Ella fue solamente “Ella”, sin nombre durante muchos meses, porque las mujeres en los bares se comportan de manera diferente a los hombres, sobre todo a partir de ciertas horas, cuando llega la noche.
Durante el día se ve de todo: personas solas, parejas, grupos del mismo género o mixtos, y las únicas diferencias parecen ser que las mujeres eligen sentarse a una mesa, mientras que los hombres prefieren la barra y que ellas leen el diario y ellos la prensa deportiva, pero al anochecer las cosas cambian un poco.
Las mujeres ya casi no vienen solas, sino que lo hacen en pareja o en grupos, con mayor presencia masculina a medida que va oscureciendo.
Otra diferencia está en el trato con el barman, o sea, conmigo. Las mujeres, al revés que los hombres, no utilizan el bar como confesionario ni le cuentan sus cuitas al camarero y por eso sé poco de ellas, apenas lo que puedo inferir de los trozos de conversaciones entre pares que escucho cuando me acerco a servirles. Los hombres somos capaces de contarle hasta lo más íntimo a un desconocido en la barra de un bar, con una copa en la mano. Las mujeres, en cambio, pregonan a voz en cuello cuándo fue la última vez que les vino la regla, cuál es el tamaño del pene de sus amantes o qué color han elegido para teñirse el pubis, pero no lo hacen en el bar. Su confesionario es la peluquería, un lugar generalmente vedado a los hombres, excepto en las peluquerías “unisex”, cuya clientela es de mujeres y de hombres… ma non troppo.
Pero volvamos a “Ella”, que nos hemos desviado del camino y nos hemos entretenido demasiado. ¿Por qué volver a ella?, simplemente porque es distinta. Y porque, siendo distinta, me hace acordar a otra clienta que tuve hace muchos años y que me dejó con una espina clavada.
Aquella era una mujer mayor, bien entrada en los sesenta, siempre impecablemente ataviada con ropas, zapatos y bolsos de marcas carísimas y originales, en vez de esas burdas imitaciones de los chinos que solemos ver hoy en día. Se sentaba junto a la barra, siempre en el mismo sitio y procedía a zamparse, según el día, hasta media docena de güisquis dobles, del escocés más caro. Luego, sin decir ni media palabra, pagaba la cuenta, se levantaba a duras penas y salía flameando como una bandera azotada por el viento hacia la calle, intentando mantener, a duras penas, la vertical y la poca elegancia que ya le quedaba. Así casi todos los días.
No cabía ninguna duda de que, a los ojos de un aprendiz de escritor como yo, la figura de esa mujer encerraba alguna historia digna de ser contada, pero jamás me animé a dirigirle la palabra como no fuera por necesidades estrictamente profesionales. ¿Qué le sirvo?, aquí tiene su cambio, ¿con hielo o solo?, ese tipo de cosas. Durante mucho tiempo nuestra relación se limitó al intercambio de cortesías y silencios. Ni siquiera supe su nombre.
Ahora tengo más edad, más experiencia y menos prejuicios y eso ha hecho que con Anita sea distinto. Ella se llama Anita y sólo se parece a su antecesora en que siempre viene sola y tarde, en la edad (aunque tal vez tenga algún lustro menos que la otra) y en que también sabe mantener cierta elegante gravedad en sus modales, en este caso sin tener que luchar contra el alcohol, porque Anita rara vez bebe alguna cerveza sin alcohol, prefiere el café sin cafeína, con leche y en taza grande, de las de desayuno. Mientras tanto, fuma y observa a los demás que están a su alrededor. A veces, toma notas en una pequeña libreta que siempre va con ella.
Como ya dije, tardé meses en vencer mi timidez, o la supuesta barrera que imponían su condición de señora solitaria y algo mayor que yo, pero poco a poco fuimos estableciendo cierta confianza mutua, lo que me permitió preguntarle a qué se dedicaba.
Soy escritora, dijo.
Ella no lo sabía, claro, pero había dicho la palabra mágica. A partir de entonces, una vez revelada la coincidencia en nuestra afición común, nuestra relación se fue haciendo más estrecha. No digo que nos hiciéramos amigos íntimos, ni siquiera que hubiéramos establecido una verdadera amistad, pero lo cierto es que fuimos ganando en confianza mutua hablando de los libros y escritores que nos gustaban, de los que, en cambio, nos disgustaban profundamente y también de aquellos a quienes considerábamos talentosísimos escritores y poetas, pero cuya imagen se desteñía a causa de ciertas actitudes personales y opiniones políticas abiertamente distantes de las nuestras, que eran bastante parecidas.
Nuestros diálogos solían ser fluidos, hasta el día en que ella soltó un soliloquio en el que apenas me dejó meter un bocadillo que otro. Y todo porque a mí se me ocurrió preguntarle sobre qué estaba escribiendo en ese momento.
Escribo sobre la muerte, me dijo con una voz que se había vuelto de repente tan fría como el interior de la máquina de hielo en la que estaba hurgueteando para servir unas copas. Y luego de una pausa forzada a medias por mi sorpresa y mi distracción en servir al cliente, agregó: sobre mi propia muerte, porque voy a morirme.
No sé qué cara habré puesto, pero Anita se vio obligada a dulcificar el tono y esbozar una sonrisa.
Tranquilo, dijo, que no pienso morirme aquí ni ahora. Es verdad que estoy enferma de algo que acabará matándome tarde o temprano, pero no es inminente. No es como uno de esos cánceres que te fulminan en tres meses, lo mío es más elegante, si se quiere, más refinado, que te va deteriorando poco a poco, lentamente y en silencio, sin que te des cuenta cómo ni cuándo te van apareciendo las lesiones y te vas convirtiendo en carne de hospital hasta que un buen día algo deja de funcionar, o ya no hay terapia que alcance, una cosa va llevando a la otra, y te vas para el otro barrio como quien no quiere la cosa.
Pero también escribo sobre elefantes, porque los admiro desde niña. Sobre todo desde que leí, no recuerdo dónde, que cuando sienten que les llegó la hora de morir se alejan de la manada y se internan en la jungla, o en la sabana, donde sea que estén, para acabar su existencia donde nadie los vea y sin tener que avisar al resto de sus congéneres. Siempre me pareció una decisión muy sabia, considerada y elegante, tanto que cuando llegue mi hora pienso hacer como ellos. Tal vez, sin darme cuenta, ya haya empezado a hacerlo y por eso es que me ves aquí sola, a estas horas.
El caso es que escribir sobre la muerte y los elefantes me ha servido para reflexionar acerca de mi propia vida y mi propia muerte. He vivido unos cuantos años y no puedo quejarme de cómo lo hice. Lo que dicen que hay que hacer, plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo, lo hice más de una vez en todos los casos, de modo que creo que tengo mucho más derecho que cualquier enfermedad de mierda para decidir sobre mi propia vida y mi propia muerte.
Dicho esto, he decidido que no pienso esperar a acabar mis días como un vegetal, mirando pasar las nubes desde una silla de ruedas, en la sala de una residencia geriátrica en la que las únicas visitas sean las de la enfermera que viene a traerme la medicación o la de la auxiliar que viene a ver si me he vuelto a cagar y a cambiarme los pañales. ¿Para qué, para batir un record de supervivencia por el que no me pagarán nada? Hay que saber morirse a tiempo, decía mi madre, y tenía razón.
Tampoco pienso pasarme quién sabe cuántos meses o años sufriendo los efectos del deterioro físico, en interminables sesiones de diálisis, rebotando de quirófano en quirófano, de ablación en ablación, tomando toneladas de remedios que me arreglan una cosa mientras me descomponen otra, o padeciendo dolores de muerte sin que la muerte se digne incluirme en su nutrida agenda de ejecutivo. Por eso llegará el día en que deje de medicarme, de hacer régimen y “vida sana” para dedicarme al hedonismo el tiempo que sea, aunque eso signifique achicar plazos. Después, que me quiten lo bailado.
Hay muchas formas válidas para impedir todo aquel sufrimiento, ¿sabes? Algunas incluso son casi inocuas, limpias, indoloras, incluso baratas y fáciles de conseguir en cualquier farmacia y sin necesidad de receta médica. Me lo dijo el médico que atendió a uno de mis ex maridos cuando le hizo un lavaje de estómago después de uno de sus varios intentos patéticos y ridículos de suicidio. Podría haberse tomado la caja entera de ese medicamento, que no falta en el botiquín de casi ninguna buena familia y haberse despedido con un buen shock hepático, pero el muy ignorante prefirió tomarse unos somníferos que, a lo sumo, le habrían hecho dormir a pierna suelta una reparadora siesta de dos o tres días.
Hay que ser elegante para todo y mantener cierta dignidad, incluso a la hora del suicidio. Por eso no entiendo a los que se tiran debajo de un tren, o desde la cornisa de un edificio, que joden a la pobre gente que va a trabajar interrumpiendo el servicio ferroviario durante horas haciéndoles perder el premio a la productividad en sus trabajos, o matando a un inocente que pasaba justo por allí en el momento en que decidieron tirarse por la ventana sin mirar si había alguien abajo. Gente de mierda, malos bichos hasta para morirse.
Tampoco son santos de mi devoción los que se pegan un tiro en la boca o se levantan la tapa de los sesos de un escopetazo. Es verdad que éstos especimenes no hacen daño a otros, pero tampoco tienen ningún derecho a dejar a los demás el horrendo espectáculo de un fiambre en una habitación llena de cuajarones de sangre y trozos de vísceras pegadas al suelo y a las paredes. Es repulsivo.
Yo pienso hacer otra cosa, pero no pienses que será nada original. En realidad, le copié la idea a mi prima Eulogia, que la puso en práctica con todo éxito. Fue todo muy simple, de una sencillez rayana con la ingenuidad, pero de una elegancia soberbia.
Luego de darles, como todos los días, el desayuno a su marido y a sus hijos y una vez que todos se hubieran ido a sus trabajos y colegios, Eulogia metió unas pocas ropas en un pequeño bolso de mano, se fue en autobús al otro lado de la ciudad en donde se registró en un hotelucho sencillo, pero decente, luego de haber depositado en un buzón una carta para su marido en la que explicaba los porqués de su conducta y daba la dirección en donde podrían encontrar su cuerpo. Nada de correos electrónicos ni mensajes de móvil, una carta por correo normal tardaría en llegar el tiempo suficiente para que el cóctel de pastillas que se tomaría luego hiciera su efecto y garantizaría el período necesario para que ni la policía, ni el personal sanitario llegasen con margen para salvarla. De paso, se evitaba el molesto lavaje de estómago.
El suicidio perfecto, sin duda, pero como te digo, no te asustes, que mi hora no ha llegado todavía y recién estoy empezando a irme. Yo, en tu lugar, empezaría a preocuparme el día en que cambie este asqueroso café con leche por una seguidilla de gin tonics, pero seguramente dejaré de venir a este bar antes de que eso ocurra, para no alertar a nadie.
Entonces Anita sonrió, me pagó lo consumido incluyendo una buena propina y se fue, diciendo en un susurro “no me hagas caso”. Al verla alejarse me pareció de pronto que sus caderas generosas, vistas así, de atrás y bamboleándose de un lado a otro, tenían un inconfundible aire paquidérmico, como el de una elefanta que deja la carpa después de la actuación.
Anita sigue viniendo al Tabernáculo y sigue pidiendo café con leche y hablando conmigo de literatura, y ahora también de música, de cine, de muchas cosas. Desde entonces yo siempre le pongo con el café un par de bombones, para que le sepa menos asqueroso. Por las dudas.
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domingo, 10 de octubre de 2010
martes, 18 de diciembre de 2007
Un desfile de extrañas figuras (novela)
Cap. I
BALADA PARA MI MUERTE
Será de madrugada cuando muera, tangamente, precisamente a las seis, como si le robara los versos a Horacio Ferrer para ejecutar el último gesto de mi vida, habida cuenta de que, aunque siempre tuve vocación por la poesía, jamás pude hilvanar un puñado de palabras que rimasen, por lo menos; ni hablar de que además tuvieran sentido o belleza.
Para suicidarse lo mismo da una hora que otra, pero me pareció que respetar la establecida en el poema era una buena forma de restituir la apropiación ilegítima de un talento del que carezco por completo.
Falta un largo rato todavía y queda casi medio litro de ginebra en la botella. Igual que los suicidas de las películas, voy anticipando mi propia eliminación, matando el tiempo que aún me queda, entreteniéndome en repasar que todo esté en perfecto orden: la pistola, las balas, la carta para Marta y los chicos (me da pena arruinarles así las vacaciones, pero peor sería que estuviesen en casa y se encontrasen con el espectáculo repulsivo de mi cadáver ensangrentado, con los sesos desparramados sobre la alfombra), la póliza del seguro de vida, la escritura de la casa y los papeles del coche (todo a nombre de los chicos). El negocio no es problema, pues Marta es su dueña legal y también quien se encarga de llevarlo adelante con eficacia.
Todo está bien. Lo único que rompe apenas la monótona pulcritud de mi escritorio es la media docena de fotos que resumen los últimos veinte años de mi vida. Pocas fotos para tantos años, pero la verdad es que bastan y sobran para contar que no me ha ocurrido casi nada de importante en todo ese tiempo. Apenas mi matrimonio con Marta, el nacimiento de cada uno de los cuatro chicos, la muerte de mi viejo y poco más.
Es que, aunque nadie me lo haya pedido formalmente, yo siempre he intentado hacer aquello que los demás esperan de mí, incluso pagando con creces por los errores cometidos gracias a la inexperiencia en esto de vivir. Es cierto que abandoné los estudios universitarios, sacrificando el título soñado por los viejos, pero los compensé heredando un trabajo que aborrecía y aborrezco. También es verdad que me tuve que casar de apuro (en las fotos de la boda, debajo del vestido blanco de Marta, se puede apreciar una pancita incipiente, bastante impropia de una chica tan delgada) pero no es menos cierto que, pese a no estar muy enamorado de ella, acepté mi responsabilidad, tuvimos tres hijos más y formamos una familia más o menos bien avenida.
Tampoco pretendo decir que he sido un marido modelo, no. Le puse los cuernos varias veces (en realidad, cada vez que pude), unas con prostitutas, otras con empleadas del negocio, otras (menos) con las amantes que descartaba Andrés, un viejo amigote, solterón, adinerado y mujeriego e incluso, y durante varios años, con su mejor amiga, pero siempre volví a ella. Yo nunca hice ademán de irme y ella me echaba de casa, como es lógico, pero yo la perseguía, rogando y suplicando con lágrimas en los ojos que me dejara volver. Ella siempre aceptaba.
Tal vez, si ella se hubiera resistido de veras a conmoverse por mis llantos, si me hubiese mandado definitivamente a la mierda, si no hubiera dejado de tomar la píldora después de cada reconciliación, si en vez de buscarse algún amante ocasional (sólo para devolverme el favor) se hubiera buscado otro hombre que la quisiera bien, que le diera lo que ella necesitaba....
Pero no, tenía que dejarme volver. La muy cretina sabía perfectamente que así me consumía de a poco, que yo jamás me iría por las mías porque la presión me abrumaba, que con cada nuevo embarazo remachaba mi sentencia de muerte en vida. Y también la suya, porque es como el perro del hortelano, que no come ni deja comer.
Nuestras familias (era inevitable) se iban enterando de cada episodio con puntualidad británica. Mi padre, putero viejo, alababa la conducta de su “hijo de tigre” y mi madre, como siempre, como en su propio matrimonio, hacía la vista gorda.
El calzonudo de mi suegro, que alguna vez amenazó con mandar a alguno de sus hijos a romperme la crisma, terminaba capitulando, aconsejado por la bruja de su mujer, una vieja taimada y arpía que se encargaba, tal como lo había hecho su madre con ella, de enseñarle a la nena los métodos infalibles para capturar, retener y torturar a un marido “para toda la vida”.
Los chicos, pobrecitos, casi no se metían. Estaban en lo suyo: los estudios, el trabajo, sus amigos, así que no tenían tiempo para ocuparse de nuestras rencillas. Ahora que lo pienso, tal vez nos encuentren ridículos, pero estoy seguro de que, en el fondo, comprenden perfectamente que si su madre y yo hemos seguido juntos, pese a todo, ha sido por ellos, para que no les ocurriese lo que a la mayoría de hijos de padres separados, que tienen que contemplar el triste espectáculo del desfile de nuevos novios de su madre, o el de su padre persiguiendo a sus compañeras de Facultad, o que tienen que aceptar la convivencia con una tira de hermanastros, hijos de un padre sustituto que siempre será peor que el verdadero, aunque su madre opine lo contrario.
El nivel de ginebra en mi organismo aumenta conforme disminuye el de la botella. Me estoy agarrando un pedo metafísico. Mejor, así le damos algo de trabajo al forense, que va a tener alguna cosa más para anotar en su ficha, aparte del balazo. El hombre, al fin y al cabo, tiene que justificar su sueldo y a mí no me cuesta nada hacerle el favor. Buen samaritano hasta el final.
A las seis menos cuarto suena el teléfono. Contesto automáticamente, convencido de que se trata de algún marmota que marcó un número equivocado (¡y a estas horas!, si hubiera estado durmiendo lo mandaba a que le den por el culo). Del otro lado del auricular me llega la voz del Urso, un viejo compinche que hace tres años desapareció literalmente, sin dejar rastros, sin avisar a su familia o a sus amigos de su paradero, que me habla como si nos hubiéramos visto ayer nomás, citándome para las siete en el bar de siempre para desayunar juntos.
Cuelgo sin comprender si estoy borracho como una cuba o soy víctima de una alucinación. Me pellizco un brazo, me echo un poco de agua en la cara y nada cambia. Parece que estoy sobrio o, por lo menos, consciente de mis actos.
Miro el reloj y son las seis y diez. El imbécil del Urso me hizo pasar la hora del suicidio; la ejecución se suspende para mañana.
Me ducho en cinco minutos, para despejarme, me visto y me voy volando hacia el bar, a encontrarme con mi amigo prófugo, sin detenerme a recoger la pistola y las balas, total no vendrá nadie en todo el día y así ya tengo el arsenal preparado para mañana a las seis. Qué más da un día más o menos en esta vida de mierda.
Entro en el bar tropezándome con una silla vacía, mientras busco con la mirada al mastodonte con cara de indio y cutis renegrido (el solía decir que era descendiente de la tribu puelche y que no era negro, sino “marrón glacé”), pero no lo veo. Parece que no está.
Sólo hay un grupo de estudiantes haciendo tiempo antes de entrar a clases y dos o tres jubilados desayunando según impone la filosofía militar: al pedo, pero temprano. En una de las mesas del fondo hay una morena, grandota y fea como ella sola, que me sonríe con dientes como teclas de piano y me saluda agitando una manopla con dedos que parecen un muestrario de morcillas, cargados de anillos con piedras de colores. Con la otra manaza acomoda el flequillo que remata una larga melena rubia (teñida) que oculta la mitad de su cara. Es el Urso.
Me quiero morir. Sí, ya sé que puedo parecer monotemático, porque hasta hace un rato estaba dispuesto a suicidarme, pero esto es otra cosa . Ya no me importa no morir tangamente, ni que sean más de las seis de la madrugada, ahora quiero que me trague la tierra, desvanecerme en el aire, ser abducido por los extraterrestres o devorado por un tiranosaurio. No sé, cualquier cosa que me haga evitar el espectáculo que tengo ante mis ojos. Es patético, es un salido de mierda, es un reverendo hijo de puta, es un... un... y además se está cagando de risa... si es para matarlo, será cabrón...
Estoy tieso y helado, no me puedo mover, no tengo capacidad de reacción y, para colmo, el muy cretino se levanta, me abraza con toda su fuerza (es un animal) y me estampa un sonoro chupón en la mejilla, como si fuera mi prima.
Veo todo rojo. Con desesperación busco por las mesas un cuchillo para degollarlo allí mismo o cortarme las venas, pero es la hora del café con leche y sobre las mesas solamente hay cucharitas. El Urso, por su parte, me apoya una de las zarpas en el hombro y me invita a sentarme.
Le hago caso para evitar desmayarme y, mientras tanto, trato de reponerme del soponcio con un café doble y una ginebra triple (ya se me ha pasado el efecto de la botella que bebí en casa). El Urso aprovecha que tengo la boca llena para ofrecerme sus disculpas: “tendría que haberte prevenido, me imagino la impresión que te causé, pero ahora soy así y no tengo ningún complejo, ya sé que no es fácil acostumbrarse, pero pensá que para mí fue peor y que, además, si te lo hubiera ocultado también te habría sentado mal, entre nosotros hay confianza, somos amigos desde hace muchos años, ¿no?”
Come como lo que es, una bestia. Mucho sex-appeal, mucho rubio oxigenado y joyas sofisticadas, pero no deja de parecer un camionero. A medida que desaparece el desayuno me va describiendo la historia de sus tres últimos años, y no necesita mucho vocabulario: “estaba podrido”.
Eso era todo, estaba podrido, pero podrido de veras. Podrido del trabajo de mierda, de sus dos ex-mujeres, de sus hijos, de su madre, de su hermana, de su tío vividor, de sus amigos (¿de mí también?, no pregunté), del gobierno, de la inflación, de los diarios, de la tele, del fútbol, del boxeo, de los aerosoles, de la policía, de los milicos, de los curas, de los japoneses tintoreros y de la reputísima madre que los parió a todos.
Un día cualquiera se hartó, agarró un bolso con cuatro trapos dentro y se tomó el olivo sin decir nada a nadie. Empezó a recorrer pueblos sin rumbo fijo, arreglando balanzas y cortadoras de fiambre en pequeños boliches de mala muerte, para no morirse de hambre. A veces, cambiaba el trabajo directamente por comida y un lugar donde ducharse.
Así, dio varias vueltas por el noroeste del país, pasó a Bolivia, volvió, enfiló hacia el este, llegó hasta el Paraguay y de ahí pegó el salto a Brasil. Recaló en San Pablo y se fue quedando sin darse cuenta. Comenzó entonces a frecuentar, por pura curiosidad al principio, los tugurios de ambiente homosexual. Había tantos, y los maricas brasileños eran tan pintorescos y desinhibidos, con sus trajes de colores carnavalescos, sus lentejuelas, sus pestañas postizas.Un día comenzó a darse cuenta de que el asunto le gustaba de veras; no lo podía creer, pero así era.
Luego vino la primera experiencia, la que decidió el rumbo definitivo de su vida (no recuerda el nombre del mulatito, pero jamás pudo olvidar la atmósfera de aquel momento, ni el miedo), y a partir de allí el cambio total: nuevas parejas, nuevos trabajos como bailarina y artista de cabaret, las hormonas para modelar el cuerpo, los inevitables líos con la policía por su nueva condición (la que se armó cuando quiso volver al país cruzando la frontera vestido de percal, con tacones altos y peluca).
Otra ronda de cafés con leche y croissants le dan pie para contarme de las muchas ganas que tenía de verme, de lo mucho que me echaba de menos (“¿te estás declarando?” le digo, ya menos tenso, y él se ríe con toda la boca), de la cara que pusieron su madre y su hermana cuando lo vieron aparecer así, ¿y el tío?, casi le da un infarto, pero por desgracia no le pasó nada, hierba mala nunca muere. Me dice que los chicos no saben nada, tampoco sus “ex”, porque todavía le da un poco de vergüenza presentarse ante ellos. Me habla de San Pablo, me pide que me vaya con él a pasar unos días (“sin compromiso”, dice, “prometo no meterme contigo, somos amigos de años, faltaría más”); dice que San Pablo es peligroso, pero que con él a mi lado no tengo nada que temer. Dice también que está listo para partir mañana mismo, o pasado, o dentro de una semana, que a él (no me acostumbro a llamarlo “ella”) de da igual un día que otro, pero que le gustaría que lo acompañase.
Mañana... mañana estaré muerto, debería decirle, pero me callo. No me animo a contarle nada sobre mis planes frustrados (suspendidos, mejor) por su aparición repentina. En cambio, le sonrío divertido mientras miro sus piernas envueltas en medias finas. Son las mismas piernas torcidas de jugador de fútbol (el Urso llegó a jugar de titular en un equipo de Segunda) de antes, pero depiladas y algo más gordas (los años y la cerveza brasileña, supongo). Descubro que tiene uñas postizas y me parece que también pestañas (¿o será el rimmel?). No tiene sentido del ridículo.
Ya es casi mediodía, y el Urso se tiene que ir a comer con su madre: ”te invitaría, ya sabés que la gorda te quiere mucho, pero me da no sé qué, llevarte así vestido, la pobre todavía no se acostumbra y mi hermana tampoco, hay que darles un tiempo, ya se les pasará, tal vez la próxima vez que venga podamos juntar a los muchachos y hacer un asadito, ¿no?”
Sí, claro (digo). Y vos bailás la danza de los siete velos sobre la mesa (pienso). Me da otro beso en la mejilla y se va, lo más campante sobre sus tacones de aguja. Camina con bastante gracia a pesar de su cuerpo de mastodonte.
De pronto recuerdo que he pasado toda la noche en vela, que he bebido muchísimo y me doy cuenta de que los ojos se me cierran solos. Me meto en un taxi y me voy directo a casa, a dormir la mona.
Duermo como un tronco. Sueño con Marta, con los chicos, con el Urso varias veces; en un sueño es mi madre, en otro mi esposa, en otro mi hermano, y así.
El despertador suena a las cinco; tengo una cita dentro de una hora, no la he olvidado. Manoteo en el vacío hasta que consigo apagarlo y sigo durmiendo; la impuntualidad es mi peor defecto y mi afición a Morfeo el segundo.
Cuando abro los ojos (dos ranuras, como si fuera japonés) son las once y, claro, debo posponer mi suicidio una vez más. Ahora me enfrento al dilema de decidir en qué podría gastar las diecinueve horas que me quedan de vida. Algo se me ocurrirá.
Desayuno como si fuera la última vez y luego me pongo a dar vueltas por la casa; reviso los cajones, abro los armarios, sobre todo aquellos que hace mucho tiempo que no toco. No busco nada, pero encuentro un montón de cosas, la mayoría inservibles, que había olvidado y quedaron archivadas en rincones oscuros: Cartas viejas, corbatas, relojes oxidados, un picaporte (¿?), recibos de sueldo de cuando trabajaba en el Banco (ocho meses, cuando tenía veinte años, antes de casarme). También hay cosas de Marta, ropa interior, vestidos, frascos de perfume semivacíos, lápices de labios, dos pelucas, hebillas para sujetar el pelo, maquillajes varios, limas de uñas, zapatos. Cuántas porquerías guardan las mujeres y cuánta pasta gastan en ellas.
Me siento como un crío revisando los cajones de los padres. Una de las pelucas de Marta es negra y lacia (ella tiene el pelo rubio ceniza y rizado). Me la pongo y voy a mirarme en el espejo de la cómoda. Parezco un rockero de los “heavy metal” esos, un dinosaurio, que le dicen, uno de Led Zeppelin o Deep Purple.
Esto me divierte. Me desnudo por completo y me meto como puedo en uno de los conjuntos de ropa interior de encaje negro. Marta es un poco más pequeña que yo, así que me aprieta bastante, sobre todo “ahí”. Voy a verme en el espejo grande del ropero; estoy completamente ridículo. Muerto de risa, me agrego un liguero, también de encaje negro, y unas medias a juego con un agujero en el talón.
Estoy patético, pero ahora debo pintarme. Es más difícil de lo que suponía y así me paso más de una hora, metiéndome el lápiz delineador en los ojos, manchándome los dientes con el pintalabios, corrigiendo los manchones de maquillaje en la papada y pintándome un falso lunar en la mejilla derecha. Qué complicado es ser fémina.
Es una valija encontré un vestido de gasa de color champán que me va bastante bien. El forro, de raso, es bastante opaco, de modo que no se transparentan los calzones negros. Los pelos del pecho me asoman un poco por el escote, pero no importa, igual me queda bien. Marta debía estar un poco gordita cuando se lo compró.
Un collar, eso me falta, y unos pendientes. En la cómoda hay un conjunto de perlas falsas, regalo de un cumpleaños o un aniversario, no me acuerdo bien, que combina con el vestido. ¡Un bolso!, me olvidaba, creo haber visto uno pequeñito, de tela. Sí, ahí está. Le meto dentro mi tarjeta de crédito, el poco dinero que tengo, las llaves de casa y los documentos y vuelvo hasta el espejo.
Estoy deslumbrante, parezco una “top model”. Premio al mejor disfraz en el Carnaval de Río de Janeiro. Maravilloso, sí, pero descalzo.
Primer problema insoluble: calzo el cuarenta y tres y Marta el treinta y siete, de manera que ninguno de sus zapatos me sirve. Debo aguzar el ingenio. Lo único que encuentro son mis propias chanclas de baño, que son de toalla.
Son casi las tres de la tarde y el Urso, si no ha cambiado demasiado sus antiguas costumbres, debe estar durmiendo la siesta, así que me propongo arruinársela.
El portero del edificio me mira atónito (me reconoce pero no me saluda), igual que los demás pasajeros del ómnibus. Sentado en el segundo asiento, con las manos recogidas sobre el regazo para sostener el pequeño bolsito de tela, recuerdo que no retiré la carta de mi escritorio ni guardé la pistola y las balas. No importa, la carta va a servir igual. Un anillito en el anular sí que me haría falta.
Unos obreros de la telefónica están cavando una fosa en la calle del Urso; me miran y me silban, me gritan groserías. Me siguen con la vista y yo les meneo un poquito las caderas. Uno de ellos se ríe y otro me insulta y recuerda a casi toda mi familia.
Yo ni les hago caso. No me olvido de que voy en chancletas, de que tengo las piernas peludas (podría haberme depilado, ahora que lo pienso), ni de que tengo un agujero en la media.
Llego por fin a la casa del Urso y tengo que tocar varias veces el timbre para despertarlo. Cuando veo asomarse por la puerta a sus dientes de teclado me olvido de mis planes de morir tangamente, de Marta, de los chicos, del negocio, de la pistola, de la ginebra, de la carta, de la cita de las seis (es demasiado temprano) y de todo lo demás.
Moriré sin duda, tal vez tangamente, pero será otro día.
1º premio concurso internacional de novela "Voces del Chamamé", Oviedo, Asturias (2005) Publicada por Editorial Nostrum, Madrid (2006)
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