Así, seco, contundente, helado. La luz de la pantalla del teléfono móvil brilla todavía para enmarcar tu último mensaje del día, robando la poca luz que han dejado unas nubes llorosas en este día de acero, o de plomo, o de titanio, o de cualquier otro material gris y frío.
Llueve.
Como otras veces, tampoco ahora voy a responderte para no seguir con la cadena de hostilidades. Esperaré, como siempre, con el corazón en la boca, a que pase el nuevo chaparrón, con la eterna pregunta a flor de labios: ¿volverás?
Las respuestas a mis anteriores mensajes de hoy, lapidarias, mortíferas, no dan lugar al optimismo, al menos por ahora. Tal vez mañana, o quizá pasado. ¿Por qué la Academia no quitará de una vez del diccionario la palabra “nunca”? La espera, así, sería más sencilla, con la certeza inamovible del regreso.
Claro que duelen los lanzazos. Esa especie de Mr. Hyde que te domina a veces, sabe perfectamente cuáles son los puntos débiles donde golpear para hacer daño y las palabras, entonces, parecen ráfagas de ametralladora en una guerra extraña, genocida como todas las guerras, pero sin enemigo real.
Y luego la impotencia. El saber y no poder creer que no hay palabra mágica posible para romper el maleficio. Que no valen, como en los cuentos, ni los besos, ni las caricias, ni los abrazos. Que solamente cabe sentarse en un rincón a esperar que se produzca el milagro de la resurrección y vuelvas a estar en mis brazos, reconociendo mis besos, sonriendo como sólo tú sabes hacerlo.
La impotencia corroe como un ácido. Come lentamente y uno se cree morir sin remedio y se maldice a sí mismo por no haber sabido, o podido, hacer nada para impedir la nueva crisis.
La soledad también corrompe. Porque los demás no entienden qué te ocurre y saben que estás mal, pero no comprenden nada y, poco a poco, se van alejando de ti, porque a ellos también les duelen los lanzazos, pero no saben que no eres tú quien los dispara. Que es ese Mr. Hyde que te domina a veces, completamente desconocido para ellos, el que la toma con las personas a las que más quieres y dispara sin piedad el dardo envenenado. Por eso se alejan, porque a nadie le gusta que lo hieran y, entonces, se retraen poco a poco, se encierran en sus cosas y se van olvidando de la persona que eres en verdad.
La ignorancia. Incluso a mí me ha afectado, a pesar de jugar con cierta ventaja gracias a los cinco años de Psicología cursados hace ya más de treinta. Horas de búsqueda afanosa y reciclaje intelectual para conocer los síntomas del cuadro clínico y, aún así, quedarme con la sensación de que, por mucho que sepa, no me alcanzará para ayudarte a avanzar, para que no vuelvas a caer.
La confianza. A veces hay buena respuesta a la medicación y, entonces, eres tú durante un tiempo largo y uno se confía, y cree que el paraíso es eterno. Se olvida de las posibles recaídas y acaba cayendo en la trampa de Mr. Hyde de la manera más tonta que uno se pudiera imaginar. Entrando al trapo en una discusión por alguna reivindicación intrascendente, contradiciendo alguna afirmación sin importancia, ¿quién sabe? Para cuando queremos darnos cuenta, el mal está hecho y el ogro venenoso campa a sus anchas hasta que decida, tal vez por cansancio, dejarte en paz una vez más, devolverte los colores a la cara, permitirte sueños tranquilos, alisar el ceño, clarificar el pensamiento.
La duda. Desesperante duda. Cientos de preguntas sin respuesta, con la absoluta seguridad de que no hay, ni habrá, certezas. Ni siquiera vale para mí, que soy ateo, el recurso de la Fe.
“Vete a la mierda”, me ordena el cretino.
Seguramente me ve aquí, tan poca cosa, tan aprendiz de Quijote sin escudero, tan abatido, sentado en un banco del parque bajo la lluvia, tan pollo mojado, tan solo, tan desarmado, que cree que espantarme será un juego de niños.
Pero yo sé quién soy y lo que puedo, y no pienso moverme de mi sitio hasta que vuelvas, tardes lo que tardes, diga lo que diga el monstruo, haga lo que haga.
Te espero.
Relato premiado en el concurso de cuentos relacionados con el trastorno bipolar, Fundación Astra Zeneca, Madrid (2007)
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lunes, 20 de abril de 2009
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