buen día me pidió que lo acompañase hasta la Municipalidad de Lomas de Zamora porque tenía que hacer no sé qué trámite de su abuelo, que estaba internado en un sanatorio con un cólico renal, o hepático, no recuerdo bien.
Una vez allí, tal vez para matizar la amansadora habitual, trabó conversación con una funcionaria cuarentona que, aparentemente, no tenía nada mejor que hacer, aparte de consumir hectolitros de café y encender cada nuevo cigarrillo con la colilla del anterior, aún sin apagar.
No es que Cacho resultase un tipo especialmente pintón –no lo era en absoluto-, pero el rigor del clima sureño le había curtido y bronceado la piel, y el hambre y el ejercicio le habían afinado la silueta; además, tenía a su favor toda la energía de los veinte años, así que no me extrañó nada que la oficinista se mostrase atraída por mi amigo.
Ella era, decididamente, un bicho canasto. Como la del tango, era flaca, fané y descangayada; chueca como un futbolista, lucía las gambardelas de tero bajo una minifalda de adolescente y ataba a la nuca su pelambre rala y grasienta, teñida en color zanahoria, con una banda elástica manchada de tinta para sellos.
El caso es que, seguramente enceguecido por el largo año de abstinencia forzosa sumado a la natural urgencia de la juventud, mi compinche terminó ligándose a “Miss Burocracia ‘68”. Como sea, la susodicha, orgullosa de su conquista tras un largo período de mishiadura camera –ella también, más por falta de candidato que de intención- le daba a su flamante mascota todos los gustos. Ayer unos zapatos, hoy una camisa, mañana un traje, el esperpento iba compensando en especie el sacrificio de contemplar su figura sin el piadoso envoltorio de la ropa y soportar su aliento de nicotina espesa.
Cuando parecía que a la pobre mujer se le habían acabado las recompensas, una tarde se apareció con un diploma de la Secretaría de Obras Públicas del municipio, enmarcado en madera pintada en dorado, y que rezaba: “Al Señor Don Carmelo Mazzacane, Ciudadano Honorable de Lomas de Zamora, en reconocimiento a su magna obra”. Firmaba nada menos que el Intendente en persona.
A Cacho, que jamás había figurado en ninguna parte, ni siquiera en el Cuadro de Honor del colegio, se le iluminaron los ojos de felicidad. El que jamás hubiera tenido vínculo alguno con las obras públicas, o con el municipio –había vivido siempre en Avellaneda- y que su “obra” en vez de magna fuera en verdad nula, carecía por completo de importancia. El diploma era real, tenía su nombre y figuraba como ciudadano distinguido.
Sin embargo, el pajarraco mecanógrafo, que con este regalo –el más apreciado de todos- intentaba contentar a su amante para retenerlo a su lado, se cavó su propia fosa. Al día siguiente, Cacho me pidió que lo acompañase hasta la Municipalidad de Lanús.
Allí, la seducida fue una gordita de anteojos. Con el tiempo ella también le fue comprando regalos, pero lo que Cacho quería era el diploma. No le importaba cuál fuera el organismo que lo otorgase ni el motivo; solamente debía llevar su nombre, “Carmelo Mazzacane”, bien visible y a poder ser en letra gótica, que hacía más fino.
Una vez cumplido su objetivo, Cacho cambió de Municipalidad y de bagayo –todas, invariablemente, eran feas, como si ese requisito formara parte ineludible del ritual-. Así, conmigo como adláter a falta de algo mejor que hacer, Don Carmelo Mazzacane fue, sucesivamente, Ciudadano Ilustre de San Isidro, La Matanza, Florencio Varela, Tigre, La Plata y todo el resto del conurbano bonaerense.
Además, como su nombre y el mío quedaban registrados en cada Intendencia, nos comenzaron a llover invitaciones a comidas, copetines, inauguraciones y actos protocolares en tal cantidad que ocupaban casi todo nuestro tiempo y no nos permitían pensar siquiera en la posibilidad de trabajar.
La verdad es que comíamos de primera. Canapés, sandwichs de miga, saladitos, masas finas, bombones, champán y jerez formaban parte de nuestra dieta diaria. La ropa que le regalaban las chirusas a mi amigo daba para vestirnos a los dos como dandys y su condición de “Ilustrísimo” nos proveía de pases gratuitos en las empresas de transporte, de modo que casi no necesitábamos dinero para sobrevivir.
Sin quererlo, la concurrencia asidua a tanta francachela oficial nos fue llevando a conocer a mucha gente importante, así como a saber de sus necesidades y sus posibilidades; de ahí que, un poco por inercia, nos fuimos dedicando al tráfico de influencias –en realidad, sólo yo lo hacía, al otro sólo le interesaban los diplomas- y al cobro de jugosas comisiones que al poco tiempo nos reportaron una aceptable fortuna y nos permitieron extender nuestro radio de acción a las otras provincias argentinas. Así, cada mes un nuevo Gobernador estampaba su rúbrica debajo del consabido “Carmelo Mazzacane, Distinguido Ciudadano”, en letra gótica, como es debido. Incluso llegamos a tener diplomas de Montevideo, Punta del Este y Asunción del Paraguay, o sea, lo que se dice una incipiente “proyección internacional”. También, justo es decirlo, aumentó la calidad de las comidas y de las pilchas y llegamos a tener coche nuevo con chófer y todo.
“Diversificar” es la palabra mágica de nuestros tiempos, y dicen que la inteligencia es la capacidad de adaptarse a situaciones nuevas, de modo que ahora me dispongo a planificar los pasos a seguir para dar el salto al extranjero, habida cuenta de que el negocio local está a punto de tocar techo y que Cacho sigue obsesionado con ampliar la colección.
El taladro eléctrico de mi amigo y socio continúa perforando sin descanso las paredes del despacho –un lujoso piso que hemos comprado en el barrio de la Recoleta- para colgar las nuevas distinciones. Frente a mi escritorio, sobre la única pared que queda libre de trofeos, un poster a tamaño natural me muestra la foto de los dos viejos cómplices abrazados y sonrientes, impecablemente trajeados y acicalados. Las letras, que no son góticas sino rojas y muy grandes, expresan las dos palabras que tiempo atrás nadie, ni siquiera nosotros, hubiera osado pronunciar: “MAZZACANE PRESIDENTE”.


3º premio concurso literario "Francisco Castañeda Guerrero", Avellaneda, Buenos Aires (2002)

martes, 18 de diciembre de 2007

Un desfile de extrañas figuras (novela)

Cap. I

BALADA PARA MI MUERTE

Será de madrugada cuando muera, tangamente, precisamente a las seis, como si le robara los versos a Horacio Ferrer para ejecutar el último gesto de mi vida, habida cuenta de que, aunque siempre tuve vocación por la poesía, jamás pude hilvanar un puñado de palabras que rimasen, por lo menos; ni hablar de que además tuvieran sentido o belleza.

Para suicidarse lo mismo da una hora que otra, pero me pareció que respetar la establecida en el poema era una buena forma de restituir la apropiación ilegítima de un talento del que carezco por completo.

Falta un largo rato todavía y queda casi medio litro de ginebra en la botella. Igual que los suicidas de las películas, voy anticipando mi propia eliminación, matando el tiempo que aún me queda, entreteniéndome en repasar que todo esté en perfecto orden: la pistola, las balas, la carta para Marta y los chicos (me da pena arruinarles así las vacaciones, pero peor sería que estuviesen en casa y se encontrasen con el espectáculo repulsivo de mi cadáver ensangrentado, con los sesos desparramados sobre la alfombra), la póliza del seguro de vida, la escritura de la casa y los papeles del coche (todo a nombre de los chicos). El negocio no es problema, pues Marta es su dueña legal y también quien se encarga de llevarlo adelante con eficacia.

Todo está bien. Lo único que rompe apenas la monótona pulcritud de mi escritorio es la media docena de fotos que resumen los últimos veinte años de mi vida. Pocas fotos para tantos años, pero la verdad es que bastan y sobran para contar que no me ha ocurrido casi nada de importante en todo ese tiempo. Apenas mi matrimonio con Marta, el nacimiento de cada uno de los cuatro chicos, la muerte de mi viejo y poco más.

Es que, aunque nadie me lo haya pedido formalmente, yo siempre he intentado hacer aquello que los demás esperan de mí, incluso pagando con creces por los errores cometidos gracias a la inexperiencia en esto de vivir. Es cierto que abandoné los estudios universitarios, sacrificando el título soñado por los viejos, pero los compensé heredando un trabajo que aborrecía y aborrezco. También es verdad que me tuve que casar de apuro (en las fotos de la boda, debajo del vestido blanco de Marta, se puede apreciar una pancita incipiente, bastante impropia de una chica tan delgada) pero no es menos cierto que, pese a no estar muy enamorado de ella, acepté mi responsabilidad, tuvimos tres hijos más y formamos una familia más o menos bien avenida.

Tampoco pretendo decir que he sido un marido modelo, no. Le puse los cuernos varias veces (en realidad, cada vez que pude), unas con prostitutas, otras con empleadas del negocio, otras (menos) con las amantes que descartaba Andrés, un viejo amigote, solterón, adinerado y mujeriego e incluso, y durante varios años, con su mejor amiga, pero siempre volví a ella. Yo nunca hice ademán de irme y ella me echaba de casa, como es lógico, pero yo la perseguía, rogando y suplicando con lágrimas en los ojos que me dejara volver. Ella siempre aceptaba.

Tal vez, si ella se hubiera resistido de veras a conmoverse por mis llantos, si me hubiese mandado definitivamente a la mierda, si no hubiera dejado de tomar la píldora después de cada reconciliación, si en vez de buscarse algún amante ocasional (sólo para devolverme el favor) se hubiera buscado otro hombre que la quisiera bien, que le diera lo que ella necesitaba....

Pero no, tenía que dejarme volver. La muy cretina sabía perfectamente que así me consumía de a poco, que yo jamás me iría por las mías porque la presión me abrumaba, que con cada nuevo embarazo remachaba mi sentencia de muerte en vida. Y también la suya, porque es como el perro del hortelano, que no come ni deja comer.

Nuestras familias (era inevitable) se iban enterando de cada episodio con puntualidad británica. Mi padre, putero viejo, alababa la conducta de su “hijo de tigre” y mi madre, como siempre, como en su propio matrimonio, hacía la vista gorda.

El calzonudo de mi suegro, que alguna vez amenazó con mandar a alguno de sus hijos a romperme la crisma, terminaba capitulando, aconsejado por la bruja de su mujer, una vieja taimada y arpía que se encargaba, tal como lo había hecho su madre con ella, de enseñarle a la nena los métodos infalibles para capturar, retener y torturar a un marido “para toda la vida”.

Los chicos, pobrecitos, casi no se metían. Estaban en lo suyo: los estudios, el trabajo, sus amigos, así que no tenían tiempo para ocuparse de nuestras rencillas. Ahora que lo pienso, tal vez nos encuentren ridículos, pero estoy seguro de que, en el fondo, comprenden perfectamente que si su madre y yo hemos seguido juntos, pese a todo, ha sido por ellos, para que no les ocurriese lo que a la mayoría de hijos de padres separados, que tienen que contemplar el triste espectáculo del desfile de nuevos novios de su madre, o el de su padre persiguiendo a sus compañeras de Facultad, o que tienen que aceptar la convivencia con una tira de hermanastros, hijos de un padre sustituto que siempre será peor que el verdadero, aunque su madre opine lo contrario.

El nivel de ginebra en mi organismo aumenta conforme disminuye el de la botella. Me estoy agarrando un pedo metafísico. Mejor, así le damos algo de trabajo al forense, que va a tener alguna cosa más para anotar en su ficha, aparte del balazo. El hombre, al fin y al cabo, tiene que justificar su sueldo y a mí no me cuesta nada hacerle el favor. Buen samaritano hasta el final.

A las seis menos cuarto suena el teléfono. Contesto automáticamente, convencido de que se trata de algún marmota que marcó un número equivocado (¡y a estas horas!, si hubiera estado durmiendo lo mandaba a que le den por el culo). Del otro lado del auricular me llega la voz del Urso, un viejo compinche que hace tres años desapareció literalmente, sin dejar rastros, sin avisar a su familia o a sus amigos de su paradero, que me habla como si nos hubiéramos visto ayer nomás, citándome para las siete en el bar de siempre para desayunar juntos.

Cuelgo sin comprender si estoy borracho como una cuba o soy víctima de una alucinación. Me pellizco un brazo, me echo un poco de agua en la cara y nada cambia. Parece que estoy sobrio o, por lo menos, consciente de mis actos.

Miro el reloj y son las seis y diez. El imbécil del Urso me hizo pasar la hora del suicidio; la ejecución se suspende para mañana.

Me ducho en cinco minutos, para despejarme, me visto y me voy volando hacia el bar, a encontrarme con mi amigo prófugo, sin detenerme a recoger la pistola y las balas, total no vendrá nadie en todo el día y así ya tengo el arsenal preparado para mañana a las seis. Qué más da un día más o menos en esta vida de mierda.

Entro en el bar tropezándome con una silla vacía, mientras busco con la mirada al mastodonte con cara de indio y cutis renegrido (el solía decir que era descendiente de la tribu puelche y que no era negro, sino “marrón glacé”), pero no lo veo. Parece que no está.

Sólo hay un grupo de estudiantes haciendo tiempo antes de entrar a clases y dos o tres jubilados desayunando según impone la filosofía militar: al pedo, pero temprano. En una de las mesas del fondo hay una morena, grandota y fea como ella sola, que me sonríe con dientes como teclas de piano y me saluda agitando una manopla con dedos que parecen un muestrario de morcillas, cargados de anillos con piedras de colores. Con la otra manaza acomoda el flequillo que remata una larga melena rubia (teñida) que oculta la mitad de su cara. Es el Urso.

Me quiero morir. Sí, ya sé que puedo parecer monotemático, porque hasta hace un rato estaba dispuesto a suicidarme, pero esto es otra cosa . Ya no me importa no morir tangamente, ni que sean más de las seis de la madrugada, ahora quiero que me trague la tierra, desvanecerme en el aire, ser abducido por los extraterrestres o devorado por un tiranosaurio. No sé, cualquier cosa que me haga evitar el espectáculo que tengo ante mis ojos. Es patético, es un salido de mierda, es un reverendo hijo de puta, es un... un... y además se está cagando de risa... si es para matarlo, será cabrón...

Estoy tieso y helado, no me puedo mover, no tengo capacidad de reacción y, para colmo, el muy cretino se levanta, me abraza con toda su fuerza (es un animal) y me estampa un sonoro chupón en la mejilla, como si fuera mi prima.

Veo todo rojo. Con desesperación busco por las mesas un cuchillo para degollarlo allí mismo o cortarme las venas, pero es la hora del café con leche y sobre las mesas solamente hay cucharitas. El Urso, por su parte, me apoya una de las zarpas en el hombro y me invita a sentarme.
Le hago caso para evitar desmayarme y, mientras tanto, trato de reponerme del soponcio con un café doble y una ginebra triple (ya se me ha pasado el efecto de la botella que bebí en casa). El Urso aprovecha que tengo la boca llena para ofrecerme sus disculpas: “tendría que haberte prevenido, me imagino la impresión que te causé, pero ahora soy así y no tengo ningún complejo, ya sé que no es fácil acostumbrarse, pero pensá que para mí fue peor y que, además, si te lo hubiera ocultado también te habría sentado mal, entre nosotros hay confianza, somos amigos desde hace muchos años, ¿no?”

Come como lo que es, una bestia. Mucho sex-appeal, mucho rubio oxigenado y joyas sofisticadas, pero no deja de parecer un camionero. A medida que desaparece el desayuno me va describiendo la historia de sus tres últimos años, y no necesita mucho vocabulario: “estaba podrido”.

Eso era todo, estaba podrido, pero podrido de veras. Podrido del trabajo de mierda, de sus dos ex-mujeres, de sus hijos, de su madre, de su hermana, de su tío vividor, de sus amigos (¿de mí también?, no pregunté), del gobierno, de la inflación, de los diarios, de la tele, del fútbol, del boxeo, de los aerosoles, de la policía, de los milicos, de los curas, de los japoneses tintoreros y de la reputísima madre que los parió a todos.

Un día cualquiera se hartó, agarró un bolso con cuatro trapos dentro y se tomó el olivo sin decir nada a nadie. Empezó a recorrer pueblos sin rumbo fijo, arreglando balanzas y cortadoras de fiambre en pequeños boliches de mala muerte, para no morirse de hambre. A veces, cambiaba el trabajo directamente por comida y un lugar donde ducharse.

Así, dio varias vueltas por el noroeste del país, pasó a Bolivia, volvió, enfiló hacia el este, llegó hasta el Paraguay y de ahí pegó el salto a Brasil. Recaló en San Pablo y se fue quedando sin darse cuenta. Comenzó entonces a frecuentar, por pura curiosidad al principio, los tugurios de ambiente homosexual. Había tantos, y los maricas brasileños eran tan pintorescos y desinhibidos, con sus trajes de colores carnavalescos, sus lentejuelas, sus pestañas postizas.Un día comenzó a darse cuenta de que el asunto le gustaba de veras; no lo podía creer, pero así era.

Luego vino la primera experiencia, la que decidió el rumbo definitivo de su vida (no recuerda el nombre del mulatito, pero jamás pudo olvidar la atmósfera de aquel momento, ni el miedo), y a partir de allí el cambio total: nuevas parejas, nuevos trabajos como bailarina y artista de cabaret, las hormonas para modelar el cuerpo, los inevitables líos con la policía por su nueva condición (la que se armó cuando quiso volver al país cruzando la frontera vestido de percal, con tacones altos y peluca).

Otra ronda de cafés con leche y croissants le dan pie para contarme de las muchas ganas que tenía de verme, de lo mucho que me echaba de menos (“¿te estás declarando?” le digo, ya menos tenso, y él se ríe con toda la boca), de la cara que pusieron su madre y su hermana cuando lo vieron aparecer así, ¿y el tío?, casi le da un infarto, pero por desgracia no le pasó nada, hierba mala nunca muere. Me dice que los chicos no saben nada, tampoco sus “ex”, porque todavía le da un poco de vergüenza presentarse ante ellos. Me habla de San Pablo, me pide que me vaya con él a pasar unos días (“sin compromiso”, dice, “prometo no meterme contigo, somos amigos de años, faltaría más”); dice que San Pablo es peligroso, pero que con él a mi lado no tengo nada que temer. Dice también que está listo para partir mañana mismo, o pasado, o dentro de una semana, que a él (no me acostumbro a llamarlo “ella”) de da igual un día que otro, pero que le gustaría que lo acompañase.

Mañana... mañana estaré muerto, debería decirle, pero me callo. No me animo a contarle nada sobre mis planes frustrados (suspendidos, mejor) por su aparición repentina. En cambio, le sonrío divertido mientras miro sus piernas envueltas en medias finas. Son las mismas piernas torcidas de jugador de fútbol (el Urso llegó a jugar de titular en un equipo de Segunda) de antes, pero depiladas y algo más gordas (los años y la cerveza brasileña, supongo). Descubro que tiene uñas postizas y me parece que también pestañas (¿o será el rimmel?). No tiene sentido del ridículo.

Ya es casi mediodía, y el Urso se tiene que ir a comer con su madre: ”te invitaría, ya sabés que la gorda te quiere mucho, pero me da no sé qué, llevarte así vestido, la pobre todavía no se acostumbra y mi hermana tampoco, hay que darles un tiempo, ya se les pasará, tal vez la próxima vez que venga podamos juntar a los muchachos y hacer un asadito, ¿no?”

Sí, claro (digo). Y vos bailás la danza de los siete velos sobre la mesa (pienso). Me da otro beso en la mejilla y se va, lo más campante sobre sus tacones de aguja. Camina con bastante gracia a pesar de su cuerpo de mastodonte.

De pronto recuerdo que he pasado toda la noche en vela, que he bebido muchísimo y me doy cuenta de que los ojos se me cierran solos. Me meto en un taxi y me voy directo a casa, a dormir la mona.

Duermo como un tronco. Sueño con Marta, con los chicos, con el Urso varias veces; en un sueño es mi madre, en otro mi esposa, en otro mi hermano, y así.

El despertador suena a las cinco; tengo una cita dentro de una hora, no la he olvidado. Manoteo en el vacío hasta que consigo apagarlo y sigo durmiendo; la impuntualidad es mi peor defecto y mi afición a Morfeo el segundo.

Cuando abro los ojos (dos ranuras, como si fuera japonés) son las once y, claro, debo posponer mi suicidio una vez más. Ahora me enfrento al dilema de decidir en qué podría gastar las diecinueve horas que me quedan de vida. Algo se me ocurrirá.

Desayuno como si fuera la última vez y luego me pongo a dar vueltas por la casa; reviso los cajones, abro los armarios, sobre todo aquellos que hace mucho tiempo que no toco. No busco nada, pero encuentro un montón de cosas, la mayoría inservibles, que había olvidado y quedaron archivadas en rincones oscuros: Cartas viejas, corbatas, relojes oxidados, un picaporte (¿?), recibos de sueldo de cuando trabajaba en el Banco (ocho meses, cuando tenía veinte años, antes de casarme). También hay cosas de Marta, ropa interior, vestidos, frascos de perfume semivacíos, lápices de labios, dos pelucas, hebillas para sujetar el pelo, maquillajes varios, limas de uñas, zapatos. Cuántas porquerías guardan las mujeres y cuánta pasta gastan en ellas.

Me siento como un crío revisando los cajones de los padres. Una de las pelucas de Marta es negra y lacia (ella tiene el pelo rubio ceniza y rizado). Me la pongo y voy a mirarme en el espejo de la cómoda. Parezco un rockero de los “heavy metal” esos, un dinosaurio, que le dicen, uno de Led Zeppelin o Deep Purple.

Esto me divierte. Me desnudo por completo y me meto como puedo en uno de los conjuntos de ropa interior de encaje negro. Marta es un poco más pequeña que yo, así que me aprieta bastante, sobre todo “ahí”. Voy a verme en el espejo grande del ropero; estoy completamente ridículo. Muerto de risa, me agrego un liguero, también de encaje negro, y unas medias a juego con un agujero en el talón.

Estoy patético, pero ahora debo pintarme. Es más difícil de lo que suponía y así me paso más de una hora, metiéndome el lápiz delineador en los ojos, manchándome los dientes con el pintalabios, corrigiendo los manchones de maquillaje en la papada y pintándome un falso lunar en la mejilla derecha. Qué complicado es ser fémina.

Es una valija encontré un vestido de gasa de color champán que me va bastante bien. El forro, de raso, es bastante opaco, de modo que no se transparentan los calzones negros. Los pelos del pecho me asoman un poco por el escote, pero no importa, igual me queda bien. Marta debía estar un poco gordita cuando se lo compró.

Un collar, eso me falta, y unos pendientes. En la cómoda hay un conjunto de perlas falsas, regalo de un cumpleaños o un aniversario, no me acuerdo bien, que combina con el vestido. ¡Un bolso!, me olvidaba, creo haber visto uno pequeñito, de tela. Sí, ahí está. Le meto dentro mi tarjeta de crédito, el poco dinero que tengo, las llaves de casa y los documentos y vuelvo hasta el espejo.

Estoy deslumbrante, parezco una “top model”. Premio al mejor disfraz en el Carnaval de Río de Janeiro. Maravilloso, sí, pero descalzo.

Primer problema insoluble: calzo el cuarenta y tres y Marta el treinta y siete, de manera que ninguno de sus zapatos me sirve. Debo aguzar el ingenio. Lo único que encuentro son mis propias chanclas de baño, que son de toalla.

Son casi las tres de la tarde y el Urso, si no ha cambiado demasiado sus antiguas costumbres, debe estar durmiendo la siesta, así que me propongo arruinársela.

El portero del edificio me mira atónito (me reconoce pero no me saluda), igual que los demás pasajeros del ómnibus. Sentado en el segundo asiento, con las manos recogidas sobre el regazo para sostener el pequeño bolsito de tela, recuerdo que no retiré la carta de mi escritorio ni guardé la pistola y las balas. No importa, la carta va a servir igual. Un anillito en el anular sí que me haría falta.

Unos obreros de la telefónica están cavando una fosa en la calle del Urso; me miran y me silban, me gritan groserías. Me siguen con la vista y yo les meneo un poquito las caderas. Uno de ellos se ríe y otro me insulta y recuerda a casi toda mi familia.

Yo ni les hago caso. No me olvido de que voy en chancletas, de que tengo las piernas peludas (podría haberme depilado, ahora que lo pienso), ni de que tengo un agujero en la media.

Llego por fin a la casa del Urso y tengo que tocar varias veces el timbre para despertarlo. Cuando veo asomarse por la puerta a sus dientes de teclado me olvido de mis planes de morir tangamente, de Marta, de los chicos, del negocio, de la pistola, de la ginebra, de la carta, de la cita de las seis (es demasiado temprano) y de todo lo demás.

Moriré sin duda, tal vez tangamente, pero será otro día.
1º premio concurso internacional de novela "Voces del Chamamé", Oviedo, Asturias (2005) Publicada por Editorial Nostrum, Madrid (2006)