Yo te quiero igual. No importa que la misoginia condicione mis gustos tangueros, a partir de vos antepongo un “casi” cada vez que digo que ninguna mina que canta tangos me gusta.
Tampoco importa que te hayas maquillado el nombre, recortando la muzzarella que chorrea del “Lichinchi” original con la tijera de un “Varela” más tanguísticamente correcto, y menos todavía me importa compartirte con algún figurón de la política. Es inevitable y, además, estoy acostumbrado; ya me pasó con Piazzolla y algún conocido “periodista corcho”, con Independiente y algún “ex – presi” (ex – presidente, digo, no ex – presidiario)
¡Lo que son las cosas! Siempre había oído hablar de vos, pero no sabía que cantabas. Para toda mi familia habías sido siempre Adriana, de Avellaneda, la amiga de mi prima Mónica, su compañera de estudios, hasta que una vez te vi. Yo tampoco buscaba a nadie, y te vi.
Claro, eso fue hace un toco de tiempo y, por ese entonces, los tres o cuatro años que nos separan eran un abismo generacional insalvable. No me diste ni cinco de bola.
Era lógico, a tu lado yo era un péndex. Un imberbe, me decía un General, que también me llamó estúpido, me acuerdo, y probablemente tuviera razón, aunque eso no obstó para que, mientras vos charlabas sobre no sé qué con mi prima, yo me dedicase a navegar al garete por el abismo de tus ojos durante los quince o veinte minutos que duró el parloteo con tu amiga. Yo no pintaba nada, pero me importó un comino. Te quise igual.
Pasaron los años, varios, y muchas cosas entre medio. El alma, que debe ser wash & wear, se nos estrujó un montón de veces por distintos motivos y volvió a lucir, impecable y planchadita, otras tantas. La vida, nada más, y tus ojos siempre ahí, en un bolsillo chiquitito del alma, como esas monedas de diez guitas que uno guarda de recuerdo.
Entonces, un día me llamó Judith para decirme: “Poné la tele, el programa de Sofovich “– aclarando, antes de oir el insulto que ya salía de mi boca- “es que va a cantar Adriana Lichinchi, ¿te acordás de la amiga de Mónica?, bueno, ahora se llama Varela y canta tangos, ponela, vas a ver qué bien canta, dale”.
Y te puse.
Y me aguanté un montón de tiempo al “Ruso” para ver tus ojos, nada más, ya te dije que las minas que cantan tango no me gustan. Y, de repente, el alma se me hizo bandoneón y me lloraron las tripas cuando tus ojos tuvieron voz, y tu voz tuvo el perfume del barrio.
No hablo de la peste del Riachuelo, no, me refiero al otro olor, al que está detrás, al que sólo se percibe oliendo fino, como los catadores. Al aroma de los yuyos del terraplén, al de la niebla, al de la caña en los boliches del doque, al del choripán en la cancha. Te quise mucho más.
Luego pasó más tiempo y más vida. Yo seguí navegando al garete y recalé en Barcelona, a diez mil kilómetros de Avellaneda, para escribir tonterías que casi nadie lee y vos, seguro que tampoco. ¡Qué desencuentro!, parece un tango, ¿viste?
Un día cualquiera me metí en una disquería para despuntar el viejo vicio de adolescente, escuchar música sin garpar. Allí, como en los cambalaches, mezclado con los engendros de Julio Iglesias, los de su hijo, los de algún hijo de Palito y los de algún chozno de Leo Dan, encontré un disco del Sexteto Mayor. Invitada: vos.
Me calcé al instante los “orejulares” mientras apretaba los botones como un poseso.
No sé si fue que el día estaba gris, o si fue por la distancia mezclada con saudades. No sé si fue que me agarraron en un día “fulo”, o si fueron tus ojos disfrazados en la voz, pero se me aflojaron las patas, ché. Me quedé calentito y a la espera de sacar al bolsillo del pulmotor a la espera de comprar el C.D.
Pero no me dieron tiempo. Una amiga de un amigo cayó por aquí con un disco tuyo que ofrece veintidós temas, entre ellos una canción sin puñales.
¡Mentira cochina! Son veintidós puñaladas traperas, ¿sabés?, y yo estaba más o menos preparado, pero Tito no. Él no te conocía, porque hace muchos años que falta de allá, pero también sabe de catar olores, porque es de Constitución, el mismo Riachuelo, pero desde la otra orilla, y, aunque nunca vio tus ojos, intuye su hechizo.
A él tampoco le importa nada de nada. Ni el no haberte visto jamás, ni el que vos no sepas que él existe, ni que no leas esto, ni tu apellido, ni compartirte con cualquiera. Ahora él también te quiere, como yo. Casi como yo.
A los dos nos basta con tu voz trayendo la brisa de los paraísos de Sarandí, el gris de los empedrados de Piñeiro, la furia de la sudestada en Quilmes, el calorcito confortable de la ginebra en La Paz, el olor a medialunas del Tren Mixto, el traqueteo del 98 planeando sobre Mitre, el sabor criminal de la pizza con moscato.
¡Qué sé yo, piba! A nosotros nos gustaría cantarte un tango bien debute, pero somos medio perros, ¿sabés? Y bueno, tendrás que conformarte con esta pequeña confesión: “¡Te queremos!”
¡Chau, un beso!
Barcelona, julio de 1998
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martes, 7 de abril de 2009
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