viernes, 14 de diciembre de 2007

LA INEXISTENCIA DE TURDERA

Jamás he sido buen lector ni me han preocupado especialmente los problemas filosóficos. Nunca he podido vanagloriarme, como la mayoría de argentinos, de conocer la obra de Borges o Cortázar. Del primero sabía algunas cosas, dado su “status” de figura mediática, mayormente por lo que publicaban los diarios y revistas y por alguna que otra entrevista radial o televisiva. Del segundo, casi nada, apenas que había nacido o vivido en Bélgica o Francia y que era medio comunista.

Después de varios años de vivir en España, por fin me había llegado la hora de volver a Buenos Aires, tal vez definitivamente. Lo cierto es que me esperaba un viaje de muchas horas y en esos casos, cuando uno quiere hacer pasar el tiempo más deprisa y adormecer la incertidumbre, la lectura es un buen método de relax, de modo que me dispuse a devorar cuanta página escrita apareciera delante de mis ojos, sin importar el tema del que se tratase.
Mientras hojeaba, ya en el avión, un ejemplar del diario “El País”, tropecé con un artículo sobre Borges de un catedrático de la Complutense, Carlos Rodríguez Braun, en el que se hablaba, entre otras cosas, de un libro escrito por Grillo della Paolera, amigo del escritor ciego, que refería los sitios, circunstancias y personajes de Borges (algunos de ellos imaginarios) a sitios, circunstancias y personajes reales.

De aquel artículo me hizo mucha gracia la mención de una profesora que sostenía la invención, por parte de Borges, de la estación de Turdera. Gracias a él pude paliar durante un buen rato el aburrimiento del viaje transoceánico recordando mis visitas de adolescencia a aquel barrio de casonas bajas, con árboles y jardines enormes, con calles poco transitadas y con nombres de santos en donde el tiempo parecía ir más lentamente que en otros sitios, los viajes interminables en el Expreso Cañuelas, bajar en la parada de la barrera, antes de la curva, la calle San Luis, la casa de Guillermo....

Por lo que sabía, Guillermo ya no vivía en Turdera. Se había casado y había comprado una casa en Banfield, más cerca de la Capital, del trabajo, del bullicio, pero seguramente le haría mucha gracia la absurda teoría de la docente. Decidido a encontrarme con él para releer juntos el artículo, rasgué a mano la mitad de la página, la doblé en varias partes y me la guardé en un bolsillo del chaleco para olvidarme de todo durante algunos días.

La euforia por el regreso después de varios años de ausencia, el reencuentro con familiares y amigos unidos a los correspondientes festejos, la necesidad de empaparme de la realidad local (mi nueva realidad) me mantuvieron entretenido, sin poder percatarme de que ocurriera algo extraño, aunque a decir verdad, sí que hubo un hecho que llamó un poco mi atención. Paseando por Florida, al llegar a Plaza San Martín, noté que ya no estaba la Galería del Este y que en su lugar había otra sucursal bancaria. Me habían dicho que muchos de los lugares emblemáticos de Buenos Aires habían sido incluso derribados (otra forma argentina de “desaparecer”) y reemplazados por Bancos o Compañías Financieras, así que supuse que este sería un caso más y no pregunté nada.

Un día, como suele ocurrir con frecuencia, buscaba yo algo que ya no recuerdo en los bolsillos de mis ropas y, sin quererlo, fui a dar con el recorte de periódico que había guardado el día de mi regreso. Eso me refrescó la memoria sobre el propósito que tenía de ponerme en contacto con Guillermo, pero por más intentos que hice me fue imposible localizarlo. No tenía idea de su nueva dirección, su teléfono no figuraba en la guía y no podía recordar el apellido de su esposa, ya que pudiera ser que estuviera a nombre de ella. Entonces caí en la cuenta de que no teníamos amigos comunes y sus padres (ignoro si viven aún, pero serán ya muy mayores) se habían mudado a Mar del Plata a poco de jubilarse y también les había perdido el rastro. Para peor, era hijo único y no tenía más familia, al menos que yo supiera.

Decidí entonces ir hasta Turdera, presentarme en la vieja casona de la calle San Luis y preguntar a sus moradores por él y también, ¿por qué no?, a algún vecino antiguo. Tal vez allí podrían darme alguna seña sobre su paradero actual; seguramente algún amigo de la infancia habría mantenido el contacto, o alguien supiera la dirección o el teléfono de sus padres; cualquier dato, por irrelevante que pareciese, podría servir para tirar del hilo y deshacer el ovillo.

Como es natural, tenía miedo. Podría ser que mi amigo fuese ahora una persona desagradable, o que le importase lo más mínimo volverme a ver, o bien que ya no tuviésemos nada en común excepto el pasado, e incluso, siendo muy pesimistas, podría darse el caso de que hubiera muerto. Esta incertidumbre me provocó un nudo en el estómago que me acompañó durante todo el trayecto y que hizo que prácticamente me zambullera en el tren vía Ezeiza que tomé en Constitución sin mirar la lista de estaciones en las que hacía sus paradas. Tampoco me preocupé porque, desde siempre, estos trenes paraban en todas, así que para distraerme y aflojar la tensión me dediqué a comparar el convoy con los que había antes de marcharme y con los que estaba acostumbrado a utilizar en Europa. Los primeros existían todavía, hacían la vía Quilmes-La Plata y estaban tan destartalados como siempre (o más, porque los años pasan y el mantenimiento que tienen es mínimo), así que los que circulaban por el otro ramal para permitirme recuperar la adolescencia eran, comparativamente, mejores, más nuevos y veloces, con puertas que abren y cierran automáticamente. Sin embargo, en la misma comparación perdían por goleada frente a los trenes europeos: veloces, puntuales, con aire acondicionado y calefacción, con música funcional y, aunque no necesariamente más nuevos, sí más limpios y bien mantenidos.

Supuse que me habría dormido por unos instantes, porque recordaba haber pasado por Temperley, pero de pronto paramos en Luis Guillón, o sea que me había pasado de mi estación de destino. Molesto conmigo mismo por la distracción, cambié de andén y tomé el primer tren en sentido contrario, en donde, ya completamente despierto y atento, pude comprobar que no paraba hasta Temperley. La estación de Turdera no estaba.

Completamente atónito seguí en el tren un par de estaciones más, bajé en Banfield y volví a cambiar de andén para desandar una vez más lo andado. Esta vez decidí bajar en Temperley y hacer a pie lo que faltaba hasta Turdera, así que enfilé hacia la avenida Hipólito Yrigoyen, torcí hacia la izquierda y anduve recto esperando encontrar la barrera primero y la curva después, donde nace la avenida Antártida Argentina. Nada.

No estaba la barrera ni existía el paso a nivel, no había ninguna curva y la avenida Yrigoyen seguía su curso ininterrumpido hacia el sudoeste del Gran Buenos Aires. Ni rastro de Turdera; ni siquiera la gente del barrio sabía decirme nada del viejo pueblo. “Por acá no es”, decían todos. Como si se lo hubiera tragado la tierra, como si jamás hubiera existido, como si los extraterrestres se lo hubieran llevado completo, con su gente, sus casas, sus accidentes geográficos, sus negocios, su estación de trenes. Presa del desconcierto, volví sobre mis pasos y quise tomar el autobús 51, el antiguo Expreso Cañuelas, para ir de vuelta a Constitución. Tampoco él daba señales de vida. La gente me aconsejaba tomar el 79 o el 160 y no parecían enterarse de que alguna vez hubiera habido una línea de ómnibus con el número 51 y mucho menos con el nombre de Expreso Cañuelas.

Podría decirse que permanecí sumido en una especie de estado catatónico durante quince días, durante los cuales no hice absolutamente nada excepto comer, dormir y releer una y otra vez el recorte de periódico con la abstrusa –al menos hasta entonces para mí- teoría de la profesora. ¿Existiría la mínima posibilidad de que todas aquellas cosas que iban, en apariencia, “desapareciendo” no fuesen otra cosa que meras invenciones? ¿Podría la literatura crear ilusiones colectivas, aun en personas que en su vida leyeron un libro?

Cuando decidí que era hora de hacer algo al respecto fui a dar una vuelta por Constitución, en donde pude constatar la falta de la calle Garay y el correspondiente caos de tráfico que ello causaba, ya que los coches y autobuses que venían del lado del río debían dar una vuelta enorme y confluir con los que venían del otro lado por la calle Brasil.

Pensé que sería una buena idea consultar diversas hemerotecas para ver si encontraba algún detalle revelador, alguna mención al pasar, cualquier cosa que pudiera sacarme del atasco en el que me encontraba. Sin embargo, la tarea no era nada sencilla; no sabía dónde ni cómo buscar, consultaba diarios y revistas al voleo, sin orden ni concierto, leyendo desde los artículos con grandes titulares (“Gardel ha muerto”, “Perón huye en una cañonera”, “Racing campeón”) hasta los obituarios, escogidos al azar ( “Febrero de 1929-Beatriz Viterbo-Q.E.P.D.. Su doliente esposo: Roberto Alessandri, su primo: Carlos Argentino Daneri, su amiga: Delia San Marco Porcel y el Sr. Villegas Haedo participan de su fallecimiento e invitan al sepelio de sus restos”) Tampoco aquí obtuve resultados.

Una tarde, antes de que Constitución entera desapareciese, enfilé mis pasos nuevamente por el camino del Sur, hacia donde antes (¿hubo un antes?) estaba Turdera. Al llegar al sitio en donde se encontraba la curva dejé la avenida Yrigoyen y giré hacia la derecha, como quien va para Luis Guillón. Allí el paisaje era distinto y más diferente se hacía a medida que me internaba en él. Casas bajas, algunas de madera y chapas, calles de tierra apenas iluminadas con bombillas, carros tirados por caballos, veredas de ladrillo y zanjas con agua estancada en las que –estaba anocheciendo- croaban las ranas y empezaban a hacerse oír los grillos. La noche aterrizó suavemente, ahíta de humedad, y la sensación de bochorno y pringosidad se adueñó de todo.

El ambiente era tranquilo, tal vez porque casi no había gente por la calle. Supuse que la mayoría estaría tomando el escaso fresco que producían las copas de los enormes árboles que podían advertirse en los patios de aquellas casas pueblerinas, o que tal vez estuvieran reunidos a las mesas, disponiéndose a cenar. Los aromas de las magnolias, jazmines y damas de noche aumentaban la sensación de agobio, creando una atmósfera como de cementerio.

De repente, en una calle lateral, a unos veinte o treinta metros de la esquina, pude ver a una mujer que gritaba y a dos hombres que la golpeaban sin piedad junto a un carro al que habían uncido a un percherón mostrenco. Los dos sujetos, hermanos con seguridad, ya que tenían similar aspecto físico –rubios, de ojos azules, altos y fornidos, parecían suecos o algo así- se pasaban a la pobre infeliz de mano en mano a fuerza de bofetadas y puñetazos insultándola en el peor de los lenguajes posible. Ella sólo aullaba como un animal, ni siquiera pedía auxilio.

En las casas nadie parecía darse por enterado y entonces yo, que nunca me destaqué por mi valentía y mi arrojo, me lancé hacia los dos hombres, interponiéndome entre ambos y la infortunada mujer, tratando de impedir el castigo a que la sometían esos dos brutos. Luego, no sé muy bien cómo explicar lo que pasó: de repente, los dos sujetos venían hacia mí con sendos cuchillos en las manos. Hice un par de movimientos elusivos de manera instintiva; creo también que conseguí empujar a uno de ellos contra el otro y allí se produjo el instante fatal, el punto de quiebre.

Es increíble cómo en apenas un segundo puede alterarse el destino de una persona. Allí estaba yo, en un barrio desconocido, con las manos cubiertas de sangre, de pie frente a dos cadáveres abiertos en canal por sus propios facones y a una mujer que no paraba de chillar. También, ahora sí, estaban los vecinos, que llegaban en oleadas atraídos, como los tiburones, por el olor de la sangre. Y la policía, que no sé de dónde salió ni cómo pudo llegar tan pronto.

Un oficial preguntaba sin cesar si había algún testigo entre los parroquianos, pero nadie contestaba. Algunos, tal vez temerosos de verse involucrados con la ley, regresaban a sus casas con las cabezas gachas, como tratando de pasar inadvertidos. A mí nadie me preguntó nada y yo estaba más o menos tranquilo, era un caso clavado de defensa propia y no sólo eso, también había intentado proteger a aquella pobre mujer, que continuaba llorando a moco tendido.

El golpe de gracia llegó con la precisión de un cirujano y la fuerza de un elefante. Fueron apenas cinco palabras cortas, monosílabos casi todas, las que la mujer susurró entre hipos de llanto contenido: “él fue, él los mató”, dijo señalándome con un dedo tembleque y con una mirada llena de odio contenido. No atiné a decir nada en mi favor, ni cuando me ponían las esposas ni mientras me trasladaban hacia la cárcel de Caseros. Por cierto, entramos a la Capital por Puente Alsina porque, según pude saber por uno de mis custodios, Constitución no existía.

Mi sensación de extrañeza frente a todo lo que me estaba ocurriendo era tan enorme que me parecía estar viendo una película de esas medio surrealistas que tan de moda estaban en los años setenta. El protagonista era un tipo igual a mí, pero yo era un espectador que miraba el espectáculo desde una confortable butaca en una sala con aire acondicionado, mascando distraídamente palomitas de maíz.

Ni siquiera me preocupaba la compañía que pudiera tocarme en el encierro: asesinos, violadores, psicópatas, cualquiera de ellos –o varios a la vez- podrían ser mis compañeros de celda y mi integridad física correría serio peligro. Sin embargo, tuve suerte. Me tocó compartir calabozo con un anciano de lo más inofensivo que llevaba tanto tiempo enjaulado que ni él mismo podía recordar la fecha de su llegada. Era un hombre casi ciego, muy parco, al que no le gustaba hablar y mucho menos si el tema de conversación era él mismo. Los compañeros de prisión decían de él que era muy inteligente y que le gustaba solucionar problemas de lógica; se comentaba incluso que había resuelto un par de crímenes difíciles con sólo escuchar la exposición de los hechos, pero yo no lo creí.

Las prisiones y los aviones se parecen en que en ambos estás encerrado y no puedes salir cuando te da la gana; además, son pocas las maneras de matar el tiempo. Casi se diría que lo único que puede hacerse es leer o conversar, de modo que, mientras esperaba que el juez terminase con la instrucción de mi causa, le fui contando a Don Isidro –que así se llamaba mi compañero de celda- las circunstancias del caso con lujo de detalles desde que subí al avión que me trajo de regreso a Buenos Aires, incluyendo el artículo, el episodio de Turdera, las demás desapariciones, la muerte de los hermanos (seguro que eran hermanos), la acusación de la mujer, en fin, todo.

Durante cuatro días Don Isidro no pronunció palabra y yo esperé vanamente una respuesta. Al quinto día, mientras nos higienizábamos en el baño de la cárcel, el anciano se me acercó y con su parquedad habitual me dijo en un susurro: “Ya sé lo que pasa. ¿Cómo no me di cuenta antes?. Ese tal Borges no existe, es pura imaginación. Lo hemos inventado nosotros, como a Dios”.


1º Premio Concurso Literario "Gran Café de Cáceres" Cáceres, Extremadura (2004)

12 comentarios:

Anónimo dijo...

ME Gustò el relato ,por un momento crei que lo que leia era realidad.haber si se me pega algo

GrouchoMarx dijo...

Muy buena la nobela.
No entendi nada pero me gusto mucho.
Siga escribiendo con ainco que esta progresando y ya se ve a andar mas mejor en lo sucecivo.
Le mando una gran felisitasion y auguro que tenga el mallor de los exitos en su tarea de desaznar a la jente.

Monica dijo...

Aqui he degustado un relato super-maravilloso,que me acercó más a Cortázar que a Borges.
No sé que decir,o lo que diga será siempre una repetición de lo que digo siempre.
Te felicito y admiro como manejás el relato fantástico.
Un cordial saludo.

Ambar dijo...

Maestro........maestro.........maestrooooooooooooo........
Sos genial Enrique.......
un abrazoooooooooooo.
Ambar...

Alejandro dijo...

Resulta que el otro día lleve a un morocho medio en curda medio falopeado o medio loco quien saá, el asunto es que se le perdio la casa, tambien la mujer y los crios, al cabo no sabia realmente quien era no como se llamaba, lo peor de todo fue cuando le dije- niejo, son 84.32, seguimos dando vueltas o lo dejo por aca, se me hace tarde y tengo que ir a dormir, entonces me di cuenta que se me haboçia perdido el pasajero la plata y el taxi, por suerte la bruja estaba cerca y me acerco un jarron de café bien negro.
Este es el que mas gusto, aunque todavia me faltan un par, gracias por el paseo.
Pd: porque me la hacen tan dificil con la verificación de la palabra o sera que sigo en curda que veo todo torcido

Daniela dijo...

Quique....!... recien hoy entro a tu blog... al menos con tranquilidad para leer... y me encuentro con la inexistencia de Turdera.... (mira que me dejaste pesnando cuando me lo contaste..!)
...
y... si todo fuera asi...?... No se... si me da mieda... o alivio.....
.. (nop sicologo pleaseee.. ja)

Besos.!.
Me encantó.
Dani.

Lils dijo...

Excelente!!!
Empecé por atrás, como verá.

Enrique de Lasuen dijo...

¡Uy! se me había pasado contestar los comentarios de este relato. Tendré que dejar la bebida, ¿o será el Alzheimer?
Muchas gracias a todos.

Lils:
La palabra "verá" debería llevar una "ese" al final. En eso habíamos quedado, ¿no? Gracias por venir.

Lady Vi dijo...

EStoy muy emocionada....es todo lo que puedo decirte por ahora, al leerte, sentí un poquito de el maestro en vos..te juro, que me encantó leerte!!!! volvere cuando deje de lagrimear como una tonta!!

Gingerale dijo...

estoy emocionada. Sos un genio. Este es el mejor cuento que he leído. Es mejor que el Aleph

Enrique de Lasuen dijo...

Lady Vi:

Gracias por las lágrimas. Son un regalo maravilloso viniendo de usted.
Desgraciadamente, creo que en lo único que puedo aspirar a imitar al Maestro es en la ceguera, al menso ya soy bastante miope.
Un beso.

Enrique de Lasuen dijo...

Gingerale:

Muchas gracias, pero no exagere tanto. Yo me daría por satisfecho si solamente una coma de este texto tuviera tanta calidad como el relato que menciona.
Por un casual, ¿usted no será mi abuela reencarnada, no?
Un beso.