Leí en alguna parte, hace poco, que la estructura de ADN del género humano sólo se diferencia del de las ratas en un cromosoma.. Esa, apenas un cromosoma minúsculo, es la diferencia que nos hace distintos a los seres humanos de esos repugnantes y asquerosos roedores que nadie quiere tener en su casa y a los que a menudo se les tiene pánico, además de repulsión.
Admito que no soy la excepción. Hasta el ratón Mickey me cae fatal, no me gustan las cobayas, ni los hamsters ni ningún bichejo que se les parezca, porque todos me asemejan ratas como las que vemos en el puerto o en los andenes del metro o de las estaciones de tren. Sin embargo, también debo admitir que soy casi como ellas, según dicen los científicos, mal que me pese, porque confieso que preferiría compartir ADN con un gato doméstico, con un caballo o con una gallina de Guinea antes que con una rata, un bicho que vive entre las basuras, entre lo podrido, transmitiendo enfermedades por doquier. ¡Qué horror! Por suerte, nosotros somos distintos… ¿o no?
Don de Lillo, en su novela “Submundo”, habla de los experimentos nucleares realizados durante la “guerra fría” tanto por rusos como por norteamericanos utilizando, no ya a sus enemigos sino a sus propios compatriotas. Esto no es un invento de de Lillo, se ha comprobado, pero hay más ejemplos. En Ruanda, hutus y tutsis se masacraron mutuamente sin contemplaciones para determinar algo tan importante como quién es el más negro de los dos. En los Balcanes, no hace mucho, serbios. bosnios, croatas y montenegrinos, entre otros, se mataban y violaban por motivos similares. En Hiroshima y Nagasaki algún ser humano (no una rata) soltó sendas bombas atómicas con los resultados conocidos. En Sabra y Chatila más de lo mismo y pueden encontarse más raciones de la misma sopa allá donde vayamos, obteniendo la misma conclusión: el hombre es el lobo del hombre.
Las ratas no hacen esto, ni ningún otro animal. ¿Tan defectuoso es el cromosoma que nos diferencia, que puede contener todo este horror?, ¿tan mal nos funciona que le damos el Premio Nobel de la Paz a un genocida de vietnamitas y a otro que mandó a un grupo comando para que asesinase a sangre fría a su enemigo mientras él y otras personas asistían a la ejecución por la tele, en medio del aplauso y el beneplácito de casi todo el mundo no árabe?
¿Tan chapucero puede ser ese Dios que, dicen, nos ha creado a su imagen y semejanza? ¿Tan achicharrado tenemos el bendito cromosoma que nos hace distintos de las ratas, que le damos el gobierno de nuestros países a personajes capaces de cometer semejantes desmanes? ¿O será que, en el fondo, somos como ellos?
A juzgar por lo que nos muestran en directo los medios de comunicación, con su carga de sangre, vísceras, quemaduras, ejecuciones y demás lindezas que cometemos o, por lo menos, permitimos cometer, somos peores que las ratas. Peores que el monstruo más repulsivo que haya concebido la mente de H. P. Lovecraft. Somos una mierda.
Y sin embargo, hay seres humanos cuya conducta parece sugerir todo lo contrario.
Brahí es un niño saharaui que vive con su familia en una jaima en medio del desierto de Argelia, lejos de su patria, en calidad de refugiado político. Allí lo llevaron los cromosomas defectuosos de personajes como el rey de Marruecos, el de España (por dejación) y varios miembros de lo que se da en llamar “la comunidad internacional”. Su familia apenas tiene para vivir, su padre está trabajando sin papeles en algún país europeo y Brahí y su hermanos deben caminar largos trechos sobre la arena ardiente para conseguir agua potable.
Dentro de unos días, Brahí llegará a España, como los últimos tres o cuatro años, con sus piernitas raquíticas y su sonrisa luminosa, como parte de un programa de intercambio con familias asturianas de acogida. Allí pasará los próximos dos meses, en casa de Manolo, Quintina y María, que tienen sus cromosomas en buen estado y se desviven por atender a ese niño que es como un sol en sus vidas (y en la de cualquiera que tenga la suerte de conocerlo, como yo)
En estos días, Brahí vivirá en un pequeño paraíso, tan distinto de su medio habitual, y verá cómo sería el mundo si el género humano no tuviera el cromosoma frito y él no tuviera que pagar porque algunos lo tengan.
¿Y luego? Nada, lo de siempre. El desierto, la miseria, la falta de agua, las caminatas, el hambre. Porque mandan, aquí y allá, los que tienen el cromosoma frito, porque los Manolos, Quintinas y Marías poco pueden hacer para cambiar el estado de cosas, más allá de enseñarle a un niño que hay otra vida posible, que la educación tiene valor todavía, que alguien debe hacer algo para que su gente viva en condiciones dignas, que el enemigo no es el vecino, sino el del cromosoma deteriorado, que si no le damos valor al cromosoma sano que algunos conservan, esto no saldrá adelante.
Tal vez no sea suficiente, visto lo visto, pero al menos hay que intentarlo. Manolo y compañía nos marcan la senda y en ese camino hasta el ratón Mickey parece caerme más simpático.
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jueves, 16 de junio de 2011
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