lunes, 27 de abril de 2015

HIJOS

La mayoría de los seres humanos cumplimos el mismo ciclo vital. Sucesivamente somos hijos, padres, abuelos y algunos, los más longevos –o los más precoces-  llegan más allá y el único de estos ciclos que cumplimos todos, inexorablemente, es el  primero. Los otros quedan librados a la voluntad o al azar.
            Todos somos hijos, biológicos, adoptivos, putativos (con perdón) y tenemos la característica común de que no elegimos nacer, ni tampoco a nuestros padres, ni a nuestros hermanos, ni al resto de la familia. Nos ha tocado lo que hay, como en la lotería, y punto.
            Otra cosa que tenemos en común los hijos es que solemos ser muy injustos con nuestros padres. Algunos tenemos suerte y nos tocan progenitores “normales”, mientras otros tienen que padecer a cretinos de distinta laya: puteros (o su equivalente femenino), borrachines, drogadictos, ludópatas, golpeadores, corruptos, ladrones, proxenetas, etc., pero todos nos quejamos de lo que nos ha tocado, porque queremos que nuestros padres sean perfectos, los mejores del mundo y sólo son humanos, con virtudes y defectos.  No nos basta con que nos den cobijo, alimento, educación y cariño, queremos más. Exigimos más.
            Para justificar esas exigencias usamos el argumento de que no pedimos nacer y que nuestros padres tienen la obligación de satisfacer todos nuestros caprichos, ya que fueron ellos quienes quisieron tener hijos. Esas cuatro palabras –cobijo, alimento, educación, cariño- nos parecen una miseria, un simple trámite que ellos deben cumplir porque para eso nos engendraron.
            En realidad, somos obra del azar. Nuestros padres se han limitado a copular calculando aproximadamente la fecha de una posible fertilización y el resto es pura casualidad. Si la fecundación se hubiera concretado un mes antes o después, habría nacido otra persona. Ellos tendrían un hijo, sí, pero no el que tienen ahora y, además, ¿qué es lo que nos lleva a pensar que somos exactamente el hijo/a que ellos deseaban? Entre nosotros también abundan los crápulas y los que intentamos no serlo a veces actuamos como tales.  Encima pretendemos tener inmunidad y nos creemos los dueños de la verdad absoluta.
            Por sistema, olvidamos que las leyes delimitan obligaciones paternas desde hace muy poco tiempo, que éstas tampoco son tantas y que si nuestros progenitores han cumplido con ellas es porque han querido. Siempre ha habido gente que se salta las leyes y ellos también habrían podido hacerlo. Cuando unos padres asumen algo como obligatorio es porque quieren hacerlo, sin más, y no porque algo o alguien se los imponga.
            Los padres suelen avergonzarnos por infinidad de motivos: porque se llevan mal – tanto si siguen juntos como si se separan-, porque ganan menos dinero que otros, porque no pueden llevarnos a la playa más exclusiva, o no nos pueden comprar determinada marca de zapatillas, porque creemos que son catetos, porque son viejos, porque están gordos, porque se meten en negocios o inversiones que no resultan. Da igual, todo es culpa suya.
            Sin embargo, solemos olvidarnos de que, a veces – y no pocas- nosotros también les avergonzamos a ellos. Cuando suspendemos materias y repetimos curso, cuando dejamos de estudiar y no por falta de capacidad, cuando nos volvemos indolentes, cuando somos soberbios y orgullosos con nuestros propios hermanos, cuando pretendemos estirar la adolescencia hasta los treinta, cuando comprueban que no respetamos ciertas normas que nos han intentado inculcar – de tolerancia, de respeto-, pero nada de esto nos importa, porque nos creemos que somos el mejor hijo/a que hubieran podido tener.
            Casi todo lo que hacen es, para nosotros motivo de crítica y muchas veces no les dejamos margen de acierto, por ejemplo: les pedimos libertad para volar, pero les recriminamos que no hayan hecho nada para evitar que nos diéramos un porrazo cuando nos la dieron.
            Así, les vamos apartando de nuestras vidas, como a un traje viejo que ya no vamos a ponernos. A veces, vamos madurando y la vida nos hace entender que sus decisiones no eran tan malas – ahora tenemos hijos, también tenemos que tomarlas y comprobamos que no las hay más adecuadas-, nos vamos olvidando de que alguna vez les dijimos que no les llamábamos porque teníamos que pagar la llamada o alguna burrada por el estilo y queremos decirles que los queremos, que les damos las gracias por ayudarnos a ser lo que somos, por habernos querido, educado, mantenido y protegido, por haber aceptado nuestros defectos.

            Entonces vamos al teléfono y marcamos su número. A veces nos atiende la misma voz familiar, más vieja y cascada que antes, pero siempre la misma. Otras no responde nadie, dejándonos con la incertidumbre de si no lo hace porque simplemente ha salido o porque se nos ha hecho demasiado tarde y al otro lado de la línea ya no hay nadie, o hay alguien tan cansado y golpeado que ya no puede ni quiere responder.                   

martes, 24 de septiembre de 2013

Si una noche de invierno un viajero...



            Hoy compartimos virginidades, estimado Lector (te llamo así porque no sé tu nombre) La tuya, porque estás empezando a leer el primer artículo mío en una revista que inicia su andadura; la de la revista, porque este es su primer número y, finalmente, también la mía, por la misma razón y porque en este momento me encuentro frente a una pantalla de computadora vacía que debería llenar con unas ochocientas palabras.  Tema libre, me han dicho. Puede ser una crónica, un artículo de opinión, lo que quiera, tanta es la confianza que me tienen sus “irresponsables”. Y aquí, en el instante preciso de comenzar la escritura, unas horas antes de que tú empieces a leer y mientras busco inspiración, es cuando se vuelve a cruzar en mi camino la novela que da título a la nota.
            Es un recuerdo recurrente, siempre pienso en Calvino y en su novela cada vez que tengo que escribir algo en un medio nuevo, porque me gustaría poder, como el novelista, hacer el artículo escribiendo sólo el comienzo de una nota diferente cada vez. “Si una noche…” es, en gran parte, eso, una sucesión de primeros capítulos de muchas novelas distintas. Pero  temo que es imposible, en mi caso. Por falta de talento y porque tú, Lector, no entenderías ni jota.
            Tal vez te hayas preguntado por qué el autor y su novela aparecen en mi vida de forma constante.  Quizás porque me gusta toda la obra de Calvino y ésta en concreto me haya impactado de manera especial. Quizás porque, igual que el Lector que la protagoniza, yo también encontré a mi Lectora y ella haya pasado a formar parte de mi vida para siempre, aunque ya no esté conmigo, y con ella también  son mías sus lecturas, el ejemplar de “Si una noche…” que me regalara, el aroma de su jabón de baño, esa película que fuimos a ver “juntos”, el mismo día, a la misma hora, pero en ciudades distintas, o el calor de su cuerpo en mi albornoz azul.
            Ya ves, Lector, he gastado más de un tercio de las palabras disponibles y todavía no sabes de qué va este artículo, ni yo tengo idea sobre qué voy a escribir, a decir verdad. Porque me gustaría atraparte en la lectura, que reincidieras con la revista y con mis artículos en particular, conseguir que esperaras con ansia la aparición de cada número y lo cierto es que no alcanzo a determinar cuál sería el tema más apropiado.
            Podríamos hablar de política, pero ¿y si a ti no te interesa en lo más mínimo? Sería un gasto inútil de energías por ambas partes, en mi caso por escribir en balde y en el tuyo por leer sobre algo que no te importa. Y aún en caso que te importase, ¿qué pasaría si no coincidieran nuestros puntos de vista al respecto?; si tú fueras liberal de derechas y yo comunista de izquierdas (en caso de que exista esta categoría, claro), por poner un ejemplo que sería de igual aplicación a casi cualquier tema: el fútbol, la música, la reproducción sexual del paramecio o la importancia de la jota aragonesa en la China de los Ming.
            Partiendo de esta premisa, escribir un artículo de opinión es poco menos que inviable, así que habrá que considerar otras posibilidades.
            La crónica de sucesos se presenta casi peor.  Los artículos que escribo para Piso Trece carecen de material gráfico y, según dicen, lo que “vende” hoy es la imagen, de modo que a nadie podría deleitar sin exhibir sangre a raudales, cuerpos mutilados o quemados, ejecuciones en directo y delicadezas similares. Además, para eso ya están los noticieros de la tele, los periódicos, etc., a punto tal que ya tengo miedo de mancharme con sangre fresca al encender la radio o abrir la guía de teléfonos.
            Desde hace algunos años observo, con cierto pánico, que mucha gente pasa gran cantidad de horas frente al televisor o leyendo revistas pendiente de las anodinas peripecias vitales de personajes que han adquirido notoriedad de la nada (concursantes de Gran Hermano, esposas de toreros, novias de futbolistas, hijos biológicos, adoptivos o políticos de algún artista famoso, etc.) y me pregunto si no debería hablar de ellos.  El problema es que casi la única particularidad que los distingue es su marcada tendencia a la imbecilidad (¿realmente los distingue?) No sé, me cuesta aceptarlo.
            Dame tiempo, Lector, espera hasta el próximo número. Deja, por favor, que encuentre inspiración en la imagen de mi Lectora y en el recuerdo de sus besos, o en donde quiera que habiten las musas.  Prometo para entonces venir con algo sólido y no robarles  personajes a los escritores con talento. Hasta la próxima.
           
           


miércoles, 18 de septiembre de 2013

VIEJAS VERDES


            El mundo parece haberse vuelto loco, Lector.  Ya casi no hay peligro de grandes guerras entre países desarrollados, pero el pez grande se sigue comiendo al chico, como siempre.
            La diferencia es que antes, cuando un país quería subyugar a otro lo invadía, organizaba una matanza y anexaba los territorios así conquistados a su Imperio.  Fue así hasta hace muy poco, pero ahora se hace lo mismo sin disparar un solo tiro, ya que es la Economía la que se encarga de hacer el trabajo sucio del que antes se ocupaban los soldados.  Sigue habiendo muertos inocentes – “daños colaterales”, los llaman – pero éstos mueren de enfermedades como el SIDA, por sobredosis, abatidos en un tiroteo con la policía por un robo nimio o, simplemente, de hambre.
            La Sra. Merkel y sus secuaces han logrado lo que no consiguió Hitler con todo su despliegue militar: la hegemonía europea bajo el dictamen alemán.  Un trabajo fino, sin duda.  Tan fino que casi nadie parece dispuesto a alzar la voz, con la única excepción de Islandia, aunque esa voz casi no llega a los demás países debido, tal vez, a la distancia que los separa o al frío que hace en la isla de hielo.
            Sin embargo, hay algunos colectivos que parecen – aunque de forma muy embrionaria y escasamente organizada- querer impulsar vientos de cambio, como el Movimiento 15-M y otros.  Y las mujeres, claro.
            Hace ya mucho tiempo que las féminas vienen luchando por mejorar su lugar en la sociedad y, aunque todavía queda mucho por hacer, poco a poco lo van consiguiendo para bien de todos. Es cada vez más frecuente ver a mujeres ocupando sitios de liderazgo en la política, en la economía, etc. y eso es positivo, aunque no siempre los resultados sean los mejores – pienso en Thatcher, en Isabelita Perón, en Merkel -.
            Sin embargo, pese a lo inevitable de su avance, sin prisa y sin pausa, hay cosas en las que parecen ser presa de la desorientación, sobre todo en lo que respecta a su relación con el macho de la especie.  Alguien dirá que son trivialidades, asuntos sin la menor importancia y puede que tengan razón, pero…
            Pondré un ejemplo.  Hace días sostenía una conversación con un grupo de varones, cincuentones y separados, en la que el tema principal eran las mujeres, para no desmentir el tópico de que es lo único que tenemos en la cabeza.
            Mi amigo C. observaba que, de un tiempo a esta parte, notaba mayor interés en su persona por parte de mujeres jóvenes (de 20 a 35 años) que de aquellas de 40 a 55 que, en teoría, constituirían nuestro “mercado natural”, por llamarlo de algún modo, por el solo hecho de compartir generación. ¿Por qué?
            En España es bastante frecuente, desde siempre, ver a mujeres jóvenes del brazo de hombres más maduros, como si hubiera menos prejuicios sociales al respecto, así que no llama demasiado la atención, aunque a ellos se los siga llamando “viejos verdes”.  Sí resulta más extraño el auge de las cuarentonas acompañadas de lo que ellas llaman “yogurines”, es decir, ejemplares masculinos de 20 ó 30 años, la edad de sus hijos.  Ellas no son “viejas verdes”, claro, sino “mujeres en trance de reivindicar sus derechos sociales”.
            ¿Qué motivos llevan a las mujeres a actuar así?  No lo sé a ciencia cierta, pero intuyo algunas razones.  En primer lugar, el lógico principio de reacción: “si ellos pueden andar con jovencitas, nosotras también”. Pero hay más, como la tendencia a ver al hombre como si fuera un bolso, es decir, como mero objeto ornamental que colgarse del brazo para lucir ante las amigas (igual que los implantes de mamas,  las liposucciones y demás etcéteras que no se hacen para gustarle más a los hombres, sino por puro sentido de la competencia y, de paso, en un intento vano de detener el paso del tiempo)
            A veces –escasas – les toca el Gordo y consiguen su “yogurín”, mediante una elevada inversión económica en regalos, cenas, viajes y demás, pero el triunfo suele ser efímero, acabándose cuando se cruza por delante del galán una presa más joven, con las carnes más firmes y más dispuesta a quemar su tiempo en discotecas, pastillas y gimnasios.
            A la madura sólo le queda el vacío existencial. La falta de mimos, de alguien que la escuche y la comprenda, que la acompañe en su camino, que comparta sus gustos e intereses, que se esmere en arrancarle el mejor orgasmo de su vida sin hacer exhibiciones de pirotecnia camera y con el simple recurso de conocer a fondo el cuerpo de la mujer y aplicarse sin reservas sin que sea relevante el uso de la famosa pastillita azul.
            En suma, la misma sensación del cazador que gasta pólvora en chimangos.


            

lunes, 8 de octubre de 2012

TRES MICRORRELATOS


EL FANTASMA
            Don Basilio había sido el único habitante de la casa durante siglos. Mientras vivió, y lo hizo durante noventa años, como propietario de la finca y después de muerto como fantasma, dedicado a hacerles la vida imposible a todos y cada uno de los sucesivos habitantes de la casa.
            Se entretenía cambiándoles las cosas de sitio, arrastrando cadenas durante la noche, haciendo crujir las duelas del piso de madera (hasta que unos propietarios hicieron reformas y levantaron las tablas para poner baldosas, que ya no crujían), abriendo los grifos que los inquilinos cerraban y algunas veces, muy pocas, apareciéndoseles cubierto con una sábana con dos agujeros en donde deberían estar los ojos.
            Esto lo hacía en las contadas ocasiones en que los inquilinos le caían especialmente mal, cuando eran malas personas, ya que él se enteraba de todo lo que se hablaba en la casa y conocía, por así decirlo, la totalidad de los pecados de cada uno., de modo que cuando alguien golpeaba a su mujer o maltrataba a sus hijos, o robaba, o era un asesino, Don Basilio se le aparecía gruñendo a voz en cuello (él creía que los gruñidos añadían un toque teatral al asunto) para interrumpirle el sueño y hacerle huir despavorido, cosa que conseguía siempre, tal era el terror que su imagen infundía en los desprevenidos inquilinos.
            Nicolás era un niño de unos seis o siete años y no es que fuera esencialmente malo, pero era tan travieso que se hacía insoportable para todo el mundo, incluido Don Basilio.  Sin embargo, éste consideraba que aparecerse con su sábana delante del rapaz sería una exageración, así que durante mucho tiempo permaneció en el altillo donde moraba, sin atreverse a vagar por la casa como hacía antes.
            Pero un buen día fue Nicolás el que subió, curioso, hasta el altillo, cuya puerta estaba mal cerrada y sorprendió a Don Basilio enfundado en su sábana.  Lejos de amilanarse, el niño le preguntó “¿y tú quién eres?”  “Soy un fantasma, ¿no lo ves?” dijo Don Basilio un poco mosqueado.
            El niño lo miró de arriba abajo, lanzó una carcajada y dándose la vuelta para volver a la planta baja le espetó: “tonto, los fantasmas no existen”.
            La sábana que cubría al fantasma de Don Basilio cayó al suelo inmediatamente después de que el niño se marchara y no ha vuelto a moverse de allí desde entonces. Nicolás ya tiene veinte años y nadie ha vuelto a saber nada del fantasma.

EL OJO
            A Jorge le gustaba con locura leer.  Desde que aprendió a hacerlo, a los cuatro años, había sido un lector incansable de cuanto material caía en sus manos. Su mala salud crónica y los largos períodos de cama que tuvo que guardar a lo largo de los años favorecieron esa costumbre.
            Tal vez, si hubiera podido moverse de otra forma,  se habría aficionado a los deportes, como la mayoría, pero a él sólo le interesaba leer.
            Con el paso de los años fue perdiendo partes del cuerpo, por las enfermedades que lo aquejaban.  Primero tuvieron que cortarle un pié, más tarde el otro, luego la vesícula y el bazo, después el resto de las piernas, también el ojo derecho y la oreja izquierda.
            Estuvo estable un par de años, pero luego volvieron las amputaciones y ablaciones: Las manos y los brazos, el apéndice y los genitales, la otra oreja y la nariz,  y así sucesivamente.
            En realidad, además de mala salud, Jorge tenía mala suerte, porque algunas de las causas fueron accidentes de todo tipo: domésticos, de tráfico, etc.  El caso es que entre una cosa y otra, antes de cumplir los cuarenta años, Jorge quedó reducido solamente  a un ojo izquierdo.  Otro, en su lugar, se hubiera sentido desesperado, pero él estaba tan acostumbrado a la inactividad, que ya no se molestaba demasiado. Además, podía hacer lo que más le gustaba en el mundo: leer, y las enfermedades cada vez tenían menos motivos para cebarse en su persona, ante la falta de órganos y partes del cuerpo y en estas condiciones pasó bastante tiempo, hasta aquel día en que sopló tanto viento y le entró una basurita en el ojo..  Tenía mala suerte, evidentemente.

GARIBALDI
         La abuela de Felipe tenía como mil años. Nunca supe su edad exacta, pero sin duda era muy mayor.  Era una ancianita pequeña y frágil, con la cara llena de arrugas y una expresión dulce y serena y con una sonrisa siempre a flor de labios.
            Supongo que la inminencia de su propia muerte y la evidencia de la decrepitud no debían ser motivo suficiente para tanta sonriente serenidad, pero posiblemente la explicación al fenómeno se debiera a que la buena mujer hacía años que sufría de demencia senil y no se enteraba ni pizca de lo que sucedía a su alrededor.                                                                        .           Simplemente, vegetaba en un sofá, mirando la tele con una media sonrisa en los labios que se hacía más grande cada vez que miraba la foto de Garibaldi que había en un portarretratos sobre la mesita, al lado del sofá en la que pasaba el día sentada sin molestar a nadie.
            La buena mujer era italiana y desde muy joven había tenido una admiración rayana en la idolatría por el prócer italiano y, al parecer, su recuerdo era el único que había conseguido sobrevivir a la demencia senil, ya que la pobre señora no reconocía a nadie de su entorno ni el sitio donde estaba. Si saliera sola a la calle, evidentemente, se perdería sin remedio.
            Para la familia de Felipe, el único problema que significaba el estado de su abuela, más allá de os cuidados que deben darse a cualquier persona mayor, se limitaba a vigilar que no saliera de la casa subrepticiamente y a reconducirla hacia su cama cada vez que se levantaba por las noches, creyendo que ya era de día y tenía que preparar el desayuno para todos.
            Otra cosa eran los sustos que les daba la buena mujer, inofensivos pero molestos, porque muchas madrugadas, la pobre anciana se despertaba dando gritos a voz en cuello de: ¡Garibaldi!, ¡Garibaldi!
            Tal vez, en algún momento de su ya muy lejana juventud, la mujer habría visto pasar por su pueblo al prócer y a sus huestes, o simplemente creía verlo en sueños. No había manera de saberlo.
            Un día, ocurrió lo impensado.  En un momento de distracción de la familia la anciana se levantó del sillón y, al parecer, consiguió ganar la calle y desaparecer.
            Alertados, Felipe, sus hermanos y sus padres la buscaron por todas partes, pusieron retratos suyos en los postes de luz ofreciendo recompensa por su aparición, recurrieron a la policía, llamaron a todos los hospitales y asilos, pero todo fue en vano.
            Al día siguiente, en el retrato que estaba en la mesita junto al sofá, la abuela de Felipe sonreía encantada del brazo de su héroe.




lunes, 12 de marzo de 2012

LA FELICIDÁ, JA, JA,JA,JA...

Una de las cosas que me asombran de las redes sociales como Facebook es la velocidad con que la gente intercambia información de distinto tipo, así como la cantidad y diversidad de dicha información, hasta tal punto que quienes tenemos, por diferentes razones, agregadas como amigos a muchas personas (en mi caso supero las trescientas, pero hay quien tiene varios miles) nos encontramos con serias dificultades a la hora de incorporar y digerir toda la información que proviene de nuestros amigos, reales y virtuales.

Quiero decir que a veces leemos una frase, o una cita famosa sin detenernos mucho en ella y aplaudimos o denostamos a quien la subió a nuestro muro, al suyo o al do otro amigo común, según nos haya gustado o no su significado. Sin embargo, pocas veces leemos el comentario con tiempo suficiente como para darnos cuenta de que muchas veces el texto admite una lectura diferente de la que hacemos “prima facie”.

Pongo un ejemplo. Hace unos días, mi amiga Mónica publicaba en el muro de su hermana Patricia una frase sobreimpresa en una foto de Cantinflas (¿su autor?) que decía algo así como que “tu primera obligación es ser feliz, y la segunda es hacer felices a los demás; lo segundo ya lo has logrado”.

Cualquier persona en su sano juicio puede inferir que la intención de Mónica era expresar a Patricia la felicidad que le provoca tenerla como hermana (equivalente a la que a mí me provoca que sean mis amigas estas dos mujeres inteligentes y hermosas) y también exhortarla a ser feliz de una buena vez., pero un ligero cambio en el punto de vista de Patricia, quizá más fatalista, generó un pequeño intercambio de opiniones entre ambas, en el que un servidor intervino haciendo un chiste tonto.

Increíblemente, mi absurda intervención generó por ambas partes el pedido de que intercediera a favor de una o de otra, cosa que no me hubiera sorprendido si no me conocieran desde hace muchísimos años y no supieran que de mi mente enfebrecida es imposible obtener un razonamiento lógico y coherente. El caso es que ningún hombre, demente (como yo) o en su sano juicio podría negarse al pedido de semejantes féminas, así que acepté intervenir.

La primera bobada que se me ocurrió fue decir que yo no quiero tener la obligación de ser feliz, porque la vida ya se encarga de ponernos el listón muy alto, porque ser feliz implica una tarea titánica, de resultado poco menos que imposible como para que, encima, resulte ser una obligación. Quiero decir que con respecto a la consecución de la felicidad, que obtenemos, en el mejor de los casos, en pequeñas grageas, el umbral de tolerancia a la frustración suele ser muy bajo y que si, además, le damos categoría de obligación, ese umbral disminuirá todavía más, lo que nos haría vivir en un estado de frustración casi perenne.

Por otra parte, la vida no reparte de forma equitativa los medios para ser felices. Hay un dicho que expresa que el dinero no da la felicidad, pero que la compra hecha.. Tal vez no sea exactamente así, porque “los ricos también lloran”, pero es indudable que Bill Gates, por poner un ejemplo, tiene muchas más posibilidades económicas que yo de adquirir un mayor porcentaje de aquellas “grageas de la felicidad” de las que hablábamos antes. Me parece, por tanto, que hay un agravio comparativo al hacerme participar contra mi voluntad en una carrera tan desventajosa. La fábula de la tortuga y la liebre es simplemente eso, una fábula, pura ficción.

En cuanto a lo de hacer felices a los demás, me parece una exageración muy peligrosa. No es que niegue el derecho a la felicidad ajena, pero creo que habría que acotarlo. Personalmente, prefiero negarme a facilitar motivos para ser feliz a un pederasta, a un dictador o a un psicópata, diciéndole a este último “estrangúleme y sea feliz”, o al primero “llévese a mi niño detrás de aquel matorral y haga lo que usted sabe con toda confianza, su felicidad es lo primero”.

Otras veces, aunque queramos que la otra persona sea feliz, no podemos lograrlo. Hay trastornos de la personalidad, como la psicosis maníaco depresiva, que alteran las percepciones de quienes la padecen, haciendo que los motivos de felicidad que podamos darles les parezcan exactamente lo contrario, lo que transforma en completamente inútil todo nuestro trabajo en ese sentido.

También hay que decir que el mundo está lleno de pesimistas, egoístas y amargados que se niegan a sí mismos, sistemáticamente y sin motivo aparente, el derecho a disfrutar de unos mínimos retazos de felicidad, así como el permitir que otros lo sean.. ¿Por qué tendría yo que mover un dedo para facilitarles el goce a estos sujetos de tal calaña?

Cuesta reconocerlo, pero hay gente que nos odia. No viene al caso si tienen o no motivos para hacerlo, pero de todas formas nos convierten en objeto de su aversión. ¿Qué hacer frente a ellos? Tal vez cantarles con una sonrisa en los labios aquello de “ódiame por favor, yo te lo pido, ódiame sin medida ni clemencia” o quemarnos a lo bonzo frente a su balcón luego de pedirles que no dejen de filmar la escena para llevarla a la tele y ganarse un dinero extra, además de tener un recuerdo para toda la vida de un instante delicioso.

Y luego están los pequeños detalles, los asuntos cotidianos, que a veces nos ponen en disyuntivas muy difíciles de resolver. Si tengo una vecina beata que es fanática del canto gregoriano y me pone todos los días a los Monjes de Silos a todo volumen coincidiendo con las horas en que los curas rezan sus oraciones en el convento (maitines, laudes, etc.), ¿qué debo hacer para que sea más feliz?, ¿debo acompañarla en sus plegarias como si fuera un franciscano y renunciar a dormir durante más de dos horas seguidas, o será mejor tomar las medidas para hacer que la venerable santona escuche los cánticos en directo (que no en vivo) en la voz de un coro de ángeles y sentada a la diestra del Señor?

¿Cómo hacer feliz al chihuahua de mi vecina, que todos los días deja sus deposiciones encima de mi felpudo?, ¿comprando para él un felpudo nuevo cada día y poniéndole para que coma albóndigas con laxante o prestándole mi rifle calibre 22 a ese otro vecino, víctima como yo del mismo simpático chucho y que dice cada vez que me cruza que nada lo haría más feliz que meterles cuatro tiros al perro diarreico y a su dueña?

En fin, que paso de obligaciones en ese sentido y que cada uno sea libre de hacer de su culo un jardín, mientras no estorbe a los demás. De momento, me conformaré con hacer felices a los lectores dejando de escribir, no sin antes exhortarles a que, si les ha gustado este disparate y han sido felices con él por un momento, lo compartan con sus amigos en los muros de sus redes sociales, para que ellos también disfruten de su misma felicidad y a que si, por el contrario, no les ha gustado, lo compartan con sus enemigos, ya que de este modo podrán resarcirse mínimamente al ver cómo esos odiados rivales se retuercen de asco. De paso, me darán la alegría de proporcionar nuevos lectores a este blog infame y desatendido, cumpliendo plenamente con la máxima de Cantinflas. Muchas gracias.

domingo, 7 de agosto de 2011

LOS INDIGNADOS DEL 15-M Y LA CAMISETA DEL SPORTING

Hace unos días, un amigo muy querido ponía en su muro de Facebook una frase en la que decía que todo lo relacionado con el movimiento 15-M le parecía una payasada. A continuación, la mayoría de sus amigos suscribía este pensamiento, con excepción de uno, que fue tratado de payaso por otro de los participantes del foro.

Las conclusiones, más o menos, eran que los acampantes en las distintas plazas no eran más que un grupo de descerebrados, que no tenían ninguna propuesta concreta y que utilizaban las plazas para sus picnics en vez de acudir a un área recreativa.

No sé si todos hablaban en serio o sólo era una broma para iniciados que yo no entendí (hace poco sufrí un equívoco similar cuando, en el muro de una amiga, escribí un comentario machista que fue interpretado como serio, y criticado con razón, por otro de los participantes del pequeño foro que se había creado, el prestigioso escritor Lázaro Covadlo, cuya amistad, luego de aclarado el equívoco, me honra) y también me gustaría aclarar que creo que cada uno tiene derecho a pensar lo que le dé la gana y a manifestarlo, pero cuidando las formas, porque, si el comentario fuese cierto, y partiendo de la base de que “payasada” es lo que hacen los payasos, mi amigo estaría llamando de esa forma a cientos de miles, o tal vez millones, de personas que simpatizan con ese movimiento, incluyéndome.

En mi caso, el movimiento 15-M, más que simpatía, lo que inspira es respeto. Porque eso es lo que produce una persona que pudiendo estar cómodamente sentada en el sofá de su casa o frente a la barra de un bar, comiendo hasta reventar y bebiendo hasta perder el sentido mientras mira el enésimo “partido del siglo” entre el Barça y el Madrid, elige presentarse en una plaza (Sol, Catalunya, etc) para decir que no está conforme con lo que le dan aquellos que dicen representarlo y que juraron desempeñar su cargo honradamente. Con riesgo cierto, además, de que en cualquier momento le revienten la cabeza a porrazos por no vivir aborregado.

Para peor, luego de que le rompan la cabeza, y en caso de haber conseguido alguna de sus reivindicaciones, tendrá que pasar el mal trago de ver cómo aquel que se quedó en casita o en el bar mientras llovían hostias, se aprovecha de los beneficios conseguidos por los que dieron la cara, en lugar de renunciar a ellos, como éticamente deberían por no haber hecho nada para obtenerlos, además de haber llamado payaso al que sí lo hizo.

Creo que hasta cierto punto es cierto que el movimiento no tiene demasiadas propuestas, pero ¿realmente debería tenerlas? Creo que no, ya se les paga para eso , y muy bien, a los políticos con el dinero de todos. El principal problema radica en la democracia, para ser más exactos, en ESTA democracia que tenemos, que no es tal, porque democracia es aquel sistema político en donde el gobierno lo ejerce el propio pueblo por medio de sus representantes.

Aquí no ocurre nada de eso. Los supuestos “representantes”, más que gobernar. obedecen a poderes económicos, religiosos, etc., que propugnan cosas muy diferentes de lo que el pueblo quiere. Si se hiciera una encuesta, veríamos que porcentaje del pueblo quiere contratos basura, reducciones salariales, recortes en sanidad y educación, salarios estratosféricos para directivos de empresas y políticos, jubilaciones de privilegio, gastos militares para ir a tirar tiros en países donde no se nos ha perdido nada, subvenciones a entidades religiosas. ¿Hace falta que siga?

Doy por descontado que el problema es muy serio y que no alcanza con expresiones voluntaristas para resolverlo, pero por algo se debe empezar y ese algo es tomar conciencia. La gente del 15-M ayuda, a su modo y no siempre con éxito, a ello y sólo por eso se merece todo mi respeto.

Curiosamente, mi amigo antes mencionado y varios de sus cofrades habían participado apoyando otra campaña para conseguir, en este caso, que la directiva del Sporting de Gijón retirara una nueva camiseta que les parecía horrible y poco representativa de los colores y la historia del club. Debo aclarar que a mí también me parecía horrorosa y que estaba de acuerdo con ellos.

A lo que voy es que en ese momento ellos protestaron (legítimamente), pero tampoco presentaron ninguna propuesta de camiseta alternativa. Y la pregunta que me surge es: ¿por qué ellos no lo hicieron y exigen al 15-M que lo haga? Porque, ¿qué más da que se trate de una camiseta o de medidas de gobierno? Lo que hay que ser es coherente.

El caso es que los hinchas del Sporting finalmente consiguieron que el club retirara la famosa camiseta , remplazándola por otra y nuestros amigos no han hecho más que demostrar, salvando las distancias y aún en su incoherencia, cuál es el camino correcto. Muchas gracias.

lunes, 27 de junio de 2011

PODRÍA OCURRIRTE A TI (Humor 2)

Hasta cierto punto es verdad que la gente colapsa por tonterías los servicios de urgencias de hospitales y ambulatorios. Lo sé porque lo he vivido, ya que por mis achaques he tenido que pasar por urgencias varias veces en los últimos años y he visto allí gente que va a tratarse de, por ejemplo, una faringitis o un resfriado común.

También he comprobado que mucha gente va a la consulta médica a hacer sociales, sobre todo las mujeres de cierta edad. Ellas, en vez de ir al bar como hacen sus maridos, optan por la sala de espera para contarse sus cuitas.

Hace un par de años, una lesión que tardaba en sanar me obligó a ir a que me curasen casi todos los días durante algunos meses. Durante todos los días, la asistencia era de una cierta cantidad de personas al día, hasta que de repente, esa asistencia se redujo al 10% y se mantuvo así durante un par de semanas. Extrañado, le pregunté a la administrativa qué sucedía para que la sala de espera estuviera tan desierta y ella me respondió que la médico titular estaba de vacaciones y habían enviado a un reemplazante, para más datos hombre, extranjero (creo que era panameño) y de ascendencia japonesa. Por lo tanto, la mayoría de las mujeres del pueblo había suspendido sus achaques hasta que regresara la titular.

Aprovechando esta circunstancia, así como la tan cacareada necesidad de recortes presupuestarios, siempre en sanidad y cultura, qué curioso, nunca en gastos militares ni en sueldos superfluos de asesores variados, coches oficiales, dietas, gastos de representación y otras cosas tan necesarias, es que entran en escena los políticos.

En este caso, para proponer medidas que ahuyenten a los pacientes de los centros hospitalarios y, de ser posible, que los orienten hacia los centros privados que, casualmente, les pertenecen a ellos o a alguno de sus amigos y auspiciantes. El tránsito, eso sí, ha de ser disimulado, debe verse como una cosa natural, que cae de madura.

Una de esas medidas, lo sé de buena fuente, es incrementar hasta el exceso el uso de ciertas prácticas de diagnóstico que puedan resultar incómodas. A día de hoy la estrella que más alumbra es el tacto rectal.

Así, ya no se usa, como antes, para detectar problemas de próstata, sino para casi cualquier cosa. ¿Que vas porque estás estreñido desde hace tres días? Pues tacto rectal. ¿Qué te duelen los oídos? Pues tacto rectal. ¿Qué estás embarazada? Pues ya lo sabes, ponte mirando p’allá y cierra los ojos. Y en cualquier caso fíate de que sea un dedo…

En algunos países con gobiernos de derechas, que son los más radicales en la aplicación de estas medidas, sobre todo porque ellos no usan la sanidad pública, están contratando mediante anuncios de trabajo muy disimulados, a personas con acromegalia o gigantismo, con las manos muy grandes y los dedos muy gruesos, con una leyenda que pide “se valorará a personas capaces de tocar las castañuelas con tapas de inodoro”. El puesto de trabajo es el que todos nos estamos imaginando, claro.

Pienso en la pobre tía Eufrasia, que siempre fue tan beata y para quien el sexo era justificable nada más que por necesidades reproductivas y que siempre mantuvo a raya en ese sentido al bueno de tío Ildefonso. Ni hablar de los escándalos que le montaba cuando el paisano alegaba mala puntería o problemas de miopía para justificar sus intentos de incursionar en la “zona oscura”. Pues la pobre mujer, a sus ochenta y pico de años, fue al médico por un cólico nefrítico y volvió con los ojos haciéndole chiribitas al grito de “¡prefiero morirme de sífilis a volver a pisar ese antro de sodomitas!”

Las malas lenguas dicen también que un candidato presidencial pensó para sí: “eshto esh fácil, tanto que hashta puedo hasherlo yo”, dirigiendo su dedo a las posaderas de una también candidata a Presidenta de Comunidad, pero que ésta ya estaba prevenida por haber sufrido antes los embates de un candidato a alcalde y que por eso llevaba un refuerzo metálico al estilo de los antiguos cinturones de castidad. El caso es que el candidato presidencial acabó con el dedo roto y su partido montando un paripé, simulando la caída de un helicóptero para justificar la fractura y, de paso, obtener más presencia en los medios que sus opositores.

Otra tía mía tuvo también una experiencia similar. Tenía cistitis. Yo la acompañé y puede ver cómo el médico hablaba con ella y le pedía que tomara posición en la camilla. Ella empezó a gritar, enojada, “pero si lo mío es que me meo” y el médico respondió, con una sonrisa mefistofélica mientras se untaba con lubricante un dedo como una berenjena: “hasta ahora te meabas, ahora te vas a cagar”

Pero hasta ahora sólo hemos hablado de mujeres. Hay que ver las caras de los hombres al salir de la consulta. Los hay que salen llorando a moco tendido, algunos salen apretando las nalgas como si se les fuera a caer algo y todos salen cabizbajos, como sin poder aguantar la mirada de los que están en la sala de espera.

Mi amigo Jorge es muy enamoradizo, a tal punto que un día decidió cortejar a su médico de cabecera, una mujer joven y muy hermosa, según sus palabras, y no tardó en confesarme que iría a por ella en cuanto tuviera ocasión. Un día, después de encontrarnos por casualidad en el bar, lo acompañé a la consulta. Salió llorando desconsolado. “Vamos, no es para tanto, le dije, muchas personas han pasado por eso”. “Sí, respondió, pero la seducción se basa en el misterio y a ver qué misterio puedo presentarle a una mujer que me ha hecho esto? Creo que voy a suicidarme”. Y se marchó rumbo al supermercado, en donde hay una cajera nueva que le gusta y para la que todo él es un misterio por resolver.

Sin embargo, no todo son llantos. Hay señores que salen de la visita con una sonrisa de oreja a oreja, con su mejor cara de satisfacción y comentando lo bien que le queda la bata verde al Dr. González. Y señoras que también, pero ellas disimulan más, ya se sabe que las mujeres fingen, a veces.

Dicen también que cierto alcalde recién elegido tiene pensado crear una cuadrilla que recorra los templos a donde van a orar los fieles de cierta religión (todos extranjeros) para aprovechar que lo hacen adoptando una postura de lo más conveniente, pero me temo que las consecuencias podrían ser catastróficas. ¿Se imaginan una intifada en represalia?

En fin, que esto es lo que hay. Mejor será que recapacitemos, porque si no tendremos que irnos todos a la medicina privada, en donde nos van a meter el dedo en el culo igual, pero nos habrán hecho pagar la vaselina por adelantado. ¡Y a precio de oro!

jueves, 16 de junio de 2011

CARA Y CRUZ (Artículo periodístico 8)

Leí en alguna parte, hace poco, que la estructura de ADN del género humano sólo se diferencia del de las ratas en un cromosoma.. Esa, apenas un cromosoma minúsculo, es la diferencia que nos hace distintos a los seres humanos de esos repugnantes y asquerosos roedores que nadie quiere tener en su casa y a los que a menudo se les tiene pánico, además de repulsión.

Admito que no soy la excepción. Hasta el ratón Mickey me cae fatal, no me gustan las cobayas, ni los hamsters ni ningún bichejo que se les parezca, porque todos me asemejan ratas como las que vemos en el puerto o en los andenes del metro o de las estaciones de tren. Sin embargo, también debo admitir que soy casi como ellas, según dicen los científicos, mal que me pese, porque confieso que preferiría compartir ADN con un gato doméstico, con un caballo o con una gallina de Guinea antes que con una rata, un bicho que vive entre las basuras, entre lo podrido, transmitiendo enfermedades por doquier. ¡Qué horror! Por suerte, nosotros somos distintos… ¿o no?

Don de Lillo, en su novela “Submundo”, habla de los experimentos nucleares realizados durante la “guerra fría” tanto por rusos como por norteamericanos utilizando, no ya a sus enemigos sino a sus propios compatriotas. Esto no es un invento de de Lillo, se ha comprobado, pero hay más ejemplos. En Ruanda, hutus y tutsis se masacraron mutuamente sin contemplaciones para determinar algo tan importante como quién es el más negro de los dos. En los Balcanes, no hace mucho, serbios. bosnios, croatas y montenegrinos, entre otros, se mataban y violaban por motivos similares. En Hiroshima y Nagasaki algún ser humano (no una rata) soltó sendas bombas atómicas con los resultados conocidos. En Sabra y Chatila más de lo mismo y pueden encontarse más raciones de la misma sopa allá donde vayamos, obteniendo la misma conclusión: el hombre es el lobo del hombre.

Las ratas no hacen esto, ni ningún otro animal. ¿Tan defectuoso es el cromosoma que nos diferencia, que puede contener todo este horror?, ¿tan mal nos funciona que le damos el Premio Nobel de la Paz a un genocida de vietnamitas y a otro que mandó a un grupo comando para que asesinase a sangre fría a su enemigo mientras él y otras personas asistían a la ejecución por la tele, en medio del aplauso y el beneplácito de casi todo el mundo no árabe?

¿Tan chapucero puede ser ese Dios que, dicen, nos ha creado a su imagen y semejanza? ¿Tan achicharrado tenemos el bendito cromosoma que nos hace distintos de las ratas, que le damos el gobierno de nuestros países a personajes capaces de cometer semejantes desmanes? ¿O será que, en el fondo, somos como ellos?

A juzgar por lo que nos muestran en directo los medios de comunicación, con su carga de sangre, vísceras, quemaduras, ejecuciones y demás lindezas que cometemos o, por lo menos, permitimos cometer, somos peores que las ratas. Peores que el monstruo más repulsivo que haya concebido la mente de H. P. Lovecraft. Somos una mierda.

Y sin embargo, hay seres humanos cuya conducta parece sugerir todo lo contrario.

Brahí es un niño saharaui que vive con su familia en una jaima en medio del desierto de Argelia, lejos de su patria, en calidad de refugiado político. Allí lo llevaron los cromosomas defectuosos de personajes como el rey de Marruecos, el de España (por dejación) y varios miembros de lo que se da en llamar “la comunidad internacional”. Su familia apenas tiene para vivir, su padre está trabajando sin papeles en algún país europeo y Brahí y su hermanos deben caminar largos trechos sobre la arena ardiente para conseguir agua potable.

Dentro de unos días, Brahí llegará a España, como los últimos tres o cuatro años, con sus piernitas raquíticas y su sonrisa luminosa, como parte de un programa de intercambio con familias asturianas de acogida. Allí pasará los próximos dos meses, en casa de Manolo, Quintina y María, que tienen sus cromosomas en buen estado y se desviven por atender a ese niño que es como un sol en sus vidas (y en la de cualquiera que tenga la suerte de conocerlo, como yo)

En estos días, Brahí vivirá en un pequeño paraíso, tan distinto de su medio habitual, y verá cómo sería el mundo si el género humano no tuviera el cromosoma frito y él no tuviera que pagar porque algunos lo tengan.

¿Y luego? Nada, lo de siempre. El desierto, la miseria, la falta de agua, las caminatas, el hambre. Porque mandan, aquí y allá, los que tienen el cromosoma frito, porque los Manolos, Quintinas y Marías poco pueden hacer para cambiar el estado de cosas, más allá de enseñarle a un niño que hay otra vida posible, que la educación tiene valor todavía, que alguien debe hacer algo para que su gente viva en condiciones dignas, que el enemigo no es el vecino, sino el del cromosoma deteriorado, que si no le damos valor al cromosoma sano que algunos conservan, esto no saldrá adelante.

Tal vez no sea suficiente, visto lo visto, pero al menos hay que intentarlo. Manolo y compañía nos marcan la senda y en ese camino hasta el ratón Mickey parece caerme más simpático.

miércoles, 16 de marzo de 2011

El Tabernáculo (7ª parte) "La mujer de tu vida (III)"

El uruguayo Abel hace muchísimos años que vive en España, pero no ha perdido nada de su acento, de su deje montevideano.

Es un buen conversador, y las tardes que pasa conmigo junto a la barra son indudablemente más cortas y entretenidas. Hoy puede hablar de jazz, mañana de cine, al día siguiente de teatro y al otro de filosofía, siempre con la misma autoridad y arreglándoselas siempre, no sé cómo, para que la charla resulte entretenida.

A veces, también, hablamos de féminas. Después de la conversación acerca de las mujeres de nuestras vidas que sostuve con aquellos cuatro parroquianos, quedé con hambre de más y por eso me decidí a interrogar a Abel en cuanto lo tuve a tiro, sabedor de que el hombre, que vive solo y ya ha superado largamente el medio siglo de vida, tiene una vasta experiencia en conocer mujeres a través de internet.

Yo me paso el día metido en el bar y no me sobra mucho tiempo para dedicarme a esos menesteres, pero confieso que siempre me ha intrigado saber cómo harán otros como Abel, pues sé que a algunos les da buen resultado. Confieso que, aparte la falta de tiempo, yo soy un poco antiguo. Soy más de presentación tradicional por intermedio de algún amigo o conocido común, de salir a tomar algo, de ir a bailar o al cine, de conversación cara a cara y mirándose a los ojos, pero parece ser que los nuevos tiempos y las nuevas tecnologías han dado lugar a nuevas formas de relacionarse y no me parece mal. Supongo que sólo será cuestión de adaptarse un poco.

La figura larguirucha de Abel entra en el Tabernáculo después de haber apagado, como todos los días, la colilla del cigarrillo que venía fumando en la suela del zapato y haberse deshecho de ella en la papelera que hay delante del bar. Es un fumador empedernido, pero no volverá a encender otro cigarrillo hasta que se vaya, así hayan pasado cuatro horas, y no porque se lo exija la nueva ley antitabaco. Lo hace desde siempre, por un extraño y poco frecuente sentido del civismo.

Yo fumo para mi, porque me gusta, dice. Pero eso no implica que tenga derecho a sentarme en el bar y llenarle de humo la cara al que tengo a mi lado. Si en el cine o el teatro no se fuma y si tampoco podemos fumar en un avión, no veo por qué aquí tenga que ser distinto. Los derechos de uno terminan donde empiezan los de los demás, decía mi padre, y yo respeto el derecho que tiene la señora que está en el asiento de al lado de respirar aire puro. Ya sé que la señora igual va a respirar aire viciado, porque esto sólo lo hago yo y al resto de la gente se la trae al pairo, pero yo soy así.

Una vez que se ha acomodado y ha hecho su pedido, empezamos la charla con las generalidades acostumbradas: el tiempo, algo de fútbol, alguna catástrofe climática, hasta que me decido a preguntarle por Elsa, su última conquista cibernética, una mujer de Extremadura, separada y con dos hijos ya grandes. La última vez que nos vimos, Abel estaba viendo si podía organizar un viaje hasta Cáceres para conocerla en persona. Al parecer, había buenos indicios de que la cosa podría funcionar entre ellos, ya que se habían visto por la cámara web y llevaban varios meses de conversaciones, tanto en el chat como por teléfono. Abel hablaba siempre muy bien de Elsa y la verdad es que parecía entusiasmado.

Se acabó, pibe… me dijo, agregando al ver mi cara de sorpresa: algún día tenía que pasar, pero fue lindo mientras duró.

¿Pero por qué, pregunté, si todo parecía ir tan bien hace unos días?

¿Quién sabe?, respondió él con gesto desganado. Esto es así, hoy conoces a una mujer que te gusta y, al parecer, tú le gustas a ella y durante un tiempo la relación parece ir sobre rieles, hasta que un día, sin ningún motivo aparente, la cosa empieza a enfriarse y de repente te encuentras con que se acabó todo, que te has vuelto a quedar solo y hay que volver a empezar. Otra vez al portal de contactos o a la red social a ver qué se pesca. ¿Los motivos? Generalmente no llegas a saberlos. Tal vez (lo más probable) es que haya aparecido otro en liza, un hombre real, concreto, de carne y hueso, que puede abrazarla, acariciarla y besarla de verdad y no sólo de manera virtual. Tal vez, simplemente, se haya aburrido de ti y no se anime a decírtelo a la cara, o sienta pánico ante la posibilidad de que la veas tal cual es, o quién sabe… la donna é móbile, muchacho. Además, en la red no todo es lo que parece; es muy fácil inventarse un perfil, asumir una personalidad distinta de la tuya y se puede vivir en la mentira mientras no haya contacto real. Yo tengo una amiga que tenía cinco identidades distintas, cada una con una personalidad diferente y se comportaba de acuerdo a cada una con los hombres que conocía. A veces, el mismo tipo creía estar tratando con tres o cuatro mujeres distintas y siempre era la misma. Yo no puedo hacerlo, me parece esquizofrénico, pero hay de todo.

Tiene que ser muy frustrante que te hagan ilusionarte para de pronto desaparecer sin más, ¿no?, dije.

Claro que sí, pero el que esté libre de pecado que arroje la primera piedra. Yo también he hecho algo así, verás. Al poco tiempo de separarme de la madre de mis hijos, una amiga uruguaya que vive aquí celebró su cumpleaños en su casa y me invitó junto con otras personas. El caso es que mi amiga hizo fotos de la reunión y las envió a sus amigos y parientes de Uruguay, en donde una de sus amigas, al ver mi foto dijo: “quiero conocer a ese tipo”. Mi amiga, entonces, me pidió autorización para darle mi correo electrónico y a partir de allí iniciamos una relación muy intensa y muy bonita. Chateábamos todos los días durante horas y hablábamos con frecuencia por teléfono y así estuvimos durante varios meses, hasta que el diablo metió la cola, como se dice en mi tierra.

Lo que te decía antes, conocí a una mujer real, cercana, tangible, y me enamoré como un caballo. Flechazo instantáneo.

Ella tampoco era de aquí, pero estaba a mucho menos de los diez mil kilómetros que me separaban de la uruguaya, sólo a poco más de setecientos, de forma que durante unos meses estuvimos viajando para vernos hasta que decidí coger mis bártulos e irme a vivir a su pueblo, para tenerla cerca.

Para Ángela, la uruguaya, desaparecí sin dejar rastros, sin una explicación, ni una despedida. Nada, sólo mi actitud canallesca, mis malos modos, mi ingratitud, porque ella no se merecía ese trato, pero las personas, a veces, somos así de cobardes.

Durante mucho tiempo busqué razones que justificaran mi conducta, como el que cada uno tuviera su vida resuelta en su país (hijos, familia, trabajo) y, realmente, no hubiera casi posibilidades de que alguno de los dos diera el salto y se radicara en el lugar del otro. Eso podrían hacerlo, quizás, personas más jóvenes, pero a nosotros ya se nos había pasado el arroz.. En cualquier caso, ninguna justificación me pareció suficiente. Me sentía y me siento un canalla, incluso luego de lo que pasó después.

Tres años más tarde regresé de aquel pueblo con las ilusiones rotas y un agujero en el alma. La cosa no había funcionado, por muchos motivos que no voy a detallar ahora, aunque yo seguía enamorado de aquella mujer a pesar de todo. Estaba muerto, parecía un zombie.

Al poco tiempo recibí una llamada telefónica de mi amiga, la del cumpleaños, que me decía que Ángela estaba al tanto de todo lo que había pasado, que siempre había sido así porque ella se lo había ido contando y que quería volver a escribirme, que estaba todo perdonado.

Acepté, por supuesto, con toda la vergüenza del mundo, pero no sólo porque se lo debiera, sino porque recordé lo bien que lo pasaba hablando con ella, lo mucho que nos reíamos juntos, el buen humor y las ganas de vivir que contagiaba. Así, pues, volvimos a retomar la cosa donde la habíamos dejado, pero esta vez con una actitud más madura, más realista, sabiendo que lo nuestro era virtual y que casi no había ninguna posibilidad de que dejara de serlo. Hasta el día en que me preguntó: “¿te gustaría que fuera a visitarte?”

Dije que sí, entusiasmado porque la visita fuera inminente, pero no era así. Se trataba más de una expresión de deseos, porque la realidad era que no tenía ni el dinero, ni las fechas, ni nada. Sólo su determinación, su ingenio y su fuerza de voluntad.

Durante los meses siguientes seguí de cerca los preparativos del futuro viaje de una simple bibliotecaria de un país subdesarrollado que era capaz de hacer mil inventos y mil sacrificios para lograr su cometido de conocer en persona a un bicho tan impresentable como yo. Así, la ví pluriemplearse en otra biblioteca, vender cosméticos y perfumes en sus ratos libres, cruzar a sus dos perras de raza para vender los cachorros, vender una colección de revistas de historietas de los años cuarenta y guardar en la hucha hasta el último céntimo posible. Hasta que se hizo el milagro en forma de billete de avión.

Viajaría, por fin, pero eso no quería decir que pudiéramos vernos, finalmente. Todavía quedaba algo por solucionar, y no era precisamente sencillo. Las autoridades de este país, al parecer, se han olvidado de que alguna vez tuvieron que ir a matarse el hambre a sus antiguas colonias y que allí fueron recibidos con los brazos abiertos y sin condicionamientos. Claro que tal vez esté equivocado, porque los hijos y nietos de aquellos emigrantes hoy están allí, en Iberoamérica, y los que aquí quedan son los descendientes de aquellos que medraban con el antiguo régimen y que siguen siendo iguales que sus padres y abuelos, aunque se disfracen de demócratas.

En fin, que además de todo, Ángela necesitaría una carta de invitación. Firmarla no me suponía ningún problema, pero resulta que el formulario que obliga a utilizar la Administración cuesta dinero y yo no lo tenía, ni ella tampoco, de modo que escribí un texto similar al requerido en un folio normal, hice certificar mi firma por un banco y se lo envié, a ver si colaba.

En principio, no coló. La retuvieron varias horas sin darle mayores explicaciones, haciéndole perder un enlace aéreo, para por fin dejarla pasar.

Me volví loco de contento cuando la ví aparecer en la puerta del aeropuerto y no pude volver la vista atrás cuando la dejé junto a la misma puerta veintiún días después.

Con Ángela pasé tres semanas maravillosas que recordaré durante el resto de mi vida y espero haber estado a la altura de tanto sacrificio como hizo ella por mí, porque no creo que vuelva a tener muchas oportunidades de resarcirla. Como te dije antes, ella tiene allí su vida y yo aquí la mía y a estas alturas eso es casi imposible de modificar. Es una pena, porque descubrí a una mujer maravillosa, mejor aún que la que creía conocer por internet.

Al final, dije, interrumpiendo el monólogo de Abel, Ángela va a terminar por ser la mujer de tu vida.

No lo sé, dijo él, no pienso en eso. Vivo y tomo lo que me da cada día sin hacerme grandes cuestionamientos, pero de lo que estoy seguro es que si existiera un concurso para eso que dices de ser la mujer de mi vida, ella probablemente se dejaría el alma para ganarlo, utilizando todos los medios a su alcance. Legales, claro, porque es honesta a más no poder, además. Y tendría muchísimas probabilidades de ganar, me consta.

Abel sacó un pañuelo enorme del bolsillo, de esos de tela que ya casi nadie usa para sonarse la nariz y, me pareció, limpiarse ligeramente y con el mayor disimulo los ojos algo enrojecidos. Levantándose hacia la puerta, guardó el pañuelo en el bolsillo y me dijo: “ahora vuelvo, hoy necesito echar un cigarrillo”.

domingo, 10 de octubre de 2010

El Tabernáculo (6ª parte) Ella y los elefantes

Ella fue solamente “Ella”, sin nombre durante muchos meses, porque las mujeres en los bares se comportan de manera diferente a los hombres, sobre todo a partir de ciertas horas, cuando llega la noche.
Durante el día se ve de todo: personas solas, parejas, grupos del mismo género o mixtos, y las únicas diferencias parecen ser que las mujeres eligen sentarse a una mesa, mientras que los hombres prefieren la barra y que ellas leen el diario y ellos la prensa deportiva, pero al anochecer las cosas cambian un poco.
Las mujeres ya casi no vienen solas, sino que lo hacen en pareja o en grupos, con mayor presencia masculina a medida que va oscureciendo.
Otra diferencia está en el trato con el barman, o sea, conmigo. Las mujeres, al revés que los hombres, no utilizan el bar como confesionario ni le cuentan sus cuitas al camarero y por eso sé poco de ellas, apenas lo que puedo inferir de los trozos de conversaciones entre pares que escucho cuando me acerco a servirles. Los hombres somos capaces de contarle hasta lo más íntimo a un desconocido en la barra de un bar, con una copa en la mano. Las mujeres, en cambio, pregonan a voz en cuello cuándo fue la última vez que les vino la regla, cuál es el tamaño del pene de sus amantes o qué color han elegido para teñirse el pubis, pero no lo hacen en el bar. Su confesionario es la peluquería, un lugar generalmente vedado a los hombres, excepto en las peluquerías “unisex”, cuya clientela es de mujeres y de hombres… ma non troppo.
Pero volvamos a “Ella”, que nos hemos desviado del camino y nos hemos entretenido demasiado. ¿Por qué volver a ella?, simplemente porque es distinta. Y porque, siendo distinta, me hace acordar a otra clienta que tuve hace muchos años y que me dejó con una espina clavada.
Aquella era una mujer mayor, bien entrada en los sesenta, siempre impecablemente ataviada con ropas, zapatos y bolsos de marcas carísimas y originales, en vez de esas burdas imitaciones de los chinos que solemos ver hoy en día. Se sentaba junto a la barra, siempre en el mismo sitio y procedía a zamparse, según el día, hasta media docena de güisquis dobles, del escocés más caro. Luego, sin decir ni media palabra, pagaba la cuenta, se levantaba a duras penas y salía flameando como una bandera azotada por el viento hacia la calle, intentando mantener, a duras penas, la vertical y la poca elegancia que ya le quedaba. Así casi todos los días.
No cabía ninguna duda de que, a los ojos de un aprendiz de escritor como yo, la figura de esa mujer encerraba alguna historia digna de ser contada, pero jamás me animé a dirigirle la palabra como no fuera por necesidades estrictamente profesionales. ¿Qué le sirvo?, aquí tiene su cambio, ¿con hielo o solo?, ese tipo de cosas. Durante mucho tiempo nuestra relación se limitó al intercambio de cortesías y silencios. Ni siquiera supe su nombre.
Ahora tengo más edad, más experiencia y menos prejuicios y eso ha hecho que con Anita sea distinto. Ella se llama Anita y sólo se parece a su antecesora en que siempre viene sola y tarde, en la edad (aunque tal vez tenga algún lustro menos que la otra) y en que también sabe mantener cierta elegante gravedad en sus modales, en este caso sin tener que luchar contra el alcohol, porque Anita rara vez bebe alguna cerveza sin alcohol, prefiere el café sin cafeína, con leche y en taza grande, de las de desayuno. Mientras tanto, fuma y observa a los demás que están a su alrededor. A veces, toma notas en una pequeña libreta que siempre va con ella.
Como ya dije, tardé meses en vencer mi timidez, o la supuesta barrera que imponían su condición de señora solitaria y algo mayor que yo, pero poco a poco fuimos estableciendo cierta confianza mutua, lo que me permitió preguntarle a qué se dedicaba.
Soy escritora, dijo.
Ella no lo sabía, claro, pero había dicho la palabra mágica. A partir de entonces, una vez revelada la coincidencia en nuestra afición común, nuestra relación se fue haciendo más estrecha. No digo que nos hiciéramos amigos íntimos, ni siquiera que hubiéramos establecido una verdadera amistad, pero lo cierto es que fuimos ganando en confianza mutua hablando de los libros y escritores que nos gustaban, de los que, en cambio, nos disgustaban profundamente y también de aquellos a quienes considerábamos talentosísimos escritores y poetas, pero cuya imagen se desteñía a causa de ciertas actitudes personales y opiniones políticas abiertamente distantes de las nuestras, que eran bastante parecidas.
Nuestros diálogos solían ser fluidos, hasta el día en que ella soltó un soliloquio en el que apenas me dejó meter un bocadillo que otro. Y todo porque a mí se me ocurrió preguntarle sobre qué estaba escribiendo en ese momento.
Escribo sobre la muerte, me dijo con una voz que se había vuelto de repente tan fría como el interior de la máquina de hielo en la que estaba hurgueteando para servir unas copas. Y luego de una pausa forzada a medias por mi sorpresa y mi distracción en servir al cliente, agregó: sobre mi propia muerte, porque voy a morirme.
No sé qué cara habré puesto, pero Anita se vio obligada a dulcificar el tono y esbozar una sonrisa.
Tranquilo, dijo, que no pienso morirme aquí ni ahora. Es verdad que estoy enferma de algo que acabará matándome tarde o temprano, pero no es inminente. No es como uno de esos cánceres que te fulminan en tres meses, lo mío es más elegante, si se quiere, más refinado, que te va deteriorando poco a poco, lentamente y en silencio, sin que te des cuenta cómo ni cuándo te van apareciendo las lesiones y te vas convirtiendo en carne de hospital hasta que un buen día algo deja de funcionar, o ya no hay terapia que alcance, una cosa va llevando a la otra, y te vas para el otro barrio como quien no quiere la cosa.
Pero también escribo sobre elefantes, porque los admiro desde niña. Sobre todo desde que leí, no recuerdo dónde, que cuando sienten que les llegó la hora de morir se alejan de la manada y se internan en la jungla, o en la sabana, donde sea que estén, para acabar su existencia donde nadie los vea y sin tener que avisar al resto de sus congéneres. Siempre me pareció una decisión muy sabia, considerada y elegante, tanto que cuando llegue mi hora pienso hacer como ellos. Tal vez, sin darme cuenta, ya haya empezado a hacerlo y por eso es que me ves aquí sola, a estas horas.
El caso es que escribir sobre la muerte y los elefantes me ha servido para reflexionar acerca de mi propia vida y mi propia muerte. He vivido unos cuantos años y no puedo quejarme de cómo lo hice. Lo que dicen que hay que hacer, plantar un árbol, escribir un libro y tener un hijo, lo hice más de una vez en todos los casos, de modo que creo que tengo mucho más derecho que cualquier enfermedad de mierda para decidir sobre mi propia vida y mi propia muerte.
Dicho esto, he decidido que no pienso esperar a acabar mis días como un vegetal, mirando pasar las nubes desde una silla de ruedas, en la sala de una residencia geriátrica en la que las únicas visitas sean las de la enfermera que viene a traerme la medicación o la de la auxiliar que viene a ver si me he vuelto a cagar y a cambiarme los pañales. ¿Para qué, para batir un record de supervivencia por el que no me pagarán nada? Hay que saber morirse a tiempo, decía mi madre, y tenía razón.
Tampoco pienso pasarme quién sabe cuántos meses o años sufriendo los efectos del deterioro físico, en interminables sesiones de diálisis, rebotando de quirófano en quirófano, de ablación en ablación, tomando toneladas de remedios que me arreglan una cosa mientras me descomponen otra, o padeciendo dolores de muerte sin que la muerte se digne incluirme en su nutrida agenda de ejecutivo. Por eso llegará el día en que deje de medicarme, de hacer régimen y “vida sana” para dedicarme al hedonismo el tiempo que sea, aunque eso signifique achicar plazos. Después, que me quiten lo bailado.
Hay muchas formas válidas para impedir todo aquel sufrimiento, ¿sabes? Algunas incluso son casi inocuas, limpias, indoloras, incluso baratas y fáciles de conseguir en cualquier farmacia y sin necesidad de receta médica. Me lo dijo el médico que atendió a uno de mis ex maridos cuando le hizo un lavaje de estómago después de uno de sus varios intentos patéticos y ridículos de suicidio. Podría haberse tomado la caja entera de ese medicamento, que no falta en el botiquín de casi ninguna buena familia y haberse despedido con un buen shock hepático, pero el muy ignorante prefirió tomarse unos somníferos que, a lo sumo, le habrían hecho dormir a pierna suelta una reparadora siesta de dos o tres días.
Hay que ser elegante para todo y mantener cierta dignidad, incluso a la hora del suicidio. Por eso no entiendo a los que se tiran debajo de un tren, o desde la cornisa de un edificio, que joden a la pobre gente que va a trabajar interrumpiendo el servicio ferroviario durante horas haciéndoles perder el premio a la productividad en sus trabajos, o matando a un inocente que pasaba justo por allí en el momento en que decidieron tirarse por la ventana sin mirar si había alguien abajo. Gente de mierda, malos bichos hasta para morirse.
Tampoco son santos de mi devoción los que se pegan un tiro en la boca o se levantan la tapa de los sesos de un escopetazo. Es verdad que éstos especimenes no hacen daño a otros, pero tampoco tienen ningún derecho a dejar a los demás el horrendo espectáculo de un fiambre en una habitación llena de cuajarones de sangre y trozos de vísceras pegadas al suelo y a las paredes. Es repulsivo.
Yo pienso hacer otra cosa, pero no pienses que será nada original. En realidad, le copié la idea a mi prima Eulogia, que la puso en práctica con todo éxito. Fue todo muy simple, de una sencillez rayana con la ingenuidad, pero de una elegancia soberbia.
Luego de darles, como todos los días, el desayuno a su marido y a sus hijos y una vez que todos se hubieran ido a sus trabajos y colegios, Eulogia metió unas pocas ropas en un pequeño bolso de mano, se fue en autobús al otro lado de la ciudad en donde se registró en un hotelucho sencillo, pero decente, luego de haber depositado en un buzón una carta para su marido en la que explicaba los porqués de su conducta y daba la dirección en donde podrían encontrar su cuerpo. Nada de correos electrónicos ni mensajes de móvil, una carta por correo normal tardaría en llegar el tiempo suficiente para que el cóctel de pastillas que se tomaría luego hiciera su efecto y garantizaría el período necesario para que ni la policía, ni el personal sanitario llegasen con margen para salvarla. De paso, se evitaba el molesto lavaje de estómago.
El suicidio perfecto, sin duda, pero como te digo, no te asustes, que mi hora no ha llegado todavía y recién estoy empezando a irme. Yo, en tu lugar, empezaría a preocuparme el día en que cambie este asqueroso café con leche por una seguidilla de gin tonics, pero seguramente dejaré de venir a este bar antes de que eso ocurra, para no alertar a nadie.
Entonces Anita sonrió, me pagó lo consumido incluyendo una buena propina y se fue, diciendo en un susurro “no me hagas caso”. Al verla alejarse me pareció de pronto que sus caderas generosas, vistas así, de atrás y bamboleándose de un lado a otro, tenían un inconfundible aire paquidérmico, como el de una elefanta que deja la carpa después de la actuación.
Anita sigue viniendo al Tabernáculo y sigue pidiendo café con leche y hablando conmigo de literatura, y ahora también de música, de cine, de muchas cosas. Desde entonces yo siempre le pongo con el café un par de bombones, para que le sepa menos asqueroso. Por las dudas.

viernes, 4 de junio de 2010

De vida o muerte (Humor 1)

¡Cómo han cambiado los tiempos! Hasta hace muy poco, cuando una persona cometía una fechoría o un crimen y salía en la prensa, se hacía referencia a ella denominándola “el ladrón”, “el asesino”, “el autor material del hecho”, etc.
Sin embargo, de un tiempo a esta parte se han alzado desde muchos ámbitos, voces de protesta reclamando respeto a la presunción de inocencia que el sistema legal vigente debe garantizar a todos los ciudadanos. No les falta razón, porque muchas veces se señalaba a alguien que luego las pruebas demostraban que era inocente, provocándole un daño la mayoría de las veces irreparable. Hasta aquí, me parece razonable.
El problema es la exageración. La irrupción de la palabra “presunto” en nuestras vidas es un torrente imparable y aquello que empezó como un intento de proteger la integridad de las personas frente a aseveraciones que podían ser erróneas, hoy, por su uso excesivo, puede llevarnos a abrigar dudas incluso sobre nuestra propia existencia, como en mi caso.
Hace unos días me dirigí al Ayuntamiento del pueblo donde vivo a solicitar una fe de vida. Fui en persona, acompañado de mi correspondiente documento de identidad vigente, y fui atendido por una diligente señorita que en pocos minutos me extendió el correspondiente certificado, firmado por el Secretario de dicho Ayuntamiento. Después de leer el documento que me entregaron, ya no sé si estoy vivo o no.
El caso es que en el documento se dice que yo, hijo de mi padre y mi madre, domiciliado en tal sitio, nacido en tal día de tal mes y año, “vivo en el día de la fecha” pero, y aquí el quid de la cuestión, que tal cosa se declara “con valor de simple presunción”.
Hablando en plata, el funcionario “presume” que estoy vivo, a pesar de estar viendo a una persona debidamente identificada y que presenta signos vitales inequívocos (perdón, presuntamente inequívocos) tales como respirar, andar, hablar, etc. y ninguno de estos hechos le permiten afirmar rotundamente que soy un ser viviente.
La primera duda que me asaltó fue la de qué clase de fe de vida me estaban dando y qué valor legal podría tener el documento para la entidad que me lo exige, porque puestos a presumir, ya pueden ellos mismos suponer que estoy vivo sin necesidad de que un funcionario certifique tal presunción.
Pero, más allá, se me generan dudas tremendas en el plano existencial. ¿Estaré realmente vivo? De acuerdo a lo que afirma (o, más bien, a lo que deja de afirmar) el funcionario, podría ser que no. A ver si ahora resulta que me he muerto sin avisar a nadie, ni siquiera a mí mismo.
Si es así, juro que fue sin intención, prueba de ello es que (presuntamente) ni yo lo sabía. ¿Y quién es, entonces, el (presunto) impostor que solicita la certificación haciéndose pasar por mí? A ver si me ha matado él. Entonces sería mi presunto asesino.
Pero bueno, que tampoco hay que ser tan alarmistas, que puede que no esté vivo, pero también puede que no esté muerto, al menos hasta que algún funcionario lo certifique. Podría ser un “no muerto”, claro, un “zombie”. Bueno, un “presunto zombie”.
Pensándolo bien, cabe la posibilidad. Yo siempre había atribuido mi torpeza para el baile y los deportes a mi presunta condición de patoso, pero si fuera un zombie tales características se explicarían por sí mismas, igual que el tamaño de mis ojos, que yo suponía un arma de seducción. O el rechazo terrorífico que provoco en la mayoría de las mujeres, o la risa que les produzco a los niños.
Si estuviera muerto, creo que debería pedir una fe de muerte. El tenor del documento sería más o menos así:
“Se presenta el Sr. N.N., en adelante el presunto occiso, córpore insepulto, acompañado de esposa, hijos, familiares y demás deudos, más seis señores forzudos que transportan la caja de pino, para que esta Secretaría certifique su defunción, habida cuenta que no presenta signos vitales visibles, que el rigor mortis ha llegado a su punto máximo (cosa que le impide estrecharnos la mano como indican las normas de urbanidad) y que el supuesto cadáver comienza a desprender un olor ligeramente acre. El occiso entrega también un certificado de muerte clínica expedido por médico colegiado, papel al que le falta un trozo que ha quedado entre los dedos del susodicho, afectados, como hemos dicho, por el rigor mortis
Se procede a certificar el óbito con simple valor de presunción, ya que el Sr. N.N. no responde a ninguna de las preguntas que se le efectúan”.
En fin, que voy a ver si me aclaran las dudas en el bar. Tal vez resulte cierto aquello que decía la canción: “no estaba muerto, estaba de parranda”… Presuntamente…

martes, 20 de abril de 2010

LA CIUDAD FANTASMA (Artículo periodístico 7)

Cuando regrese a Barcelona y ya no estés allí, seguramente la encontraré transformada en una de las ciudades invisibles de Calvino, inasible, incorpórea y extraña. Una ciudad donde se mezclan las personas y cosas que la habitan ahora con las que la componían cuando yo vivía en ella.
Sin embargo, éstas ya no están, son espectros que flotan en alguna parte, pero ya no se puede encontrarlos en los lugares que ocupaban y vagan sin rumbo como sueños extraviados.
Otras son las dos cosas a la vez, o sea, están allí, no se han marchado, ni se han muerto, ni se han movido un centímetro de su sitio habitual, pero ya no tienen nada que ver conmigo porque uno de los dos, o ambos, ya no quiere saber nada del otro. Familiares que te niegan el saludo, amigos que dejaron de serlo, tiendas y bares que cambiaron de dueño y perdieron el encanto.
Me hubiera gustado llevarte al Roca, un tugurio del Raval que ya no existía cuando te conocí. Era un boliche infame, es cierto, con un solo baño destartalado para hombres y mujeres, con poquísima luz para disimular la mugre y un ejército de cucarachas a las que sólo les faltaba ayudar a poner las bebidas en las mesas, con un horrendo equipo de sonido por el que salía muy buena música..
Un día volví, después de cierto tiempo y me lo encontré cerrado. Entonces supe que ya no sabría nada más de Pere, su dueño, con quien una vez celebramos juntos nuestros cumpleaños (nacimos el mismo día) y quien solía aprovechar que yo pedía un tequila para servirse otro para él y brindar por cualquier cosa varias veces. Si el bar estaba vacío, solía sentarse a nuestra mesa a conversar, harto de colgados y yonquis pasados de coca y sin cerebro.
¿Qué habrá sido de Alí? El chiringuito está todavía, creo, casi al final de la Rambla del Raval, con ese rótulo que lo distingue como “griego” a pesar de que nunca fue más que uno de los tantos restaurantes de kebab que hay en Barcelona, regentados por moros o paquistaníes. Alí, con su eterna sonrisa y llamándote “amigo” remarcaba la diferencia ofreciendo una copita de ouzo al finalizar la comida. Nunca supe si lo hacía con todo el mundo o sólo con los que le caían bien, pero lo cierto es que ni a mí ni a mis acompañantes circunstanciales nos faltó jamás nuestra ración del anisado heleno mientras Alí estuvo detrás de la barra. He vuelto varias veces, pero sólo porque es uno de los pocos sitios en donde todavía se puede comer un kebab de cordero, cuando en la mayoría sólo sirven pollo o ternera, pero ya no está Alí, ni tampoco te ponen ouzo.
La Fonda Riera tampoco es lo que era desde que sus nuevos dueños, no sé si filipinos, moros o paquistaníes (como lo son los de la mayoría de los negocios del barrio) le hicieran un lavado de cara. Tal vez la comida sea de mejor calidad e incluso es indudable que el local ha ganado desde el punto de vista del confort y la higiene, pero ahora es uno más, uno de tantos otros sin ningún rasgo distintivo. Frío, impersonal, desangelado.
Casi en diagonal, en la acera de enfrente, el viejo Almirall hace ya años que cambió de dueños, remozó algo sus instalaciones, aumentó su iluminación, empeoró su música ambiental al gusto de sus nuevos propietarios, más afectos al pop y a las nuevas tendencias que al blues y el jazz que priorizaban los anteriores. Este último detalle, sumado al considerable aumento de los precios de las consumiciones, decidió mi mudanza una veintena de metros más allá, hacia la Granja de Gavá.
El fantasma de Paco cruza la calle Fernandina todas las mañanas como lo hacía antes, para ir a comprar el periódico, sin reparar en los vecinos que lo saludan mientras él va distraído, pensando quizás en los años de la guerra, cuando estuvo preso en un campo de concentración. Esos años que él definía como “los mejores de mi vida, porque me los pasé leyendo, que es lo que más me gusta hacer, y encima me daban casa y comida”. Un poco de humor para ocultar los horrores de una guerra absurda, como todas.
Hay más fantasmas en la ciudad y en el barrio que fueron míos, como la sonrisa de Rubianes y el estanco de Adelina. Y yo mismo, que me fui varias veces por perseguir quimeras bajo otro cielo, pero que siempre, como cada vez que me fui de algún lugar, acabo volviendo a reclamar mi cachito de propiedad. Yo también soy un espectro, otra de las visiones de Calvino, al menos hasta mi enésimo regreso.
Y ahora vos. Fantasma con cara de ángel y título recién estrenado pedaleando en bici por la Barceloneta hacia ninguna parte mientras un coro de gatos atorrantes con pañuelos blancos maúlla en coro pidiendo que regreses en la Plaza de Tetuán.
Barcelona sigue latiendo, indiferente a sus espectros, a vos y a mí, a los fantasmas del Roxy y a los de cada cual, segura de que todos y cada uno iremos, tarde o temprano por el mismo camino para volver, aunque sea en sueños, a caminar por la Rambla bajo el sol de primavera.

sábado, 27 de febrero de 2010

De sabihondos y suicidas (Artículo periodístico 6)

Esto de Internet es algo muy curioso. Para quienes escribimos, al menos, es una herramienta de difusión maravillosa que nos permite ampliar el círculo de nuestros lectores del mero ámbito de nuestra familia y nuestros amigos, que nos leen poco menos que obligados, a lugares y personas insospechados.
Hace unos meses añadí a mi blog, por consejo de una amiga y “bloguera” experta, un contador de visitas que permite, además de saber cuántas son las personas que entran en él cada día, cuántas son las visitas acumuladas y también desde qué países se han tomado la molestia de leerme.
La mayoría de las entradas corresponde, como es lógico, a España y Argentina, por ese orden, aunque calculo que el número español no debe ser representativo, porque supongo que el sistema también contabilizará mis propias entradas al blog. Hasta aquí, todo normal, teniendo en cuenta que soy argentino y que vivo en España.
Lo que más me sorprende es que la tabla de posiciones me dice que en tercer lugar está Estados Unidos, seguida de México y un buen puñado de países, algunos tan increíbles como Rusia, Ucrania o Andorra, lugares, unos cuantos, en los que se habla otro idioma y, además, no me conoce absolutamente nadie.
Además, el blog tiene un apartado en donde tanto el lector como el autor pueden intercambiar opiniones mediante los “comentarios” a la nota. Allí, un pequeño grupo de seguidores alientan, apoyan, elogian o critican a un autor que tal vez no se merezca tanto cariño. Son muchos menos que los lectores, ya que (ignoro por qué, aunque no me importa) no todos comentan. Tal vez sea por timidez, porque no se les ocurre nada que decir o por pura compasión, el caso es que hay personas muy cercanas que sé que me leen, pero jamás han puesto dos palabras en la sección de comentarios, aunque debo decir que los hay que me han hecho llegar sus pareceres por otras vías, como el cara a cara o el correo privado.
Por mucho que constituyan un círculo minoritario, no tengo el gusto de conocer en persona a muchos de mis seguidores, pero con algunos hemos llegado a crear una suerte de amistad virtual que me honra.
Sabemos de sobra que el mundo virtual es, mucho más que en el famoso tango, una mezcla milagrosa de sabihondos y suicidas y los blogs no son la excepción. Soy visitante asiduo de diversos blogs y he podido observar que en todos, más tarde o más temprano, aparece algún francotirador cuya única motivación es causar daño gratuitamente. Invariablemente, firman sus comentarios como “anónimo” o, los menos, bajo un nick que disimule su verdadera identidad, todo ello para emitir una opinión condenatoria hacia el autor del blog o, simplemente, para insultarlo.
Yo sabía que mi día iba a llegar, y llegó. Uno de los últimos comentarios de mi post anterior tiene esas características.
Dice Carlo Cipolla en su tratado sobre la estupidez humana que no hay mayor imbécil que aquel que hace daño sin obtener siquiera algún pequeño beneficio para sí y creo que estamos ante alguno de estos casos.
El comentario no es gran cosa, apenas un par de líneas en las que su autor (aunque yo sospecho que en realidad debería decir su autora) dedica la primera a compadecerse de las mujeres que me rodean. Y la segunda a calificar mi escritura como “mala poesía” y a acusarme de “deliberada ignorancia”.
La impunidad que le permite el cobarde anonimato en que se ampara me impide saber (aunque no sospechar) de quién se trata y si me conoce o no personalmente y no sólo a través de mis escritos. Si me conociera, tal vez, podría ser que yo le hubiera dado algún motivo para opinar así sobre mí, aunque se trataría de una opinión parcial, ya que no considera la de las mujeres que me rodean. Si no me conociera, estaría hablando desde la misma deliberada ignorancia que en mí critica.
Cuando habla de mi ignorancia, no puedo menos que darle la razón, sea que me conozca o no, ya que ha acertado de pleno, aunque no es tan “deliberada”, ya que lucho cada día para ser un poquito menos ignorante aceptando que puedo equivocarme y revisando mis posturas, sin creerme el dueño de la razón absoluta y que son todos los demás los que se equivocan, o bien que sólo les interesa joderme la vida.
Lo de mi mala poesía no es ni siquiera original. Ya hace tiempo, alguien muy cercano, entre la andanada de insultos que solía dedicar gratuitamente a quienes más la querían, una persona calificó lo mío como “literatura barata”. Nótese la analogía, son dos formas distintas para decir lo mismo. En todo caso, son opiniones tan válidas como cualquier otra, pues sobre gustos no hay nada escrito y todo es materia opinable, siempre que se haga con respeto y a la cara.
Pero nos hemos alejado un poco del motivo principal del post, que no es otro que dar las gracias de todo corazón a todos y cada uno de los lectores y seguidores de este blog por su apoyo, por su aliento, por su fidelidad, por ese gesto, aparentemente mínimo, de entrar a ver qué se cuece dentro, por darme ganas de seguir. Muchas gracias a todos, sin excepción, incluso a nuestro/a anónimo/a amigo/a, que con sus críticas me ayuda a no creerme García Márquez.. Los quiero a todos y si alguno se ha sentido decepcionado por que haya dejado de lado por un día la ficción, le pido mil disculpas. Prometo volver pronto con más historias del Tabernáculo y otras milongas.
A propósito de milongas, se me olvidaba comentarles que el pasado fin de semana se estrenó en Barcelona la “Milonga del holandés” cuya letra me pertenece en co-autoría con Sandra Redher, la mejor cantante de tangos que hay en España, sanrafaelina del ley, bellísima mujer y mejor amiga (y talentosísima poeta, por cierto) Parece ser que al público le gustó y cuando esté disponible en la red avisaré.
Hasta la próxima.

lunes, 18 de enero de 2010

El Tabernáculo (5ª parte) "La mujer de tu vida (II)"

Insisten. Me dan algunos minutos para atender a los recién llegados y cobrarle al “yuppie”, que ya se ha zampado todas las aceitunas y lo que le quedaba en el vaso, pero vuelven a la carga cuando regreso al mostrador con la bandeja vacía y el dinero en la mano. Miro a la mujer solitaria, que ahora habla por teléfono con una sonrisa de oreja a oreja, haciendo ostentación de dentadura, tal vez recién estrenada. Creo que la miro buscando una respuesta, pero a ella no le interesan mis problemas y me deja solo ante el peligro.
Nobleza obliga. Me metí yo solo en este berenjenal y, ya que los cuatro respondieron sobradamente a mi pregunta, yo no puedo menos que imitarlos, se los debo.
Con ademán cansado, dejo la bandeja sobre el botellero, meto el dinero en la caja, me acerco al mostrador, donde apoyo los codos para que sirvan de punto de apoyo a los brazos que sostienen mi cabeza y les suelto mi perorata improvisada.
“Ayer, mi hermano me recordó una frase que oímos o leímos una vez, hace años, en Argentina. Creo que es de Fontanarrosa y venía a decir, palabra más o menos, que el hombre admira a la mujer inteligente, desea a la hermosa y, finalmente, se queda con la que le hace un poco de caso. Visto lo visto, me parece que tal vez sea una buena definición de mi ideal de mujer”.
No cuela. Saltan sobre mí como cuatro hienas sobre el cadáver de una gacela, dispuestos a hacerme pedazos.
Dicen que no se puede tener tan poca dignidad, que es inadmisible tanta falta de ambición, que aunque la frase refleje la realidad de la mayoría de los casos conocidos, incluyendo los nuestros, estábamos hablando de ideales, en el sentido literal del término.
Dicen que hablábamos de sueños, de utopías y que traje a colación la frase para patear el tablero y salirme por la tangente sin dar mi verdadera opinión, que mi respuesta no es válida. Touché.
“En realidad, igual que ustedes, yo no tengo una respuesta cierta a esa pregunta, tal vez nadie la tenga. Cualquier posible respuesta debe ser precedida de un “tal vez” y, probablemente también, todas las posibles respuestas acaben siendo falsas. Si sabiendo esto, aún conservan la curiosidad, les cuento.
Tal vez sea aquella chica que conocí cuando estudiaba en la universidad. Esa chica que era mi amiga del alma, mi confidente y confesora, la que se reía conmigo de las mismas cosas, la que siempre sabía dos segundos antes lo que yo iba a decir, la que sabía que yo también sabía.
¿Cómo fue que estando tan cerca no nos vimos? ¿Cómo fue que recién alcanzamos a vernos claramente cuando estábamos a diez mil kilómetros uno del otro, cuando la vida hacía rato que nos había puesto sobre caminos tan distantes y dispares? ¿Por qué demonios, si todo estaba claro, si los dos ya lo sabíamos todo y no cabía ninguna duda en el momento del reencuentro, después de tantos años, ella no pudo aceptar mi invitación, si sólo se trataba de hacer que, al menos, siempre nos quedara París, aunque nuestro París particular fuera una ciudad cualquiera de un país lejano y hubiera que pintarlo en cuatro días sobre un lienzo tercermundista? ¿Por qué me habrá faltado tanto para parecerme a Bogart?
Volviendo a lo de antes, a lo mejor sólo se trató de un sueño imposible, una utopía, y la mujer de mi vida no ha llegado, o no alcanzo a distinguirla todavía. ¿Quién dice que no sea la cliente de aquella mesa?, ¿por qué no habría de regresar mañana , atraída por un hombre armado con mandil y bandeja y con veleidades de escritor maldito? ¿Quién puede asegurarme que mañana no será el día de la gran revelación y, al mirarnos mientras le sirvo un refresco, comprendamos por fin que nos hemos estado esperando durante años y que por unos días ella podrá soñar que su nombre es Ilsa y el mío Rick?
En suma, señores, que la mujer de mi vida, como la de la mayoría, es un sueño, unas veces situado en el pasado, otras en el futuro, y que sólo unos pocos elegidos alcanzan a situar en el presente.”

lunes, 28 de diciembre de 2009

El Tabernáculo (4ª parte) "La mujer de tu vida" (I)

Hoy hay poca gente en El Tabernáculo. La mayoría de los clientes se han marchado de vacaciones o a sus pueblos, a pasar el fin de año con sus familias y los que nos hemos quedado, por el motivo que sea, parece que nos moviéramos como en cámara lenta, como yendo sin prisa hacia la normalidad que volverá en enero..
Cuatro clientes habituales beben sus aperitivos sentados frente a la barra, mientras en las mesas sólo hay clientes de paso. Una mujer de unos cuarenta años, bastante atractiva que consume un desayuno tardío de café con leche y sándwich de jamón y queso y, en otra mesa, un joven treintañero con traje, gafas y maletín, uno de los tantos aspirantes a “yuppie” que los túneles del metro regurgitan cada mañana, que bebe su cerveza lentamente, a sorbos separados entre sí por las aceitunas que un palillo acerca cada tanto a su boca. Son desconocidos. No cruzan ni una palabra entre sí, ni con los de la barra. Conmigo, nada más que las indispensables para dar los buenos días y hacer su pedido.
Los cuatro habitués de la barra conversan entre sí morosamente, como con desgano, sobre el tema recurrente de siempre: mujeres. Más precisamente, departen acerca de las cualidades físicas de la única mujer que hay en este momento en el bar: la rubia (porque es rubia, probablemente teñida) que está sentada a la mesa.
Uno de ellos sentencia, lapidario: “es guapa, pero no es la mujer de mi vida”, comentario que provoca una pausa pensativa en el resto de contertulios y que yo aprovecho para meter baza en la conversación, con el propósito de despertar a mis clientes de su letargo, de que sacudan sus neuronas y pongan algo más de pimienta al anodino intercambio de opiniones que me están obligando a escuchar, nada más que por simple proximidad.
“¿Y se puede saber cómo serían las mujeres de sus vidas?”, pregunto en general. Y luego especifico, dirigiéndome al primero por la izquierda, que es el último que habló: “Por ejemplo, la tuya”.
Se produce un largo instante de silencio, que sólo sería interrumpido, si pudiéramos oírlo, por el ruido de los cerebros en funcionamiento repentino. Después de darle un par de sorbos a su vermú, como buscando inspiración, el aludido responde.
“No lo sé, de verdad, jamás he pensado en ello, ni ella tampoco se me ha presentado todavía. A estas alturas, tampoco creo que lo haga, aunque nunca se sabe. Dicen que nunca es tarde, pero yo creo que a mí ya se me pasó el arroz. Ya me ven, soltero todavía con casi sesenta y cinco años.. Lo que dije de esta chica de ahí no es verdad. En el fondo es impotencia, porque sé que una mujer así, aunque no sea nada del otro mundo, aunque sólo sea guapa a secas, sin más aditamentos, jamás le haría caso a un tipo como yo, principalmente por la diferencia de edad, ya que podría ser su padre. No me quejo, porque yo mismo elegí estar solo, quién sabe si por cobardía, pero así es, no creo que exista la mujer de mi vida.”
Interrogo al siguiente con una inclinación de cejas. Es un joven de veintipocos años que bebe ron con cola.
“A mí me gustan todas. A la viejita de la mesa de ahí no saben cómo le daría, si me diera pié. Mientras tengan buenas tetas y buen culo, lo demás da lo mismo. Rubias, morenas, pelirrojas. Tampoco es necesario que sean muy guapas, porque las feas suelen ser mejores en la cama, para compensar, supongo. Las que son muy lindas esperan que lo hagas todo por ellas y no te suelen dar nada más que su belleza. En resumen, la mujer de mi vida son todas”.
Luego del discurso breve, pero esclarecedor del “Testosterona Kid”, invito a dar su opinión al tercero en discordia.
“Las mujeres de mi vida acabaron de la misma forma, porque, sin quererlo y sin saberlo, no hice más que repetir modelo al elegirlas. La primera llegó muy joven, fresca animosa, dispuesta a darme hijos y formar una familia y así fue durante un lapso prolongado, pero luego el tiempo, y yo, que fui su aliado, la fuimos cambiando. Las sonrisas se transformaron en insultos y recriminaciones, los hijos en armas arrojadizas, los proyectos empezaron a morir antes de nacer, yo me transformé en un pobre tipo y ella en una resentida que arrastraba conflictos con su padre que nunca resolvió cara a cara y cuyas facturas acabó pasándome a mí, que no podía ni quería pagarlas. Se quejó y me culpó durante años, pero nunca se fue de mi lado, como si quisiera joderme a cadena perpetua. Finalmente, fui yo el que se largó con lo puesto, con una mano detrás y otra delante, a vivir en una pocilga.
La segunda llegó sin buscarla. Una cena con amigos, una conversación animada que duró toda la noche y continuó al día siguiente. La cadena inacabable de coincidencias: Si una noche de invierno un viajero, de Calvino, el lado de la cama para dormir, las ganas de conocer Praga, el agua fría para lavarse los dientes, la debilidad por los gatos y así mil cosas.. Después, el paraíso en su voz, en sus ojos, sus caricias. Sin embargo, como nada es perfecto, ese paraíso se interrumpía a veces por la intrusión en ella de una especie de “otro yo” que la transformaba en una especie de monstruo, depresivo e insultante que unos día después se marchaba imprevistamente, como había venido. Si embargo, el “alter ego” fue ganando terreno de a poco y yo me fui quedando sin fuerzas, cansado de pagar las cuentas que le dejaron a deber su padre muerto y su familia viva, harto de un paraíso transformado en infierno cotidiano.
Y así hasta hoy, señores, haciendo cierto el dicho de que el buey solo bien se lame, creyendo con muy poca fe que la mujer de mi vida está todavía por ahí, en alguna parte, pero mirando hacia otro lado, por las dudas, no sea cosa que algún día crucemos nuestras miradas.”
Te toca a ti, le digo al último de la fila, cincuentón él, como el anterior, aunque aparenta varios años menos y bebe cerveza sin alcohol, igual que su vecino.
“La mía tal vez ande por ahí, tal vez sea rubia y con pecas. Tal vez tenga una sonrisa espléndida y cara de muñeca. Tal vez se sienta bien conmigo y es seguro que yo me siento bien con ella, pero no sé si quiero saber si es la mujer de mi vida. Tal vez porque le llevo algunos años y me veo algo viejo a su lado, tal vez porque me siento vacío y no sé si podré darle todo lo que me pida, tal vez porque mi destartalada osamenta ya no pueda soportar un no por respuesta sin quebrarse. ¡Por Dios!, cuántas frases tontas para decir lo que se puede resumir en una sola palabra: miedo. Ya lo dijo el compañero antes, al principio todas parecen la mujer de tu vida, pero acaban transformándose en un escuerzo y supongo que para ellas seremos lo mismo. Se me pasará, supongo, tal vez un día de estos le hable, a ver qué pasa, aunque seguramente para entonces será tarde, se habrá cansado de esperarme y me dará vuelta la cara para mirar a otro o, simplemente, para no ver la expresión patética de mi cara. La historia de mi vida, en suma, siempre ha sido así.”
Llegan siete nuevos parroquianos y se sientan en distintas mesas. Me dispongo a atenderlos cuando me llega la pregunta de Testosterona Kid: ¿Y la tuya, cómo es?
Sin darme la vuelta para mirarlo, sonrío y le digo en voz alta: Eso, para otro día, cuando esté como vosotros, detrás de la barra, con una birra en la mano. Ahora tengo que atender a estos clientes. Otro día, tal vez….